Encuentro, identidad y terrorismo

Por Fernando Varela de Ugarte

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Una de las imágenes más sorprendentes, bellas y llenas de significado que nos ofrecieron las reacciones a los atentados de Barcelona fue el abrazo espontáneo y dolido del padre del niño asesinado y un imán de la localidad de Rubí.

Uno porque necesitaba no caer en el odio a toda una religión y perdonar a pesar de la enorme afrenta recibida y, el otro, por la vergüenza de que en nombre de sus hondas creencias se haya podido cometer semejante barbarie.

Es difícil de entender cómo unos jóvenes musulmanes aparentemente integrados en la sociedad  desarrollan un proceso mental conducente a cometer semejantes actos de violencia. El testimonio triste y desconcertado de la que fue su educadora social nos habla de las vidas de estos jóvenes, normales, con sueños como todos, responsables, algunos incluso ya con empleo.

Parece claro que hay una influencia externa, el Imán de Ripoll, que hace un trabajo de sensibilización inoculando la fascinación por la muerte, derivada de una interpretación distorsionada del Islam, que promete el Paraíso a través de estas gravísimas acciones. Como bien señalaba Jaume Flaquert S.J. en un artículo reciente, se trata de un fenómeno complejo cuyas causas son variadas.

Pero hay un matiz del que se ha hablado menos. Es un elemento que está presente y que posibilita que dichas ideas puedan enraizarse en las personalidades de jóvenes musulmanes de segunda generación radicados en España. Tiene que ver con un problema de identidad. El escritor francolibanés Amin Maalouf en su ensayo Identidades Asesinas describe con mucha clarividencia este problema. Las personas necesitamos sentirnos pertenecientes a algo y estos jóvenes, algunos todavía adolescentes, presentan a veces dificultades para sentirse realmente parte de una sociedad que no es la de sus ancestros, que les acepta pero con cierta prevención.

La cuestión de la identidad no es fácil de manejar, requiere de nuevas aproximaciones y nos atañe a todos. Seguramente es un aspecto a reforzar especialmente en los procesos de integración con éste colectivo. Pero también debemos dar un paso como sociedad y trabajar la tolerancia para eliminar la sospecha sobre cualquier árabe o musulmán.

Los primeros análisis impregnados por la indignación han conducido a numerosas respuestas simples que no llevan más que a agrandar el problema. En la ola de reacciones a los atentados han proliferado sentimientos negativos frente a los inmigrantes. Los muros, poco viables y que requieren enormes inversiones, lo que hacen es generar más separación y rencor, no dando respuesta a las causas de los problemas.

En el fondo, aunque estamos dispuestos a que se integren en la sociedad, seguimos pensando que no son de los nuestros, por lo que también construimos barreras afectivas. Pero no podemos olvidar, como menciona Maalouf, que todos somos producto de la integración de muchas identidades.

Además, Europa se enfrenta a un problema demográfico debido a la baja natalidad, por lo que la inmigración es y será necesaria. Necesitamos desarrollar una sociedad abierta e inclusiva en la que no se hagan distinciones entre ellos y nosotros, sino que cada uno pueda sentirse parte, presente y futuro de esta sociedad.

Son tiempos en los que necesitamos sobre todo puentes, la cooperación, trabajar la convivencia, el respeto y, sobre todo, el encuentro. La única manera de acabar con la prevención y la sospecha es conocer al otro, hablar, dialogar y construir juntos.

Está claro que los musulmanes tienen que hacer sus deberes para erradicar el virus del extremismo pero también nosotros debemos seguir trabajando con el otro para construir una sociedad en la que el odio y la violencia no puedan brotar y extenderse. Sin duda, el padre y el imán, a través de su abrazo, nos muestran el camino a seguir.

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