¿Se llevan bien la empresa y la propiedad privada?

Acabo de leer un escrito de Guillermo Rovirosa, impulsor y primer militante de la HOAC. Considero muy interesante su tesis: el modelo de empresa capitalista está basado en una falacia que equipara la propiedad privada con el Derecho Natural. Esta afirmación está basada en lo que él llama “consenso universal”, algo así como un tópico que es admitido por todos, pero que no resiste un análisis científico.

La propiedad privada es un derecho que tiene la persona a usar los bienes de la tierra para su desarrollo integral. La persona no puede lograr suficientemente su libertad más que en la medida que tenga un poder soberano y exclusivo sobre un mínimo de bienes.

Ahora bien, en el Derecho Natural la propiedad privada está subordinada al derecho a la vida y al destino universal de los bienes, especialmente para los pobres. La propiedad privada no es un fin en sí misma: no es para poseer, pues su finalidad está orientada a la realización personal y social del ser humano. Y por eso la DSI insiste en que hay dos situaciones que niegan la propiedad privada:

  • cuando uno no llega a “ser” porque está impedido por el culto al “tener”,
  • cuando uno no llega a realizar su vocación humana al carecer de los bienes indispensables.

La empresa en el capitalismo primitivo se basa en la colaboración de dos grupos necesarios y complementarios denominados capital y trabajo:

  • el primero: inversores que ponen su capital para la fábrica, las máquinas, los conocimientos técnicos… con el objetivo de producir bienes y ganar dinero,
  • el segundo: un gran número de personas que aportan su trabajo ganándose un sueldo con el que vivir dignamente.

Los promotores del capital, llamados capitalistas, eran dueños de los medios de producción de la empresa y de su gestión. El principio legitimador de esta situación se sostenía, como he dicho antes, en el principio axiomático de que el Derecho Natural legitima automáticamente al capital la posesión de toda la empresa.

Pero la empresa no puede confundirse con los medios materiales, ni con la fábrica, ni con las maquinas. La empresa no puede considerarse únicamente como una «sociedad de capitales»; es, al mismo tiempo, una «sociedad de personas», capitalistas y trabajadores. Tomar una parte por el todo invalida cualquier teoría, y en este caso, produce frutos de injusticias y sufrimientos a la parte del todo excluida.

  1. LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN EN LA EMPRESA MODERNA CAPITALISTA

En la nueva empresa capitalista de las grandes corporaciones financieras, quien aporta el capital son multitud de inversores. Pero éstos no son dueños de los medios de producción ni de su gestión. Solo son propietarios de sus “acciones”.

¿Cómo se puede decir que son dueños de una empresa si solo están pendientes de la ganancia proporcional a sus “acciones” pero entregan a los gestores la orientación de su inversión, tanto si son bombas o medicinas, si respeta el medio ambiente o destruye el ecosistema?

¿Cómo se puede decir que son dueños de una empresa si entregan a los gestores los procedimientos con los que van a conseguir sus beneficios, renunciando a ver si dichos procedimientos con los trabajadores han sido justos o injustos? Tengamos en cuenta que los trabajadores han dejado de ser la parte fundamental y complementaria de la empresa y son ahora unos recursos (incluso son denominados “recursos humanos”) que se adquieren y se venden a precio de mercado.

A lo que no han renunciado los inversores es al principio axiomático de que la propiedad privada (quien origina el capital) equivale al Derecho Natural y por eso se pueden apropiar de toda la empresa, capital y trabajo. La Iglesia  afirma rotundamente que esto es una falacia, aunque esté admitido por un “consenso universal” según Rovirosa.

  1. DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Lo fundamental en el planteamiento antropológico de la Iglesia es que “la propiedad privada no es un derecho absoluto e intocable: al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación” (LE 14). Este es el criterio para determinar si la propiedad de los medios de producción es justa y legítima.

Especial mención merece la versión de que los medios de producción están vinculados al derecho de quienes trabajan. Porque la actividad humana es lo que hace que los bienes naturales fructifiquen para el bien de las personas, ricos y pobres.  Por eso la encíclica Quadragésimo anno nº 65 propone un nuevo contrato social en el que los trabajadores participen de la gestión y los beneficios de la empresa.

Los medios de producción no pueden ser poseídos contra el trabajo.

