El sentido de la vida entregada en el servicio

Por Vicente Altaba. Delegado Episcopal de Cáritas Española

Resulta sorprendente que un sacramento  tan importante para la vida cristiana, como la Eucaristía, haya perdido, para muchos, todo significado y contenido. Pero así parece ser. Y si es así, no resulta arriesgado aventurar  que no hemos entrado en el “misterio” que entraña, pues en la Eucaristía, cuya institución celebramos el Jueves Santo, se expresa y significa el sentido más hondo de la vida: de la vida de Jesús y de la nuestra.

Vida descentrada y entregada

La Eucaristía es el sacramento de la vida descentrada, de la vida que no se vive sólo desde sí mismo y para sí mismo. La vida de Jesús, que fue una pro-existencia, un vivir desde los otros y en favor de los otros, llega a plenitud cuando tomando el pan y el cáliz lleno de vino se identifica con ellos y dice a los discípulos, como relatan los sinópticos: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo entregado”; “tomad y bebed, esta es mi sangre derramada”. Y todo “por vosotros”.

La Eucaristía es el sacramento de la vida entregada con Jesús que nos descentra, que rompe nuestra auto-referencialidad y hace de nuestra vida una vida para los demás. Con razón dice Benedicto XVI que participar en la Eucaristía es “participar en el acto oblativo de Jesús”.

Vida puesta a los pies de los discípulos en actitud de servicio

Tanto nos abre a los hermanos la Eucaristía que el evangelista Juan, en lugar del relato de la institución, nos trae el relato del lavatorio de los pies donde el mismo Jesús que nos entrega su cuerpo y su sangre es el que se pone a los pies de los hermanos dispuesto a lavarles los pies en la más humilde actitud de servicio.

Así la Eucaristía es el sacramento de la vida hecha servicio. Servicio a todos, pero especialmente a los más pobres y excluidos. Benedicto XVI dirá que una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor “es fragmentaria en sí misma”. Y el apóstol Pablo, al tomar conciencia de esas celebraciones eucarísticas en las que unos se hartan de comer y de beber mientras otros no tienen qué llevarse a la boca o pasan hambre y sed, dirá con toda crudeza que eso no es celebrar la cena del Señor y que esas celebraciones son escandalosas.

Antídoto contra la auto-referencialidad y la indiferencia

Cuando esto se descubre, la Eucaristía es el mejor antídoto contra la auto-referencialidad que nos cierra en nosotros mismos, frente al individualismo egoísta y “la indiferencia generalizada” que tantas veces denuncia Francisco como uno de los mayores males de nuestro tiempo.

Celebrar el Jueves Santo es celebrar con Jesús que la vida de los otros, en especial de los que sufren, nos afecta. Y nos afecta tanto que con Jesús queremos ser para ellos vida entregada, aunque nos cueste sangre, y vida puesta a sus pies en el servicio a su dignidad, a sus derechos, a su desarrollo humano, social y espiritual.

Quien se une a Jesús en la Eucaristía se une al hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es extranjero, que está desnudo, enfermo o en la cárcel, y se compromete de forma concreta en favor de todos los excluidos y necesitados.  Y ahí, en la vida entregada y puesta al servicio de los hermanos, encontramos con Jesús el sentido de la vida.

Imagen: “Lavatorio de los pies”, de Sieger Koder

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