En la mayoría de los procesos electorales, primero el terrorismo de ETA y ahora, aunque tenga otra dimensión, el reto independentista catalán han polarizado los debates. Esto ha contribuido a distraer la atención respecto a la debilidad de los programas de los partidos en otras cuestiones fundamentales. Si tomamos el empleo como elemento central, representativo de los principales problemas que aquejan a la sociedad española, podemos tratar de desgranar dichas cuestiones que suelen estar ausentes de los programas. En colaboraciones anteriores se señaló que el que se cree empleo suficiente depende, sobre todo, de que haya mayor competencia (¿Por qué España genera poco empleo?), pues eso significa mayor demanda de empleo y de más calidad; y que el sistema educativo facilite que la oferta de trabajo encaje con la demanda (Educación, formación y empleo).

Desde 1978, España ha tenido siempre una tasa de paro superior a la media europea y en veintiuno de los treinta y seis años trascurridos ha estado en torno al doble de dicha media. Sólo recientemente Grecia está por encima, pero en la mayor parte de dicho periodo la tasa de desempleo de España ha sido la más alta de la Unión Europea. Como a su vez la Unión Europea ha tenido tasas de paro superiores a las del conjunto de la OCDE, eso significa que España ha ostentado el récord de desempleo en el mundo. Esto debería haber llevado a la conclusión de que hay factores persistentes, estructurales se suele decir aunque sea una palabra muy gastada, que explican esa situación.

No se ha considerado que la escasa competencia en muchos de los mercados de bienes y servicios provoque que haya menos demanda de empleo y de peor calidad. Tampoco que el sistema educativo contribuye a polarizar la oferta entre los muy cualificados y los poco cualificados. En vez de afrontar esas cuestiones, cuando el problema del desempleo se ha agudizado en las etapas de recesión, generando altas tasas de pobreza y desigualdad, se ha recurrido casi en exclusiva a reformar el mercado de trabajo para tratar de reducir costes laborales. Los programas electorales de casi todos los partidos prometían la creación de numerosos puestos de trabajo hasta prácticamente alcanzar el pleno empleo, lo que nunca se ha cumplido a pesar de las rebajas en costes laborales.

Esas políticas han conducido a crear una espiral devaluadora. Los ciclos de creación y destrucción de empleo, vinculados al crecimiento económico y la productividad, han ido agudizándose. Al reducir los costes laborales en vez de fomentar la productividad introduciendo comptencia, se consigue que en las etapas de auge el empleo crezca más y la productividad menos que la media europea. Por el contrario, en las recesiones, se destruye más empleo y con mayor celeridad permitiendo incrementos de la productividad superiores al del conjunto europeo (ver gráfico).

La recuperación del empleo que se detecta desde la segunda mitad de 2014 tiende de nuevo a que el crecimiento del empleo supere la media europea. Al basarse en la devaluación de costes laborales, sin abordar reformas sustanciales en los mercados de productos ni en el sistema educativo, la productividad tiende de nuevo a reducirse. De ahí que sea difícilmente sostenible. Más bien podemos esperar que se cumpla el refrán castellano: “cuanto más alto subas, más dura será la caída”. En próximas colaboraciones veremos cuáles son algunas de las medidas fundamentales para mejorar la competencia y el sistema educativo, que podrían evitar que se repita el mismo comportamiento que en anteriores recesiones.