Los circuitos comerciales y financieros a escala mundial han generado unas élites globalizadas. Paralelamente un importante segmento de la población mundial marginada de dichos circuitos se ve obligada a desplazarse para intentar sobrevivir (emigrantes nómadas)https://cristianismeijusticia.net/es/inhumanos-e-infrahumanos. La Revolución Industrial inglesa impulsó una progresiva traslación de una economía fundamentalmente agrícola y con una moderada mercantilización a otra de carácter industrial y eminentemente mercantil. Esto supuso a su vez un lento pero inexorable proceso de emigración del campo a la ciudad y de creación de redes comerciales y financieras a escala internacional.

La concentración de la población en grandes urbes y de la riqueza en un segmento significativo de la humanidad implica un modelo de consumo depredador difícilmente sostenible por las consecuencias medio ambientales que acarrea. El cambio climático y la existencia de fuertes desigualdades ponen en cuestión la continuidad del modo de vida dominante (civilización) en el mundo actual, tanto en las áreas hasta ahora hegemónicas (Estados Unidos y la Unión Europea) como derivadamente en el resto del planeta.

Hay una creciente incertidumbre que crea malestar y tensiones, especialmente entre quienes, habiendo logrado reducir la precariedad de la vida, aspiran a eliminar prácticamente toda vulnerabilidad en la esperanza de que desaparezcan la pobreza y la enfermedad. Nada impide creer en la utopía de un mundo armónico y en paz, donde incluso se pudiese alcanzar la inmortalidad. Se produce una especie de esquizofrenia. Al tiempo que se constata la persistencia de la miseria, la enfermedad y la guerra entre amplias capas de la población mundial, hay una confianza creciente en que la ciencia y la técnica, así como el mayor acceso de la población a la toma de decisiones (democratización), pueden resolver todos esos problemas.

Las tecnologías digitales posibilitan que las relaciones económicas a escala mundial no dependan tanto del control de los circuitos comerciales y financieros, dominados por los países más ricos, sino de la integración del propio proceso de producción. Esta es la esencia de la globalización. Aparece la “fábrica global” que ha abierto posibilidades a países como China que han apostado claramente por acumular conocimiento más allá de aprovechar su diferencial de costes. Se parcelan las distintas fases o tareas productivas. La clave de la competencia reside en el control de la información y en el conocimiento que permite procesar y aprovechar dicha información. Cada uno aporta al producto (bien o servicio) la tarea que mejor sabe hacer, aquella para la que posee mayor habilidad o conocimiento.  Cuanto más relevante es dicha tarea en el conjunto del proceso productivo (cadena de valor) mayor valor añadido se consigue.

En este contexto las ideologías políticas tradicionales, liberalismo y socialismo, se ven cuestionadas. Ambas, por diferentes motivos, son incapaces de regular adecuadamente los mercados mundiales y evitar una creciente desigualdad. Las clases medias europeas y estadounidenses se ven a sí mismas como víctimas de la globalización. Comprueban como se deteriora su nivel de vida, retroceden las garantías de protección social y aparecen continuamente casos de corrupción que deslegitiman las instituciones políticas y sociales.

Reuters/Aziz Taher

Todo ello propicia la aparición de alternativas de muy distinto signo, que tienden a polarizarse sobre todo en el ámbito de la Unión Europea. La balanza tiende a inclinarse hacia las posiciones más conservadoras que hacen bandera contra las elites globalizadas y los emigrantes (Trump en Estados Unidos, Viktor Orban en Hungría, Jarislaw Kacynski en Polonia, y como alternativa de Gobierno, Alternativa para Alemania-AFD, Marine Le Pen en Francia o Geert Wilders en Holanda), los dos agentes que en el imaginario de gran parte de las clases medias son los causantes del deterioro de su nivel de vida. Las posturas más progresistas (Syriza en Grecia, Podemos en España, Movimiento 5 Estrellas de Pepe Grillo en Italia, Frente de Esquerda en Francia o Die Linke en Alemania) arremeten contra las elites globalizadas y nacionales, pero admiten la necesidad de acoger a emigrantes y refugiados. Esta polarización se aprecia también en Austria, Holanda o Bélgica y en mayor o menor medida en los demás países europeos.

No es extraño que el centro de gravedad tienda a desplazarse hacia las posiciones más conservadoras. En primer lugar porque cuando predomina el miedo a perder lo que se tiene se suelen imponer posiciones defensivas (conservadoras). En segundo término porque las posiciones más progresistas están trufadas con frecuencia de actitudes corporativas, igualmente defensivas,  y además carecen de programas viables que necesariamente tendrían que pasar por medidas y alianzas relacionadas con las áreas más pobres (África, Latino América y lo que es aún más complicado con los países asiáticos de mayoría musulmana). Sólo con procesos de integración supranacional esas áreas más pobres podrán acceder a la información y el conocimiento que exige la globalización, y convertirse en  interlocutores con fuerza suficiente a escala internacional. En ese escenario verdaderamente multilateral se podrían alcanzar acuerdos equilibrados con China, Rusia y los demás países BRICS (Brasil, India y Sudáfrica)

Un repliegue nacionalista de carácter proteccionista es prácticamente imposible. La globalización es un fenómeno imparable en un mundo donde los flujos de información e intercambio de conocimientos son cada vez mayores e imposibles de controlar desde los Estados nacionales. Lo que está en juego no es tanto el aislacionismo de ciertos países como el hecho de avanzar hacia un mundo más equilibrado y sostenible o por el contrario acentuar las desigualdades y los desastres naturales. Si Estados Unidos y la Unión Europea a otro nivel exacerban sus posiciones defensivas, los flujos internacionales de personas, capitales y productos no se van a detener, pero se pueden frenar. Se reafirmarían así, aunque sólo fuese temporalmente, unas pautas de consumo depredadoras asociadas a una desigualdad donde los que consiguen rentas relativamente elevadas despilfarran recursos mientras otros no alcanzan rentas suficientes para poder subsistir (excluidos).

Diario El País/El Roto

La imagen principal es de El Roto, diario El País