El verdadero tamaño de la pobreza

En los años de la bonanza económica, cedimos al riesgo de pensar que la pobreza no era nuestro problema, que todas las oportunidades para mejorar estaban ahí, listas para ser cogidas por quien quisiera cogerlas. Era la España del pleno empleo, con un PIB que crecía como si se hubiera comido el pastel de Alicia en el país de las maravillas, que disfrutaba de las mieles de un crédito y un consumo que parecían infinitos, ¿qué podría haber ensombrecido nuestro ánimo? Este deslumbramiento nos impidió ver la enorme fragilidad de nuestro bienestar, y la situación de quienes no podían subirse al carro del éxito. Porque ¿quién se preocupa por solucionar aquello que no percibe como un problema? Nadie. La pobreza no era nuestro problema. Ni la nuestra ni, por supuesto, la ajena.

Pero estalló la burbuja inmobiliaria y nos sacó del sueño. Ahora somos conscientes de nuestra triste situación, de la fragilidad de nuestro anterior avance, del dolor que padecen millones de personas en nuestro país y del riesgo palpable de que esa distancia que nos separa de ellos/as sea corta. A golpe de encuestas, tenemos un recordatorio constante de lo mal que van las cosas para demasiada personas. Estamos en una singular fase de empatía. Esto nos hace mirar hacia fuera y comprender mejor el dolor y el sufrimiento de otras latitudes.

Pero ahora el riesgo es otro. Dicen los especialistas en motivación que nuestra disposición a llevar a cabo acciones se distribuyen como una campana de Gauss ¿la conoces? no es nada más que una curva en forma de campana 🙂

Aquellas tareas que requieren muy poco esfuerzo no nos motivan (la parte izquierda de la campana) y por tanto no las hacemos. Por eso tenemos una lista cuasi infinita de pequeñas tareas que nos tomarían un par de minutos, pero que nunca hacemos: coser un botón del puño, llamar a nuestra compañía telefónica y cambiar nuestro plan por uno más económico, comprar un burlete para ventana de la cocina… las vamos dilatando hasta que salen, por su propio pie, de la lista de pendientes a la lista de “ahí te has quedao”.

Y no es que sean acciones poco importantes. Es sólo que son demasiado pequeñas. Acabamos acostumbrándonos a vivir con las consecuencias que tiene no ejecutarlas: dejar de usar esa prenda de ropa a la que le falta un botón, pagar más en nuestra factura telefónica, llegamos incluso a disfrutar esa gélida brisa que entra por la ventana mientras cocinamos…

Por otro lado, tampoco logramos movilizarnos ante tareas que percibimos como demasiado grandes y difíciles (la parte derecha de la campana). Limpiar el sótano. Empezar con la obra del baño. Acabar con la corrupción. Terminar con la pobreza… Nuevamente, no tiene que ver con la importancia de estos temas, sino con su desproporcionado tamaño: nos quedan grandes.

Ante ellos, percibimos nuestro esfuerzo como insignificante, una gota de agua en un océano. Nos parece que no hay nada que podamos hacer por mejorar esta situación. Acabamos padeciendo el “síndrome de Pilato”: nos lavamos las manos, sentimos que nuestra responsabilidad individual no es decisiva para cambiar el curso de los acontecimientos. Y corremos la tentación de no hacer nada por afrontar estos problemas, de ni siquiera pensar en ellos porque ¿para qué? No vale la pena. No podemos hacer nada.

Y entonces, ¿cuál es el verdadero tamaño de la pobreza?

Pues no tiene que ver con el número que representa la tasa de pobreza. El verdadero tamaño de la pobreza es el de nuestra capacidad de acción, al centro de la campana, que es donde está la posibilidad de cambio. Que un 28% de personas en riesgo de pobreza y exclusión sean 0%, que declaremos desierta esa plaza y podamos brindar por una España que va bien de verdad, para todos y todas, puede ser una tarea que percibamos posible, asumible y deseable. O el tamaño de la pobreza puede ser el tamaño de nuestra derrota, de nuestra incapacidad para hacer algo y cambiar el curso de los acontecimientos.

Como dice Hans Rosling, puede que el futuro no sea tan sombrío, y puede que la humanidad esté haciendo algunas cosas mal, pero hay muchas cosas que estamos haciendo bien. De hecho, muy bien. Si miramos los dos últimos siglos hemos logrado avances extraordinarios. Somos capaces de cosas terribles, pero también somos autores de transformaciones fantásticas que han significado bienestar para muchos.

Sin duda nos enfrentamos a grandes retos. Enormes. Gigantes. Urgentes. Pero podemos enfrentarlos. Podemos hacer de la pobreza un reto de nuestro tamaño.

¿Cómo? Haciendo lo que sea, pero haciendo: hazte socio de una ONG, involúcrate en una causa, habla del tema con otras personas, saluda a la persona sin hogar que duerme en tu barrio, acércate y conócelo, haz voluntariado, vota de forma responsable, participa en la sociedad en la que vives. No te laves las manos. Arremángate y vamos a por una sociedad mejor!

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