1 Comentario

  1. Estimado Juan.
    Coincido plenamente contigo y en señal de apoyo quiero transmitirte un trozo de la carta que hace unos meses escribí a un buen amigo con motivo de un artículo suyo sobre el trabajo en la cuarta revolución industrial:
    «Tus reflexiones las he leído varias veces y en todas me he sentido espoleado y motivado para plantearte algunas ideas que me bullen desde hace tiempo, desde que, tras la búsqueda de apoyos a mis trabajos sobre formación profesional, leí a Campomanes en su Discurso sobre el fomento de la industria popular, así como a otros grandes personajes de finales del siglo XVIII, promotores de las sociedades económicas de amigos del país, época de una tremenda crisis económica en España.

    Coincido contigo en que el trabajo, como acto creador del ser humano siempre existirá, pues lo considero intrínseco a su ser dotado de capacidad de pensar. Por otro lado, el ser humano tiene necesidades, necesidades que no pueden ser autosatisfechas y para lo que depende del resto de la sociedad, en eso entiendo yo que ha consistido y consistirá el trabajo: hacer algo que los demás necesitan para directa o indirectamente obtener lo que han hecho otros que tú necesitas .

    Ahora bien, creo que el trabajo existe siempre, incluso cuando lo que uno hace lo haga en lo que llamamos tiempo de ocio. Me atrevo a decir que una abuela, ya jubilada, que colabora con sus hijas recogiendo a los nietos del colegio, está realizando un trabajo por el que recibe el reconocimiento y la gratitud de sus hijas.

    El problema, tal como yo lo veo, no es si habrá o no trabajo en el futuro, pienso que siempre lo habrá, puesto que todos somos elementos activos y con necesidades.

    Para mí las dos cuestiones clave son, el saber hacer, y el comercio del trabajo.

    En primer lugar, saber hacer, la necesidad de que el ser humano aprenda a hacer, hacer cosas que la sociedad necesite, de ahí mi propuesta de que la sociedad avance en su proceso de maduración permanente (proceso intrínseco al ser humano que aprende viviendo) a través de formación profesional escalonada, es decir a través de procesos de aprender a hacer desde los niveles más bajos hasta los más altos, pasando por niveles intermedios.

    La otra cuestión, y la más relevante en relación con tu artículo, es considerar el trabajo como algo que se compra y se vende, no el producto del trabajo sino el propio trabajo. Así me rebelo contra expresiones (y lo peor, sentimientos) tales como «pedir o dar trabajo». En tiempos pasados el poder se manifestaba en la propiedad de tierras, hoy día el poder se manifiesta en poseer empresas que dan trabajo, trabajo con el que comercia a nivel global, no sólo con los productos obtenidos con el trabajo, sino con el trabajo, ese bien superior de las personas.

    Así, atreviéndome a decir que el trabajo no son los productos que se compran, se venden o se intercambian, sino la capacidad del ser humano de obtener productos, tangibles o intangibles, utilizando los medios materiales disponibles y sobre todo su voluntad y sus conocimientos, insisto en la necesidad de que en su tránsito por el sistema educativo el ser humano aprenda a hacer, con la misma intensidad que aprende a ser.

    Así, retomando de nuevo el tema inicial, si habrá trabajo para todos en la nueva revolución industrial que se avecina, yo afirmaría que sí; otra cosa es si los frutos del trabajo, los productos que el trabajo genere, serán demandados y por tanto consumidos por la sociedad en las cantidades en que se generen. Ahí es donde radica el problema, orientar el saber hacer para que coincida con necesidades reales de la sociedad, una sociedad cada vez más numerosa y con mayor demanda, eso sí, de productos cambiantes con el tiempo, posiblemente productos que su consecución requieran menos esfuerzos físicos, pero siempre frutos del trabajo de las personas.

    Ahora bien, las complejidades social y tecnológica actuales (y crecientes en el futuro) nos conduce a la necesidad de medios materiales y equipos humanos complejos para la obtención de productos demandados por la sociedad, ahí es donde aparece el gran capital que propietario de estos medios y haciendo uso de la globalización aparece como dueño y señor del trabajo de las personas, más allá de los medios empleados y de los productos obtenidos, dan y quitan trabajo a su voluntad.

    No sé cuanta aplicación tiene en estos momentos la reflexión de Campomanes en el siglo XVIII, salvando las distancias, “De lo antecedente resulta, que las fábricas populares no pueden prosperar por medio de compañías, ni de cuenta propia de comerciantes. Estos reducirían los vecinos, y fabricantes á meros jornaleros, y dependientes de su voluntad; quedando los tales comerciantes de compañías con la ganancia, y el pueblo en la misma miseria, y acaso mayor que én la actual ”.

    No sé si el sistema cooperativo ha sido explorado suficientemente como gran alternativa al crecimiento desmesurado de la gran empresa que, por aportar los medios materiales para la fabricación y para la comercialización, mercantiliza y se adueña del trabajo.

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