Por Paulo Duarte. Sacerdote jesuita y bailarín.

En muchas tradiciones, y muy diversas, la danza es un medio de relación con lo transcendente. No toda la danza es sagrada ni tiene un carácter ritual, pero bailar en sentido sagrado se puede volver oración: desde los derviches, pasando por las danzas zar en Egipto, las danzas fúnebres de los aborígenes, o incluso las danzas de carácter litúrgico, todos estos son ejemplos de danzas sagradas. Es cierto que muchos coreógrafos pueden crear coreografías con temas religiosos, pero no se las considera danzas sagradas. Sin embargo, las coreografías que no tienen carácter sagrado, a las que llamaremos seculares, pueden ayudar a encontrar o a interpretar lo transcendente o el modo de relacionarse con él. La dádiva de la danza se reviste en su interacción no verbal entre el movimiento del Espíritu y la persona, tal como podemos encontrar en las Escrituras, en una actitud de alabanza, reconocimiento y agradecimiento por los dones de Dios.

Es en la Biblia donde debemos comenzar a buscar el peso y la importancia de la danza en la relación con Dios. Podemos pensar en la danza de David delante de la Arca del Señor, donde, además de una acción política y litúrgica, se trata de una acción sacerdotal. La danza se reviste de bendición, siendo casi cierto que está relacionada con un ritual de fertilidad, de celebrar el Dios de la vida. Recordando el pasaje evangélico, donde Jesús comenta “Nosotros hemos tocado la flauta y vosotros no habéis querido bailar” (Mt 11,17; Lc 7,32), Jean-Louis Ska, en el ensayo “El Dios de la danza”, concluye: “la Biblia muestra que el misterio de la vida es una invitación a danzar: aceptar o rechazar la entrada en la ‘danza sagrada’, sea como la de David, sea como la del evangelio, significa participar del misterio de la fecundidad divina o condenarse a la esterilidad”.

Ya se ve la potencialidad de relacionar la danza con la fecundidad divina, en esa vida que puede salir cuando todo el cuerpo se dirige a Dios. Sí, la entrega divina no puede quedarse en el intelecto o en la acción voluntarista, por eso, encontrar a Dios con todo el ser implica ir conociendo todo el ser que uno es, en sus distintas dimensiones. La danza bien vivida relaciona el intelecto y las emociones en los movimientos. Hay cosas que pueden ser dichas por la palabra, pero hay otras que solo pueden comunicarse a través del cuerpo.

Danzar no es ejecutar movimientos, es saber habitar el propio cuerpo, es aprender a “habitarnos” en nuestro ser total que sigue en movimiento. La búsqueda de la autenticidad es algo característico de quien danza. En un primer momento, podremos quedarnos en la belleza o el juicio del espectáculo. Sin embargo, entrar en la riqueza de esa vivencia cambia el modo de entender, en primer lugar, a nosotros mismos, después, el propio entorno. Danzar implica mucha verdad con uno mismo, donde se integra el intelecto, las emociones y el instinto. Vivir el movimiento es entrar en la simplicidad de ser humano. Para nosotros, como creyentes del Dios hecho carne, se descubre la riqueza de la autenticidad y de la simplicidad de esa relación, que nos invita a salir, tal como Él, de sí mismo hacia el otro. Así que, ¿a qué esperamos para bailar también con Dios en este día mundial de la danza?

Foto: Pedro Pablo Achondo, ss.cc