Muchos de los grandes problemas que afectan a la vida cotidiana de los españoles no tienen su origen ni su solución en nuestro territorio. No son solo cuestiones ecológicas o de migraciones y refugiados, las más obvias en este momento, sino también la competencia internacional en bienes y servicios, la libre movilidad de los capitales (y, por tanto, de las inversiones), la propiedad intelectual, las fortísimas influencias culturales a través de los medios de comunicación, la revolución tecnológica… Si te preguntas por qué no encuentras trabajo, te estás preguntando a la vez por qué los capitales no invierten en España, por qué se produce en otro sitio sin ti en vez de aquí contigo (los productos no faltan: esto no es Venezuela), por qué los consumidores otorgan tan poco valor a la “marca España” frente al precio, por qué se gana dinero sustituyéndote por un ordenador…

El Estado, nacido para dominar esos flujos fundamentales y ordenarlos al bien común de la población del territorio, se ha convertido en un barco que navega como puede un mar que no controla, con unos vientos también fuera de su alcance. Cada vez es menos quien establece soberanamente las reglas de la competencia adentro de sus fronteras, y cada vez más es un luchador en la competencia internacional con otros Estados por las decisiones de los capitales libres, las empresas transnacionales, los trabajadores cualificados y los consumidores. Hasta tal punto que cantidad de medidas estructuradoras de la competencia interna se justifican precisamente porque aumentan nuestra competitividad internacional.

Esto es una realidad: como el caso griego muestra, los márgenes de maniobra reales que quedan a los electores no son grandes. Por el contrario, los electores españoles no tienen más libertad que España misma: no pueden elegir nada que España no pueda a su vez elegir, dada la estructura del mundo en que nos hallamos.

Todo voto que ignore esto es reaccionario por ingenuo. Todo voto que no lo ignore pero apueste por un bien común de los españoles basado exclusivamente en nuestro éxito en la competencia global, es reaccionario por alicorto. El único voto cristiano que puedo imaginarme entiende que la situación actual constituye una transición hacia formas globales de gobierno de la competencia, y que el bien común que debe perseguirse en la decisión política, es el bien común de toda la Humanidad.

La dimensión internacional (de la que precisamente se está hablando muy poco en esta campaña electoral) constituye un punto central de la decisión de voto. Se trata en último término del bien común de los residentes en el territorio como parte del bien común de todas las personas, no a costa de él.

Fuente de la imagen: http://www.moka5.com/2014/12/08/server-side-containers-vs-client-side-containers/