Cuando ahondamos en la historia de una civilización antigua como la egipcia, podemos sorprendernos y encontrar el origen de más cosas de las que imaginaríamos. No en vano, Egipto se hace llamar por sus gentes “Om El Donya”: la madre del mundo. Sí, madre, femenino.

Para muestra, un botón:

Justo este lunes hemos celebrado en Egipto la festividad de Sham el-Nessim, una de las fiestas nacionales más importantes del país tanto por su antigüedad como por ser la única en la que las comunidades cristianas y musulmanas celebran. Una fiesta que abre el equinocio de primavera y coincide con la pascua cristiana copta hundiendo sus raíces en la antigua civilización faraónica en el 2.700 antes de Cristo hacia la sexta dinastía.

El nombre proviene del antiguo jeroglífico egipcio “shemu” que significaba “día de la creación del mundo” o “de la renovación de la vida” e inauguraba la temporada de la cosecha y la bienvenida a la primavera. Hoy en día “Sham el-Nessim” se traduce como “el olor de la brisa”.

Según Plutarco, el pueblo egipcio ofrecía a los dioses faraónicos pescado salado, cebolletas y lechuga. Y hoy en día, la tradición se conserva tal cual. Las familias egipcias salen por la mañana a las calles, las terrazas y los campos a respirar la brisa de la primavera, y en el menú de desayuno permanecen las cebolletas, los huevos y un peculiar pescado en salazón con receta de los faraones, el fesikh, cuyo proceso de conservación se ha ido transmitiendo de generación en generación.

Las cebollas verdes también tienen una especial significación en este evento. La primera vez que aparecen en el menú de esta festividad, se remontan al final de la sexta dinastía y ya aparece mencionado en un papiro de la vieja Memphis donde dice que uno de los faraones tuvo un hijo muy querido por el pueblo. El pequeño príncipe tuvo una desconocida y terrible enfermedad que le tuvo en cama por años. Durante ese tiempo, el pueblo, en señal de solidaridad, se abstuvo de celebrar la festividad.

Uno de los sacerdotes, diagnosticó que su enfermedad era debida a un espíritu maligno y ordenó poner unas cebolletas debajo de su cabeza para que oliera sus vapores y pronto se recuperó. Entonces empezaron las celebraciones y la gente colgó cebolletas en sus casas en su honor.

Otra de las tradiciones de Sham el Nessim es pintar y decorar huevos, lo cual también está asociado con la pascua en muchos lugares del mundo. Ya en el Antiguo Egipto existía esta costumbre de colorear huevos para colgarlos en el templo al inicio de la primavera  como símbolo de la vida renovada.

El huevo estaba considerado como símbolo del universo y como círculo representaba la vida circular. Desde entonces estaba conectado con la primavera y el renacimiento de la vida después del invierno.

Con la cristianización de la provincia romana de Egipto (Aegyptus), muchas de las fiestas faraónicas fueron “convertidas” a la nueva religión del imperio con un nuevo lenguaje pero sobre todo con un  significado ahora más hondo en el amor y en la relación personal con un Dios Padre e Hijo que por amor padece, muere y resucita. Que se entrega a la realidad humana y la vive hasta el extremo sin ningún plan B. Jesús no consideró un plan B en caso de que las cosas se pusieran feas, sino que se entregó a la vida sin medidas y vivió desde la dimensión de la gracia.

En esta Pascua de resurrección que celebramos, más allá de tradiciones de un lugar u otro, o de un tiempo u otro, el Espíritu parece seguir invitando a salir a respirar el olor de la brisa, ese aire nuevo de la tierra en primavera, a estar atentos y atentas a ese aire del Espíritu. Nos llama a renovar la vida, a nacer de nuevo, y es una llamada universal que hunde sus raíces más allá de toda tradición, porque el Espíritu no cabe en una tradición, ni en ningún Imperio. Misterio y tradición en diálogo. De pobres instrumentos se vale Dios, algunos de ellos pueden anunciarle, más nunca podrán opacarle.

Así nos anima la liturgia de estos días “Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene o a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”.

Salgamos a las terrazas, y a los campos a disfrutar de “el olor de la brisa”.