Nuevas claves epistemológicas para enmarcar la historia económica

Quisimos empezar una serie de articulillos sobre la dimensión económico-material de la vida humana. A tal efecto, redactamos uno primero que , a uña de caballo nos había traído hasta comienzos del siglo XVIII, cuando en Inglaterra estaba a pique de producirse la Primera de las Revoluciones Industriales.

Hicimos una especie de alto en el camino antes de avanzar por la trocha que acabábamos de empezar a roturar. Lo hicimos, tratando de aportar al lector una primera batería de claves de interpretación de nuestra particular hermenéutica del discurrir de lo humano en lo tocante a la dimensión técnica, material y económica.

Pero, como decíamos al final del artículo que declaraba nuestra particular modo de leer esa dinámica histórica, aún quedaba en el aire una cuestión inquietante: ¿Por qué no nos dedicamos a hablar, por ejemplo, de literatura o de Filosofía? ¿Qué significa este decantarse por nuestra parte hacia lo material; esta preocupación por entender el sentido de lo utilitario; este enfocar los razonamientos sobre la dimensión económica de la vida humana? ¿Es que no hay esferas más importantes y que merecen más la pena?

A dar cuenta de ello quisiera dedicar los párrafos que siguen. Una vez perfilada una respuesta y tras haber hecho el boceto del engarce -que entiendo imprescindible- entre los ámbitos axiológicos y ontológicos de la vida -material, cultural, espiritual-, trataría de enhebrar la aguja en el cabo de hilo que adrede dejamos suelto hace unas semana.

Lo haremos, si los hados nos resultan propicios; que, como es sabido, el hombre propone y Dios dispone; que no por mucho madrugar a amanece más temprano; y que, por no hacer el cuento largo, hay muchas encantadoras lecheritas que con la mejor de las intenciones planifican y anticipan escenarios idílicos -“venderé la leche, compraré gallinas, venderé huevos… y montaré una empresa de venta de jamón en dulce…”- que, a la postre, acaban derramados en el polvoriento suelo del camino, donde, al distracción y aquella piedra dieron con el cántaro en tierra… Como a ella, nuestro gozo puede acabar cayendo en un pozo… En todo caso -¡ya veremos por dónde acabaremos tirando!-, entremos más en materia.

La preeminencia de lo material y de la economía en la vida humana, nunca podrá ser puesto en cuestión.  Nadie en su sano juicio debiera ponerla en duda… El lema clásico lo recoge con total sabiduría: primum vivere deinde philosophari; Abraham Maslow nos lo recuerda con los peldaños su famosa pirámide, en cuyo escalón más bajo están -como no podía ser de otra manera- la satisfacción de las necesidades básicas… incluso los filósofos que reflexionaron sobre la AxiologíaNicolai Hartmann, Max Scheler, José Ortega y Gasset… – coinciden en reconocer los valores  económicos como piezas imprescindibles para la vida humana. No son, ciertamente los más elevados, las cotas de cumbre humana… pero sí son los más fuertes. Hartman y Scheler discrepaban a la hora de ordenarlos. Ortega ofrece una clasificación sugerente –valores útiles, vitales, espirituales

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A mi entender, el axiólogo español  José Mª Méndez, da la respuesta al asunto con acertado criterio a la hora de proponer  de manera sistemática y bien trabada, de una parte, la jerarquía existente entre ellos; de otra, las leyes axiológicas que se deducen de la propia consideración del esquema; y finalmente, la agenda que se infiere como tarea ética para la consecución de una vida plenamente humana. A saber: el empeño por ascender en la escala axiológica, dejando atrás cualquier atisbo de pereza o de soberbia, y encarnar en la propia vida la dinámica de los valores que, en busca de la perfección de la persona, nos ha de llevar desde la opción por el Valor, hasta una suerte de integración ontológica de los trascendentales del Ser, donde lo útil se acompase con lo bueno y con lo bello; y donde lo santo aflore como perspectiva de sentido y ultimidad.

En un esquema simple –un eje de coordenadas donde la abscisa indica la fuerza y la ordenada, la altura– quedan perfectamente escalonados los diversos tipos de valores: los económicos, como más fuertes y básicos, en el escalón inferior y desplazados hacia la derecha de la abscisa; los valores éticos, más a la izquierda y en un tramo superior al que ocupan los económicos; por encima de ellos y todavía más a la izquierda, más cercanos al eje de ordenadas, vendrían los valores estéticos. Y en lo cimero, pegados al eje, se ubicarían los valores espirituales… Ascético-religiosos los denomina Méndez, si bien anota que no se está queriendo referir a ninguna religión revelada empírica y concreta, sino a la especie de religión axiológica, que nace, precisamente, de la antinomia ética-estética; pues, mientras la ética sin estética no pierde nunca su valiosidad; la estética, sin la ética, sí que la pierde… como es patente en ejemplos que la historia nos ofrece. Pensemos en Nerón, abanicado por una esclava de ébano etíope, libando buenos caldos, tocando la lira y componiendo versos, inspirado por el espectáculo grandioso del incendio de la Urbs que a tal efecto hubiera ordenado provocar.

