¿Qué es lo que permite una superación de lo dado y consagrado legalmente cuando es vivido como insuficiente o imposibilitante?

Frente a la sacralización de lo dado históricamente como intocable o insuperable, Ellacuría plantea en su teología un programa crítico que muestra el sentido y la virtualidad socio-histórica de la fe desde Jesús y que a su vez ayuda a desideologizar los cierres dogmáticos de la historia humana que justifican el estado de cosas vigente como lo último de la historia. Para ello, su programa crítico se fundamenta en la unicidad y apertura de la historia, y no sobre dualismos o separaciones que impiden el juego de factores que pueden ayudar a la historia social en su proceso.

Aquello que permite abrir y superar el círculo de relaciones y de exclusiones, puede considerarse el ámbito propio de la justicia. La justicia no es la repetición y justificación de lo que hay (eso sería un dejar de hacer el camino), sino un impulso que va plenificando las relaciones. Por ello, no es un simple resultado sino un proceso abierto e inacabado. La justicia no nos saca de la historia sino que nos lanza a asumirla con más responsabilidad y creatividad cuando nos situamos adecuadamente en ella. La justicia vista así como dinamismo ético presente desde la realidad social más negada, es un ir más allá de lo que hay para caminar en busca de mayores cotas de dignidad y de vida buena compartida. Por ello, la dinámica de la justicia tiene una forma de historicidad más abierta y creativa que es la historicidad desde abajo. Es lo contrario de la posición de la historicidad desde el poder en la que se sitúan los planteamientos idealistas y materialistas estáticos, que tratan de producir una repetición de lo mismo y de lo “necesario” que clausure la marcha histórica, de alienar su dinamismo, de convertir en una compulsión sobre los sujetos aquietadora y paralizadora para que no se dé la lucha y se imposibilite el dinamismo de cambio social, porque no se permite abrir el horizonte a nuevos y mejores sentidos que sean superación de la negatividad sentida, a la irrupción del novum.

Sin embargo, una historicidad desde abajo, como la que muestra Ellacuría, es reflejamente histórica, positivamente histórica. Por ello, está abierta a la irrupción de la novedad, a la búsqueda de sentidos que superen lo vivido, de este modo, se sitúa en el corazón de la trascendencia. Entendemos por trascendencia ir allende lo dado, el dinamismo de superación presente en la praxis humana, que no aliena, sino que plenifica. Por ello, en un sentido propio, el ámbito de la historicidad rectamente entendido incluye el dinamismo de la trascendencia.

Esta trascendencia no deshistoriza la historia, no le priva de concreción y materialidad, justamente permite hacer crecer lo negado, lo insignificante, es también proceso de acrecentamiento de capacidades, pero desde la apertura “real”, articula la apertura al “ideal”, a la irrupción de un nuevo sentido vivido que configure más plenamente todas la relaciones.

Aunque el derecho no se puede explicar sin las luchas sociales, estas luchas pueden ser hegemónicas o subalternas. La perspectiva hegemónica lo presenta de modo estático y clausurado para escamotear la permanente tensión axiológica y social, su estructura abierta. Pero la perspectiva subalterna, toma la lucha por el derecho para salvaguardar la vida y los bienes más básicos, y en este sentido su historicidad que consiste en apropiarse de posibilidades de realización humana socialmente sostenidas, reconocidas y políticamente garantizadas, puede ser relanzada desde una hermenéutica crítica fecundada por una tradición teológica que mira la realidad desde abajo, lo concreto, lo viviente, lo llamado a abrirse camino. Y desde ahí, encuentra y trata de movilizar vectores de trascendencia del derecho y de las relaciones sociales como el amor, la fe o la utopía.