Sin duda hay grandes figuras destinadas a pasar desapercibidas para el gran público al quedar eclipsadas por otras más poderosas. El mundo protestante se apresta a celebrar en 2017 el 500 aniversario de la reforma ‘iniciada’ por Lutero y en 2009 también celebró el 500 aniversario del nacimiento de Calvino. Pero parece que sólo en el pueblo natal de Sebastián Castellion, esto es, en Saint-Martin du Fresne (en Francia, a unos 70 Kms de Ginebra) van a celebrar durante este año 2015 el 500 aniversario del nacimiento de este reformador que apoyó la obra de Calvino, pero que acabó siendo muy crítico con él por casos como la ejecución de Miguel Servet, y que le llevó a fustigar mediante varios escritos clave cualquier forma de defensa de la fe que conllevara persecución, lo cual le representó un gran sufrimiento personal y familiar por la reacción ‘oficialista’. De ahí que durante mucho tiempo el protestantismo histórico mantuviera su memoria en el ostracismo, aunque por su teología tampoco fuera particularmente apreciada por la reforma radical a pesar de su apoyo a la no violencia. Y por supuesto, sus posicionamientos tampoco le granjearon el favor del ámbito católico. Recuérdese que Servet fue quemado en efigie por la Inquisición en Viena, de donde pudo escapar, para ser quemado vivo en Ginebra, donde recaló en su huida, todo ello en 1553.Foto

Para empeorar las cosas, Castellion se convirtió en héroe de la teología liberal desde que el liberal y laicista Ferdinand Buisson (a quien se le atribuye la paternidad del vocablo «laicismo») escribiera Sébastien Castellion. Sa vie et son oeuvre (1515-1563). Étude sur les origines du protestantisme libéral français (1892), lo que secuestraría su figura para un cristianismo más tradicional, ya fuera católico (recuérdese que a finales del XIX se está en pleno debate anti-modernista) o protestante. Tuvo que ser Stefan Zweig quien, en su libro Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia (1936)[1] rescatara a esta figura pero no ya para el cristianismo, sino para el humanismo y el reformismo social.

Aun reconociendo la necesidad antropológica de concentrar en determinadas figuras  históricas nuestros valores más sentidos, lo cierto es que nuestras iglesias, seguidoras de un crucificado que por poco cae en el olvido de todos, deberían esforzarse más en celebrar junto a sus figuras más señeras aquellas otras que fueron, por así decir, su contrapunto crítico y que por esa misma razón quedaron relegadas. Sería como celebrar los aciertos de sus grandes figuras, pero junto a la denuncia de sus desaciertos. Lo contrario es celebrar mitos. Y tanto la iglesia como nuestra sociedad necesitan menos mitos, y más modelos reales.

[1]     Obra publicada en 2002 por Editorial El Acantilado (Barcelona). Ya en 1937 fue publicada por Ercilla (Santiago de Chile) bajo el título Una conciencia contra la tiranía (Castellio contra Calvino).