Una de las definiciones populares de la política es la “del arte de hacer posible lo imposible”. Eso da pie a criticar a los políticos con la afirmación de “que consiguen hacer imposible lo posible”. Sin embargo, habría que recordar la frase de Rafael Guerra, el torero de cuya muerte se cumplen setenta y cinco años: “Lo que no pué ser, no pué ser, y además es imposible”. Los resultados de las elecciones de diciembre de 2015 no sólo implicaban que no había mayoría absoluta sino que no bastaba con el acuerdo de dos partidos para formar Gobierno, salvo que fuese un acuerdo PP-PSOE o, algo inaudito, PP-Podemos. Eso mismo, nada que más agudizado, ha ocurrido tras las elecciones de junio pasado.

Esta situación hacía de hecho imposible cualquier Gobierno que no fuese consecuencia de un acuerdo de al menos tres partidos o del PP y PSOE. El PSOE no tuvo en cuenta entonces la advertencia de “El Guerra”, ni la ha tenido después de las elecciones de junio de este año. En diciembre era imposible que consiguiese el apoyo de Podemos si previamente llegaba a un acuerdo con Ciudadanos, como ocurrió. Entre otras razones porque al margen de la mayor o menor afinidad con el PSOE de Podemos, estos últimos tenían muchos más votos que Ciudadanos y nunca iban a admitir ir de invitados. Sólo quedaba, por tanto, la posibilidad de pactar con el PP unas exigencias mínimas que justificasen su abstención,  conseguir forzar al PP a mayores cambios, con el apoyo de Ciudadanos, y en ese caso votar a favor incorporándose incluso al Gobierno, o una negativa del PP a negociar en cuyo caso si que habría estado justificado el voto negativo.

Tras las últimas elecciones la imposibilidad de que el PSOE pueda formar Gobierno es aún  más evidente. No sólo ha perdido escaños, mientras el PP ha recuperado algunos, sino que construir un Gobierno alternativo al PP es todavía más inverosímil. La alianza con Podemos y Ciudadanos estaba más claramente descartada que la vez anterior, pues ambos partidos han repetido sin ambages su incompatibilidad. La otra alternativa tampoco existía realmente, aunque teóricamente fuera posible. El PSOE no puede admitir formar Gobierno con los partidos nacionalistas que han desafiado el orden constitucional sin un deterioro aún mayor, si cabe. Si el callejón sin salida en que se han metido al negarse a negociar con el PP les supone una importante ruptura interna y una sangría de votos, el pacto con los nacionalistas saben que ocasionaría una división aún mayor dentro del partido y una muy probable debacle electoral. Al no haber afrontado con claridad esta situación se ha acabado actuando de la peor manera posible, defenestrando a su dirección sin respetar las formas y la mínima consideración a quiénes habían elegido.izquierdas

Con todo, lo más grave de esta situación es que ningún partido ha planteado medidas creíbles para el común de los ciudadanos. Prometer resolver el desempleo, la corrupción, el deterioro del mercado de trabajo, las evidentes disfuncionalidades de los sistemas educativo, sanitario y judicial, las situaciones de pobreza y garantizar el futuro de las pensiones; siendo además todo ello compatible con la reducción del déficit público y afrontar la competencia a escala mundial, son sólo eso, promesas. Incluso cuando hay medidas concretas, las que pactaron PSOE y Ciudadanos o más recientemente PP y Ciudadanos, es más que dudoso que vayan a la raíz de los problemas y que, por tanto, se vayan a poner en práctica o tengan alguna eficacia.

El común de los votantes españoles debería sospechar de medidas que no requieren su implicación y esfuerzo. Sin embargo, muchos lo que desean es que el Gobierno lo solucione por si sólo, como si eso fuera posible. ¿Es viable que aumente el empleo sin introducir mayor competencia en los mercados de productos? ¿Puede aumentar la competencia sin que las organizaciones empesariales de cada sector revisen la regulación de sus respectivos mercados; y sin que haya una negociación colectiva articulada en que los sindicatos se impliquen en dicha regulación y vayan más allá de una simple reivindicación salarial? ¿Se puede conseguir una reforma educativa mínimamente satsfactoria sin garantizar una educación secundaria que proporcione una cultura general para todos, sin excepción, en vez ser una acumulación de conocimientos inconexos y ser un simple requisito para acceder a una educación superior? ¿Cabe hacer esa reforma sin modificar la estructura y contenido de la educación primaria y secundaria y puede lograrse esto sin implicar a la comunidad educativa, incluidas las familias? ¿Puede frenarse la corrupción sin modificar la ley electoral y el funcionamiento de los partidos? ¿Sin evitar que la representación sea una profesión, lo que resulta un absurdo, y sin que se delimiten las competencias estrictamente administrativas de las políticas, cabe esperar que disminuya la corrupción?

Estas son sólo algunas de las cuestiones, referidas a tres asuntos básicos, desempleo, educación y corrupción, que no se plantean de modo que haya un verdadero debate público, y un revulsivo en los movimientos y organizaciones sociales, que rompa con intereses corporativos enquistados en los mismos. PP y PSOE han conseguido, hasta el momento, ir haciendo reformas y poniendo parches que han permitido seguir adelante sin que hubiese una implicación social  o ésta fuese muy escasa. El nuevo panorama económico, político y social requiere una mayor responsabilidad colectiva. PP y PSOE han de conseguir una mayor presencia en estratos sociales e instituciones donde han estado ausentes. A pesar de que tampoco “Unidos Podemos” ni “Ciudadanos” están demasiado insertos en muchos intersticios sociales, no cabe duda que los primeros tienen cierta influencia en colectivos de jóvenes y barrios más marginales y los segundos entre ciertas capas de profesionales. También tienen alguna presencia e influencia, desde luego superior a la de PP y PSOE, en Comunidades Autónomas y Ayuntamientos donde existen identidades más diferenciadas, que hasta ahora han sido acaparadas en buena medida por partidos nacionalistas.

Es necesario cimentar una mayor cohesión social y política con el concurso de todos. En ese sentido es cierto que el PSOE tiene una especial responsabilidad y que su crisis interna es un grave problema para todos. Es una bisagra fundamental para acercar a “Unidos Podemos” a compromisos explícitos que respondan a las demandas de los colectivos más desfavorecidos; y para fortalecer un mayor protagonismo de los profesionales en la vida pública de la mano de Ciudadanos. A su vez esa fuerza conjunta es esencial para ejercer una oposición eficaz y responsable frente al Gobierno del partido que ha tenido más votos y para integrar legítimos intereses y diferencias culturales que hoy por hoy tienen un cauce fundamental en partidos nacionalistas.