Ellacuría y la trascendencia en el Derecho (III)

El derecho dado o disfrutado debe ser trascendido desde el dinamismo de la justicia, que es el dinamismo de plenificación del Derecho que pasa por el proceso de afirmación de un nosotros inclusivo, lo que supone una sociabilidad plenaria mutuamente posibilitante, sin exclusiones. Si la justicia, en un sentido omnicomprensivo, es la correcta articulación entre razón y bien, entre verdaderos ideales y materialidad plenificante (vida buena para todos sostenible); la injusticia sería la presencia del error y del mal, de falsos ideales y de destrucción o fracaso de la vida. Por ello, el concreto ideal de justicia que se articula en una situación puede quedarse a mitad de camino, y pretender dar por justo, lo que sólo lo es muy parcialmente. De ahí que no baste la concreción y reclamación o institucionalización de un cierto ideal, pues este se puede quedar en una concepción limitada o no “completa”. La justicia entonces es un dinamismo de superación, un ir más allá de lo dado que se actualiza como insuficiente, que avanza hacia una cierta positividad.

¿Qué vectores están impulsando este dinamismo de la justicia?

La prioridad del amor:

El Derecho se puede cerrar en situaciones de disfrute de bienes y de derechos que  se afirman o consiguen con indiferencia de la suerte de los otros, o incluso positivamente gracias a las privaciones inducidas en otros. Puede ser parcialmente positivo o justo asegurar las condiciones para desarrollar la propia vida, pero no es justa una dinámica de no universalización de la vida buena, de la vida que no se comunica y comparte para propiciar la vida de los otros. En este sentido, lo que va haciendo justo el disfrute de la vida es la dinámica del amor. El amor no está separado de la justicia, sino que puede ser su dinamismo más radical. Una justicia sin amor, terminaría deshumanizando y alienando las relaciones sociales. Por ello, señala Ellacuría la prioridad del dinamismo del amor sobre el mantenimiento y justificación de lo adquirido. Lo que va alimentando la conquista de una mejor y mayor vida, como condición primaria sobre la que se edifica la existencia humana y social, es el amor pluralizante e inclusivo: “El buscar la vida quitándosela a los demás o despreocupándose de cómo los demás la van perdiendo, ciertamente es la negación del Espíritu dador de vida. Desde esta perspectiva el mensaje básico cristiano del amar a los otros como a sí mismo y no solamente de no querer para sí lo que no se quiere para los otros, que formula pragmáticamente la Declaración  de los derechos del hombre y del ciudadano (1793); el propiciar más el dar que el recibir y el proponer entregar todos los bienes a los más pobres, son ideales utópicos, cuya historización profética puede ir generando esa novedad radical en los hombres y en las instituciones”.

La fe que obra la justicia:

Señala Ellacuría que no hay salvación de la historia sin el aporte de la historia de la salvación. Desde la hermenéutica cristiana, la justicia que brota de la fe, se entiende como la acción histórica concreta que debe tomarse movidos por el amor cristiano y como forma histórica del amor en un mundo donde abunda el mal tanto en lo estructural como en lo personal. Esta justicia tiene un carácter teologal. En este horizonte de sentido, ¿de qué fe hablamos? Es la fe de Abraham, que se identifica en el evangelio de Juan como aquella que no mata, sino que promueve la vida. Abraham es el “padre de la fe”, de una fe que realiza la justicia, la sociabilidad plenaria. Por ello, en el Derecho, podemos reconocer esta fe como la “bona fides” que es esencial en las relaciones sociojurídicas. Esta “buena fe”, no apunta a algo indiferenciado, sino a un modo de habérselas entre unos y otros que posibilita la existencia mutua y la cooperación. Lo contrario de ello, sería la “mala fe”, podríamos decir desde el horizonte semítico, una fe diabólica, como aquella que engaña, divide y mata. Por tanto, una y otra fe están operativas en el mundo de las relaciones sociojurídicas creando sociabilidad o negando la misma. Al elegir uno u otro camino de realización del Derecho nos jugamos el bien común.

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here