Ensayo de la mirada

No se trata de dar la vista, nos recordaba Platón, sino mirar a donde es menester y darse cuenta con hondura de los aspectos de la realidad, poder percibir las cosas de otra manera. Posiblemente su mundo, cargado de sofismas, como el nuestro, nos lleva a una mirada proco profunda, se repiten los mismos eslóganes, posiblemente hoy con un lenguaje un poco más refinado.

Una mirada que buscamos requiere un contemplar lento y reflexivo, atento a las pequeñas cosas, es un mirar que nos conecta con el mundo y  nos hace visible los padecimientos invisibles e inoportunos. Este mirar atento,  tiene mucho que ver con el respeto, con la persona, con la fragilidad, con la dignidad, con la solidaridad, con la justicia, con el otro, con lo otro, con uno mismo.

Esta mirada se hace necesaria en un mundo donde todo fluctúa en la indiferencia sin cualidades, ricas en cosas materiales, casi todo consumible y desechable, donde muchos no se reconocen en la trivialidad casi inhumana. Frente a la cultura del yo y del egoísmo, del distanciamiento total, la mirada atenta propone la proximidad, la supresión de toda distancia. Una sociedad analfabeta de emociones, la pobreza, el miedo, el dolor, la incertidumbre, la exclusión social, los inmigrantes y refugiados políticos que gritan sin ser oídos en los márgenes de la exclusión, a la intemperie en una existencia enmascarada. Como exiliados de la existencia sin comunidad, en medio de una sociedad que celebra la banalidad y otras juergas, enferma e instalada en la consumo y en la ceguera.

Es necesario volver a mirar, una mirada humilde e indagadora, que para ver claro nos decía Saint-Exupéry, basta con cambiar la dirección. Aprender a mirar significa mirar de nuevo, como si las cosas  aparecieran por primera vez, centrarse en lo esencial, lo sencillo y lo más humano. Nuestra mirada atenta, requiere abrir la ventana del alma que reclama todo lo humano y nada resulta ajeno, es un situarse en la cercanía de la humanidad herida desde la sim-patía. La simpatía es un detenerse ante el misterio del hombre y saber mirarlo con amor, ser solidario, mantenerse en onda, escuchar, entender, dialogar y discernir.

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La desesperación de vivir sin rumbo y a la intemperie de tantos inmigrantes, las muertes en las playas, las vallas en las fronteras, la falta de eficacia en la gestión comunitaria y la vergüenza de sus medidas donde se prima la expulsión, nos interpela a una mirada crítica. Las personas que sufren se quedan sin voz. La desesperación y la injusticia las dejan sin palabras, no son capaces de gritar su protesta. El grito de la desesperación nos interpela a una mirada de la misericordia, más eficaz y comprometedora. Esta mirada no nos deja indiferentes, sino inquietos y alterados ante las injusticias, que es una mezcla de asombro y de indignación. Es la mirada de tantos sufrientes al borde del camino, su mirada es mi mirada, es una mirada prójima que apela a lo más profundo del corazón.

La mirada atenta y misericordiosa se inclina para acercarse al herido, al refugiado, se compromete con su situación, toca sus heridas. No es suficiente estar informados, hay que acercarse a la cuneta y palpar el dolor y los gemidos. La mirada atenta es una mirada llena de cariño, respeto y amor, es una mirada inclinada a aliviar el sufrimiento e infundir esperanza. Esa mirada atenta sabe mirar la vida amorosamente hasta el fondo y puede  vislumbrar las huellas de ese misterio que nos transciende en el hermano sufriente.

Mirar nuestro mundo desde la fe, es mirar con ojos espiritualmente abiertos, liberar la mirada para no perder la razón y la solidaridad, como recordaba Saramago en su Ensayo sobre la ceguera. El excelente escritor articula un grito humano sin Dios, pero ante la situación de nuestra realidad, llama a desplegar la lucidez y el vivir con humanidad ante la indiferencia existencial. Esa lucidez de Saramago agita las bienaventuranzas del reino.

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Tal vez, en esta mirada está la esencia del Evangelio: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Amar al prójimo es la clave de todo lo bueno y lo distintivo del ser cristiano. El amor al prójimo, nos recordaba Juan Crisóstomo, es mejor que cualquier práctica de virtud o de penitencia, mejor incluso que el martirio. La espiritualidad de la mirada atenta comienza por “abrir los ojos”, germina en un corazón educado en la misericordia y se hace realidad en abajarse socorrer al herido.

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