De lo que emerge y de nuestras luces (III)

A la vuelta de la panadería ecológica alemana me seguía desafiando esa convicción tan frecuente en nuestro medio postmoderno: “las tradiciones son peligrosas”, y por ende, las búsquedas espirituales tendrán que ser “postradicionales”. O lo que lo es lo mismo, partir de lo que emerge en cada momento, desconfiando de los sistemas espirituales del pasado que las comunidades de buscadores han ido proponiendo y depurando.

Frente a ello, volví a entrar en San Luis de los franceses, el templo y casa de espiritualidad que los jesuitas construyeron en el s. XVIII. En su proyecto original buscaban ofrecer un espacio múltiple que pudiera facilitar una experiencia integral de pedagogía espiritual, religiosa y educativa tanto para la gente de su entorno como también para quienes querían iniciar la vida religiosa en la Compañía de Jesús. Pero eso era cuando aquellos jesuitas podían hablar desde esa obra con plena humanidad antes de ser expulsados a fines del XVIII, o de ser reducido ese su espacio a circuito turístico ya en el siglo XXI.

Por ello, señalaba en la entrada anterior que para que el trato con los otros del pasado no sea dogmático o indolente por nuestra parte, precisa de un proceder ético: conceder el reconocimiento pleno de humanidad a esos otros para que podamos dialogar y experimentar con sus propuestas de humanización. Esa es la invitación interpelante a la que soy convocado por esos otros, y en particular, a escuchar sus propuestas espirituales que está en el núcleo comunicativo de este recurso “cultural”.

Una vez entrado, me detuve en un fresco en la bóveda de entrada del edificio que quiere enseñar directamente el centro de la propuesta. El fresco se conoce como “San Ignacio en el templo de la sabiduría divina”. Desde la figura centrada de san Ignacio nos muestra una serie de leyendas que se van desplegando sucesivamente. Así, desde el centro podemos ir leyendo y siguiendo:

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Estote sapientes (Prov. 8, 33); sed sabios [atended al consejo, sed sabios y no lo menospreciéis].

El camino para realizarnos al que se convoca es la sabiduría. No todo encuentro, entretenimiento o búsqueda está altura de lo que puede satisfacer en última instancia la sed humana. Podemos pasar de largo o entretenernos en bienes penúltimos, pero no debemos engañarnos con los consuelos pasajeros. Por ello la advertencia y la interpelación: “sed sabios”.

Domus sapientiae: sapidae scientia; casa de la sabiduría, conocimiento sabroso

Así, se nos invita a entrar en un espacio para la sabiduría, pero una sabiduría que no es mero conocimiento por evidencia intelectual para el manejo de la realidad, sino que alimenta. El sujeto al que se interpela no es un científico que busca un conocimiento objetivo del mundo o de lo humano, sino un buscador que clama existencialmente por satisfacer su indigencia fundamental. El sujeto no es un intelecto que registra y reúne las objetividades ganadas por la ciencia. Antes bien, está necesitado de nutrirse, de alimentarse interiormente para una vida plena. Ese saber prometido es verdadero porque puede ser acogido como lo que conforta y sostiene.

Por ello, no el mucho saber harta y satisface el ánima, sino el sentir y gustar de las cosas interiormente. Y en ese contacto y gusto interior, quien puede dar alimento permanente es Dios.

Gustate et videte (Psalm 33); Gustad y ved [qué bueno es el Señor, dichoso el que se refugia en él] (Sal. 34, 9); aquel que sacia la búsqueda humana es Dios, en quien el alma se complace. El sujeto que busca es el propio banco de pruebas de la experiencia. No se trata de adoptar la verdad de los otros, de vivir de oídas. Dios se puede revelar como el término de la búsqueda, quien se puede experimentar como el que da reposo al anhelo, quien plenifica sin alienar. Por ello, es bueno con nosotros y para nosotros.

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¿Cómo entonces encontrarnos con la fuente de nuestro alimento? Aquí va la propuesta ascética a continuación, que es donde se recoge y sistematiza los hallazgos de Ignacio de Loyola que pueden ayudar a los buscadores espirituales. Esa propuesta es la del método de los Ejercicios espirituales.

Habens fructi duodecim; Liber Exercitiorum spiritual. S. Ignat. De Loyola; Folia eius ad sanitatem gentes; Que tiene doce frutos; el libro de los Ejercicios espirituales de san Ignacio; hojas para la salud de los pueblos.

¿Cuáles son esos frutos prometidos por la práctica de los Ejercicios espirituales? En la leyenda se habla de doce. Parece referirse a los frutos del Espíritu que san Pablo identifica en la Carta a los Gálatas (5, 22-23) según la versión latina bíblica en la Vulgata: “Fructus autem Spiritus est caritas, gaudium, pax, patientia, benignitas, bonitas, longanimitas, mansuetudo, fides, modestia, continentia, castitas”. Lo que en la traducción de la Biblia de Jerusalén se traduce por “el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia y dominio de sí mismo”.

Se trata, por tanto, desde el principio de una invitación que quiere compartir una concreta sabiduría espiritual que no se oculta ni se quiere reservar para un grupo de privilegiados. Es una propuesta pública y abierta a las “gentes”. En ese camino hay un discernimiento de “lo que emerge”, pero un discernimiento que tiene que ir haciendo cada uno que es quien va, por sí mismo en última instancia, validando y acogiendo el valor de lo experimentado o separando y desechando lo inauténtico de la experiencia.

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