Naturalmente, aquí no estamos hablando -ni conviene que el lector mezcle planos- del estadio estético que Sören Kierkegaard describe en Temor y Temblor… Eso apunta a otro negociado al que ahora no podemos acudir: el esteta , don Juan Tenorio; el hombre ético, Sócrates al injerir la cicuta; el hombre de la fe, Abraham al tirar de cuchillo para sacrificar a su querido hijo Isaac…

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Sentado lo anterior, las tres leyes axiológicas que de ahí dimanan parecen obvias: por un lado, es evidente que los valores más fuertes son los más bajos, mientras que los valores más altos son los más débiles. O sea, que las dos dimensiones -fuerza y altura- son inversamente proporcionales desde un punto de vista ordinal. Es decir, que a mayor fuerza, menor altura; y viceversa.

Otro corolario que, siguiendo a Méndez, cabe proponer como segunda ley de la Axiología, indica que los valores más bajos y fuertes son, precisamente, los más sociales; siendo los valores más altos y débiles, por el contrario, los más personales… Ahora bien, no echemos en saco roto, en aras de no se sabe qué pureza espiritualista, el dato inesquivable de que en los valores útiles es donde se encuentran las condiciones que posibilitan la emergencia, la voluntad de seguir y el acomodo de la persona en los ámbitos más elevados y espirituales de la propia existencia; naturalmente, una vez asegurados y vividos de manera suficiente los más básicos y esenciales, es decir, los económicos y los éticos.

Para acabar de caracterizar la dinámica de los valores, procede enunciar la tercera lay de la Axiología, inferible a partir del esquema fuerza/altura y que complementa el dibujo de lo que venimos glosando. En tal sentido, se observa una recurrencia que aporta bastante luz a la hora de actuar y, sobre todo, de comprender la intención que anida tras la puesta en práctica de las conductas humanas. Podría quedar formulada en los términos siguientes: mientras que los valores sociales, más bajos y fuertes, sólo exigen un cumplimiento simplemente externo; los más altos y personales, precisan, para ser vividos como debieran, una adhesión interior sincera por parte de la persona.

Y a partir de aquí, lector amigo, estamos en situación de seguir con la madeja del desarrollo histórico de la dimensión económica desde el punto en el que lo habíamos dejado para llevar a cabo el excursus al que acabamos de poner punto final.

Déjame tratar de poner el toro nuevamente en suerte con tres capotazos -tres párrafos- que, durante el impasse  epistemológico que hemos marcado en las dos últimas colaboraciones en el blog, se nos ha aquerenciado a la puerta de chiqueros y habrá que seguir trasteándolo en los terrenos de la Primera Revolución Industrial… hasta rematar la faena en la Cuarta, que es la que nos empieza a ocupar en estos -ya no tan primeros- compases del siglo XXI.

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A los capotazos, pues, para empezar a ligar los pases que hayamos de seguir instrumentando.

Como es sabido, la economía europea, durante los siglos XVI al XVIII, giró principalmente en torno a la agricultura. Los descubrimientos geográficos permitieron la introducción de nuevos cultivos más productivos, procedentes, en buena medida de América del sur y de Asia. Tales fuero, por lo que respecta al origen americano, la patata, convertida en alimento básico; el maíz, capaz de un mayor rendimiento por hectárea, comparado con los cereales tradicionales de Europa, cebada, sorgo y mijo. Y respecto a los productos traídos de Asia, merecen ser recordados la caña de azúcar, los cítricos y el arroz.

La economía agrícola, que se desarrollaba en paralelo con el aumento de la población, en términos generales, avanzaba muy lentamente. En general, poco se había ganado en productividad; y las técnicas parecían no haber avanzado mucho con respecto a los tiempos de los romanos.  Este panorama, sin embargo, conoció dos interesantes excepciones, los Países Bajos e Inglaterra. Mediante nuevas técnicas – en vez del tradicional barbecho, la rotación de cultivos fertilizaba la tierra; y el abonado con cal neutralizaba la acidez de los suelos-, dichos países fueron capaces de sacar mayores rendimientos de la agricultura y pudieron así alimentar a un número creciente de personas. El contraste con otras áreas geográficas fue notable, máxime durante las crisis agrícolas del siglo XVII.

En efecto, durante ese período, en Holanda, Zelanda y Frisia, se llevó a cabo un proceso de desecación de tierras (Polders), que permitió ganar más de doscientas mil hectáreas de nuevas tierras de labor, ya en los estuarios de los ríos y en el mar, ya mediante el desecamiento de lagos interiores.  Por su parte, en Inglaterra se roturaron bosques, también se desecaron pantanos; se destinaron al cultivo terrenos hasta entonces improductivos; se aplicaron nuevas técnicas -por ejemplo, la sembradora de Jethro Tull, que eliminaba la pérdida de simiente como cuando se sembraba a mano-; y con todo ello, se incrementaron de manera muy notable los excedentes de producción agrícola. A partir de esta abundancia y del ahorro que se producía a partir de los excedentes no consumidos, se fueron generando los capitales que, poco después, crearían las condiciones económicas con que financiar la Primera Revolución Industrial.

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