El “sistema”

Hay quienes creen que este mundo-sistema es el mejor de los posibles. Por supuesto que no es perfecto, pero es el resultado de nuestras limitaciones humanas. Los que plantean un mundo ideal e ignoran esas limitaciones nos llevan al desastre. Hay refranes y dichos muy conocidos que expresan esta idea: “El camino del infierno está lleno de buenas intenciones”.

De otro lado están los que creen que hay una injusticia radical en este mundo y es necesario cambiar de sistema. No se trata sólo de fallos o conductas injustas individuales sino de formas de vida institucionalizadas que generan exclusiones y a las que resulta difícil sustraerse incluso cuando se las rechaza. Por eso se demanda “un cambio de estructuras”, “una globalización de la esperanza (…que) debe sustituir a esta globalización de la exclusión y de la indiferencia” (Discurso del Papa Francisco en el II Encuentro Mundial de Movimientos Populares celebrado en Santa Cruz de la Sierra el 9 de julio de 2015).

Cuando de esa diferente actitud se hace bandería exclusivamente política, se suele incurrir en una simplificación que elude la complejidad de cualquier cambio de sistema, inseparable de la necesidad de una transformación personal. Los cambios de estructuras requieren considerar las interrelaciones entre muy diferentes elementos y analizar las consecuencias de cada uno de los pasos y reformas que se quieren realizar. Es imprescindible también una conversión personal. Esto es, un cambio de orientación de nuestras motivaciones y hábitos más profundos, y una vigilancia permanente (estar atentos) respecto a los cambios que ocurren a nuestro alrededor y nuestra reacción frente a ellos.

Las posturas conservadoras tienden a tener más en cuenta la complejidad de los cambios y las limitaciones personales subyacentes. Las reformadoras hacen hincapié en la necesidad de tomar medidas que empiecen a cambiar hábitos y estructuras injustas, y no hacer de la condición humana una coartada para no modificar nuestras conductas. Ambas tienen su parte de razón.

Donde se dilucida nuestra verdadera actitud es en nuestras motivaciones y creencias más profundas, que determinan nuestro trato a los demás y nuestras acciones cotidianas. Lo realmente condenable es la hipocresía y el endurecimiento del corazón que impide la compasión y el perdón. Porque “de dentro del corazón salen las malas ideas” y de la insensibilidad nace la indiferencia. Lo que crea un abismo infranqueable es la prepotencia frente a la sencillez, la arrogancia frente a la humildad, la hipocresía frente a la honestidad, la traición frente a la fidelidad, la agresividad frente a la mansedumbre, la ostentación frente a la pobreza, el rigorismo y la intolerancia frente a la comprensión y el perdón.

Es ese abismo el que explica el mensaje de Jesucristo: “No penséis que he venido a sembrar paz, sino espadas;…así que los enemigos de uno serán los de su casa”, “Si pertenecierais al mundo, el mundo os querría como a cosa suya, pero como no le pertenecéis, sino que al elegiros yo os he sacado de él, el mundo os odia”, “Os he dicho estas cosas para que gracias a mí tengáis paz. En el mundo tendréis apreturas, pero ánimo, que yo he vencido al mundo”. Situarse frente al “sistema” (“mundo”) no es una simple opción política, como si los problemas se pudiesen resolver de forma prioritaria desde el poder. Es una opción de vida que lleva a incomprensiones y enfrentamientos, en especial con los que pueden ser más cercanos pero que ponen por delante los intereses propios a los de los demás, sobre todo si actúan hipócritamente. Una cosa es tener serenidad interior (verdadera paz) y otra totalmente opuesta  es eludir los conflictos (falsa paz).

1 Comentario

  1. Hace muchos años que nos conocemos y creo que compartimos creencias y valores aprendidos y consolidados con la juventud y ahora reafirmados en la madurez. Comparto lo que has escrito y desearía que mas personas lo hiciesen y en una traslación al mundo real y cotidiano pudiésemos dejar ese poso de ciudadanía comprometida a los que vengan detrás.

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