De lo que emerge, y de nuestras sombras

Entré en una panadería alemana ecológica del centro de Sevilla. Al fondo se escuchaba un video de youtube, que era seguido en sus ratos de soledad, entre cliente y cliente, por la responsable de la tienda. En el video de fondo, alguien con apariencia y ambientación de inspiración hindú, leía cartas de sus seguidores donde le referían los ecos de su enseñanza y la ayuda que en él encontraban en su vida espiritual. Era agradable y pacífico. Me interesó el contexto que generaba la escena total.

Traspasando el rol de cliente y adentrándome en un pequeño acercamiento personal me sentí invitado por la semipublicidad con la que disponía su portátil, junto al mostrador, visible y audible para ambientar todo el espacio, quizá para dotarlo de sentido, además de para acompañar su soledad. Me atreví a preguntarle.

-¿A quién estás escuchando?, le dije.

-Es un “neogurú” afroamericano. Me gusta.

-Me recuerda a la sabiduría hindú, respondí.

-Me gusta lo que emerge. La espiritualidad que emerge. No sigue ninguna tradición. Aunque creo que estuvo en la India… Las tradiciones son peligrosas…

Tras el breve encuentro, volví a casa, deambulando por el mismo barrio que está surtido de iglesias gótico mudéjares, junto a un espacio de fuertes resonancias personales, cerca del que vivo desde que me casé, San Luis de los franceses. Es un conjunto arquitectónico y artístico, creado por los jesuitas en el siglo XVII, una de las joyas del barroco europeo, que hasta la expulsión de los jesuitas en 1767 por Carlos III, fue a la vez, templo, casa de noviciado de la Compañía desde el que muchos iban después a misionar a las Indias, y colegio de primeras letras para los pequeños del barrio. Ahora todo este conjunto permanece secularizado y en manos públicas, disponible para el recreo cultural de un creciente número de turistas.

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Tres elementos me dieron que pensar como presupuestos desde donde se nos presenta el pasado y nos quiere condicionar el presente.

La “culpabilidad” de las tradiciones

Las tradiciones religiosas en el medio europeo, con frecuencia, provocan la sospecha de quienes las miran como observadores externos. Incluso son resignificadas con una carga de culpabilidad histórica. Son vistas bajo un veredicto de que eran caminos que produjeron desvarío, abuso y violencia. Aunque no dejan de asombrar por el patrimonio tangible producido. Este patrimonio, puede llegar a parecer un conjunto de evidencias desde el que reconstruir sus crímenes históricos. La prueba de su dogmatismo, del control de las conciencias, de su patriarcado, de sus jerarquías sociales, de la nula elevación de su espíritu humano, en suma, de su incapacidad para producir y vivir un mundo libre y liberado.

La “reificación” de las tradiciones

Pueden ser reificadas, reducidas a cosas tangibles o visibles que conservar. A veces, mantenidas como pruebas de su culpabilidad, otras, por la belleza producida en medio del atraso. La reificación se da tras un asombro híbrido o dual. Pero no deja de mantenernos en la exterioridad de la cosa. Cierra el camino a la penetración empática. Permite jugar con los vestigios, y reconstruirlos interpretativamente a condición de que no sean tomados en serio. Ello también permite, por su puesto, su “puesta en valor”, que en el lenguaje neoliberal que todos hemos aceptado, significa poderlo introducir en los circuitos de consumo cultural y turístico.

La “inaccesibilidad” de las tradiciones

Por todo lo anterior, ciertamente se nos presenta el mundo que evoca ese patrimonio cultural, antes de significado también espiritual y religioso, como un mundo no confiable en el que adentrarse hoy. Se da así un cierto “presentismo” de la experiencia espiritual. La búsqueda de plenitud, de sentido, y de orientación, no se posibilita en una comunidad histórica de buscadores. “Lo que emerge” para nutrirnos en la búsqueda espiritual, lo hace en un tiempo plano, en una cierta soledad e incomunicación posibilitante de lo que emerge.

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Toda esta situación, que configura hoy para muchos su relación con las tradiciones espirituales de Occidente, me recordó a Max Weber. Al final de su ensayo sobre el científico y el político como vocación, consciente de que vivía en medio de un mundo desencantado y desfundamentado, invitaba a “volver a la iglesia”. Esta vez, para permanecer en silencio. Silencio que no es el del encuentro, sino el de la voluntad de no-comunicación. Una vuelta, para él, dotada de valor y heroísmo. El de aquél que asume el sin-sentido del mundo y no claudica ante los “encantos” del pasado. Esa es su dignidad y su autenticidad. Lo cual, abre, igualmente, la puerta del nihilismo moderno.

Desde la indigencia a que nos aboca ese nihilismo, nos abre, a su vez, al contexto de búsquedas postmodernas. De ahí que es, en parte, esta nuestra situación cultural y espiritual en la Europa postmoderna que marca las condiciones de posibilidad de las búsquedas, desencuentros y encuentros.

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