Por Montserrat Martí @MontseMarti

Sufrí mucho. Derramé muchas lágrimas desde un corazón dolorido y desconsolado hasta que un día, en una oración, cierta frase del Evangelio se cruzó delante de mi vista. La había leído muchas veces, pero nunca hasta ese momento fue tan clara ni cobró mayor sentido: “a quien mucho se le da, mucho se le ha de pedir” (Lc 12, 39-48).

MaríaMadreNo estaba sola en la habitación, ni estaba oscuro, una luz de estudio encima de la mesa y las pantallas de los ordenadores estaban en marcha. Pero en realidad ese momento quedó congelado en mí, alumbrado solamente por el cálido color anaranjado de las velas que había encendido para la oración. Levanté la vista de las Escrituras, mirada perdida de “claro, ya lo entiendo”, para ir a encontrarme con la imagen de María con el Niño en el regazo. Claro, ya lo entiendo. El Señor no da puntada sin hilo. Todo tiene sentido en Él, aunque la mayoría de las veces ni imaginamos por dónde va el hilván. Entonces sí lloré. Las lágrimas silenciosas que me acompañaron durante la oración, se volvieron torrente. Las personas que me acompañaban en la habitación, se hicieron presentes alzando la vista de sus pantallas y preocupándose seriamente de mi cambio repentino de humor. No, todo está bien. Ahora sí que todo está bien.

Hacía solo unos días que esa virgencita de barro tosco había llegado a mis manos. Fue un regalo de mi madrina espiritual, una jesuitina fuerte y alegre, como son las Hijas de Jesús. Ella, ellas, se marchaban a otro destino y habían decidido guardarme esa figurita para mí. No dudé en dejarle un lugar preferente en mi oratorio y allí estaba cuando mi vista se alzó perturbada por la tremenda resonancia de la Escritura. Allí estaba para dar el golpe perfecto y definitivo… con su brazo abierto y la mano extendida mostrándome lo que guardaba su capa envolvente: ese niño feliz en su regazo. ¿Lo ves? Me decía, Él mira confiado al mundo junto a mí. Y sí, lo vi. Me di cuenta de su pequeña manita sobre la de María, su mirada confiada al mundo exterior cuando la de su madre quedaba fija en él.

Así era. María volvía a bajar del pedestal al que la subí durante tantos años al llevarle flores, para acogerme junto a su misterio y acompañarme con esa cálida luz. Ella también sabía de incomprensiones, juicios y burlas. Ella sabía lo que era sufrir por un hijo, pero no por verlo morir de la manera que lo hizo (que también) sino por acompañar esa vida difícil que eligió Jesús a los ojos de los demás y sin que su corazón de madre reprochara un solo instante, aceptando una y otra vez que Ella era una parte de un plan que descansaba en quien un día la eligió. A ella también se le dio mucho. Muchísimo. Ella era Su madre. Ella me entendía. Por eso lloré. Porque supe que Ella se arrodillaba junto a mí y me hacía un hueco en su regazo, porque sentí su abrazo bajo ese manto abierto.

Porque así te imagino, te siento y te quiero, Madre… en cuerpo y alma.

Fiesta de la Asunción de María de 2016.