Elogio de la solidaridad

Juan Antonio Mateos Pérez

La misericordia y la solidaridad son bienes escasos en nuestras sociedades, aunque imprescindibles para hacer un mundo más habitable y justo. Son muchos los que todavía hoy padecen hambre en el mundo, cerca de unos 815 millones de personas, casi 20 millones más que el año anterior. El informe de la FAO nos entristeció y para vergüenza de todos nos decía que “El hambre aumenta por primera vez en casi 15 años”. Ahí estaban de los compromisos adquiridos en los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas para terminar con la hambruna y la malnutrición de millones de personas en el 2030, hoy parece más difíciles, pero no imposibles. Detrás de esta mala noticia, no solo está la voluntad política,  sino las diferentes crisis abiertas, principalmente la mala distribución y la sequía, pero sobre todo, los numerosos conflictos armados abiertos a lo largo del planeta. El pan y la paz, se estrechan en esta aritmética del hambre y el desarrollo.

Con los ojos puestos en el 17 de octubre “Día Internacional de la Erradicación de la Pobreza”, la directora general de la UNESCO, promete no dejar a nadie atrás y aspira a erradicar la pobreza para el 2030. Según sus palabras, es necesario que los gobiernos actúen rápidamente y traduzcan los Objetivos de Desarrollo Sostenible y en políticas eficaces respaldadas con recursos adecuados. Estas políticas deberán integrar las dimensiones sociales, económicas y medioambientales para que los objetivos sean más eficaces en la erradicación de la pobreza. A estas alturas todos sabemos que la pobreza no es solo una cuestión económica, es un fenómeno multidimensional y urgente, causa y consecuencia de una de las violaciones más evidentes de los derechos humanos. Erradicar la pobreza se convierte en un imperativo de los derechos más fundamentales del ser humano y un requisito básico para la paz del nuestro mundo.

En la era de las comunicaciones y la tecnología, en un mundo cada vez más globalizado, el hambre y la pobreza deberían de ser una reliquia del pasado. Nos prometieron que la ciencia y la técnica en su progreso continuado, llevarían a la humanidad a la felicidad. Pero ese progreso se ha sustituido por el carrito de la compra y el consumo desenfrenado, que parecen ser los nuevos índices de racionalidad y de la buena vida (Bauman). Debemos de añadir que hay una gran distancia entre ver y saber (Kapuściński), un fuerte abismo que bloquean capacidad de comprender y abrir el corazón a cualquier realidad de sufrimiento. El bienestar no nos deja escuchar los gritos desgarradores de los más pobres y necesitados, hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna (Francisco). El hombre parece haber perdido su centro y, una minoría de empresas y empresarios son los que dirigen el mundo, mientras que el hambre sigue destruyendo a millones de personas indefensas.

Desde estas páginas queremos hacer un “elogio de la solidaridad”, que surge de los anhelos más profundos de la fraternidad humana, es el humus necesario para transformar la sociedad y respetar la dignidad humana. La solidaridad es la actitud básica para hacer un mundo más justo y habitable en una sociedad globalizadora que esconde y olvida a tantos indefenso. La solidaridad no como simple asistencia a los más pobres, sino como un planteamiento global a todo el sistema injusto en el que estamos inmersos, buscando caminos para mejorar, reformar y defender los derechos más básicos del ser humano. Entendida así, su objetivo es alterar el modo en que se estructuran las redes de relaciones de la sociedad en su conjunto, modificar la atmósfera vital en la que estamos inmersos y así poder explicar la realidad y a nosotros mismos.

Es necesaria una nueva cultura de la solidaridad para hacerla posible y que no sea una simple utopía no realizable, para que sea el semillero de la conciencias solidarias. Una cultura que viva la solidaridad dentro de sí misma y que la pueda proyectar al exterior, creando redes de solidaridad. Desde ellas se puede ir creando un tejido que visibilice y proteja a los más necesitados y que pueda ser un muro para aquellas lógicas culturales que buscan perpetuarse. Estas redes de solidaridad deberán poner en marcha alternativas económicas, sociales, políticas que muestren luces y salidas a los procesos de exclusión.

Pensar y mirar, parecen un buen principio para bajar desde la opulencia a esa cultura de la solidaridad, urgente, imprescindible y necesaria. Educar en la solidaridad humana y poder enseñar la comprensión entre las personas como condición y garantía de la solidaridad intelectual y moral de la humanidad (E. Morin). Para  hacer posible la solidaridad en nuestra cultura globalizada, es también necesario, aprender a mirar el mundo con “ojos abiertos”, desde aquellos que viven y mueren de forma injusta en las guerras, el hambre, la miseria y la violencia. En el rostro del ser humano sufriente y pobre, los creyentes cristianos, han querido ver el mismo rostro de Dios vulnerable y necesitado de solidaridad. Una mirada saludable en medio de una embellecedora relación que humaniza (J. C. Bermejo)


Imagen: : http://culture360.asef.org/news/work-routines-artscultural-managers-international-contexts/

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