Por: PEDRO CASTELAO. Profesor de la Universidad Pontificia Comillas

Dos años son mucho y no son nada. En términos políticos son la mitad de una legislatura, y ese tiempo —faltando aún otros dos para las siguientes elecciones— es una eternidad. Hay tiempo para nuevas leyes, para nuevos escándalos, para nuevas medidas, para nuevos casos de corrupción. También hay tiempo para que, en pocos meses, emerjan y se organicen nuevos partidos políticos y para que, en definitiva, todo pueda empeorar o, por el contrario, todo mejore. La vida social y política de los pueblos está abierta y en constante ebullición. Y en dos años pueden suceder muchas cosas, para bien y para mal, en la calle, en las redes sociales, en los periódicos, en las televisiones y en internet, que es donde hoy sucede todo. Esto es así porque el tiempo aquí no es más que el instante, el momento, ese fragmento espacial —ese fugaz ahora, en igual medida huidizo y permanente— en el que siempre estamos virtual y realmente situados.

En los libros de historia de la Iglesia un pontificado de tan solo dos años no pasa de un par de líneas. No es nada, prácticamente nada. Y sin embargo, en el caso del papa Francisco, se ha producido un fenómeno curioso. Unos tienen la sensación de que, en estos dos años que nos separan de su elección como obispo de Roma, han sucedido muchas cosas y urgen al Papa para que haga otras muchas más que juzgan tan importantes como urgentes. Otros, no obstante, piensan que, en el fondo, pese a las superficiales apariencias, nada ha cambiado. Y lo que es más importante, juzgan que ¡nada debe cambiar! ¿Qué decir de tal estado de cosas?

Un símil, para los primeros, y una sencilla aclaración, para los segundos, nos ayudarán a enfocar mejor la cuestión. Primero el símil: el mecanismo de propulsión y gobierno de una pequeña embarcación fueraborda y el de un colosal transatlántico son, esencialmente, el mismo. Sin embargo, el tiempo de maniobra y la dificultad del manejo de una y otro no admiten comparación. El papa Francisco es el nuevo capitán del dos veces milenario transatlántico religioso que lleva una cruz por bandera. ¿Se le puede pedir al nuevo capitán que gobierne el inmenso buque con la celeridad con la que se maneja una lancha rápida? Cuanto más grande es la máquina que hay que mover, más peligro tienen las aceleraciones impetuosas.

Ahora la aclaración: los cambios en el puente de mando y en cubierta están llegando a la sala de máquinas. Es cierto que hay resistencias en la cadena de transmisión y que muchas de las órdenes que salen del puente se extravían por el camino, pero también lo es que la decisión del capitán ha sido enérgica e inequívoca: ¡la Iglesia debe soltar amarras y navegar en dirección a las tierras periféricas! Se equivocan, pues, quienes juzgan que el capitán, por llevar la misma indumentaria que los capitanes anteriores, tiene la misma hoja de ruta. La brújula, sin duda, no ha cambiado, pero en las cartas de navegación se ha trazado ahora un nuevo y singular sendero que ya estamos surcando.

Y también se equivocan quienes creen que el actual sucesor de Pedro navega agobiado por los resultados inmediatos de sus decisiones estratégicas. En la Evangelii Gaudium, nº 222, el papa Francisco habló sobre la primacía del tiempo sobre el espacio. Conviene releer el número íntegro tras estos dos años de pontificado. No se trata de anegar espacios, sino de iniciar procesos. No es cuestión de alcanzar rápida y repentinamente metas largo tiempo deseadas, sino de poner rumbo hacia ellas cuidando de que todo el cuerpo eclesial avance conjunta y armónicamente sin que acelerones inesperados puedan causar desgarros. Pero que nadie se engañe: el avance es claro y el movimiento real. Hay que caminar “sin ansiedad, pero con convicciones firmes y tenaces” (nº 222). El tiempo de la reforma eclesial —cuya medida es la fidelidad al Evangelio— no es el tiempo acelerado de los cambios políticos. No es imagen, ni sólo gesto. Es proceso de conversión y profunda renovación.

Cuando miramos atrás —dos años no son nada— aún vemos el puerto que acabamos de abandonar y de él aún nos alcanza cierto olor a agua estancada y pescado podrido. ¡Aún hay tanto que limpiar! Temporales vendrán todavía, pero junto con su furia incontrolable traerán también ese aire puro y limpio que renovará la viciada atmósfera eclesial. Iniciada ya la travesía rumbo a nuevas tierras, no tardaremos mucho, en alta mar, en tener ante nosotros únicamente el cielo y el mar.

[Foto: Paula Merelo]