El ogro que habita nuestro interior

Cualquier tragedia es dolorosa y más cuando sus motivos, más allá de causas de la naturaleza, provienen de la intervención, deliberación y decisión de alguien. Junto al duelo de los familiares del trágico vuelo de Germanwings, está el trago amargo de tratar de entender qué llevó a Andreas Lubitz, el copiloto, para actuar de esa manera. La explicación de la profunda depresión que padecía este joven de 27 años no es suficiente. Es difícil entender que tanto la tristeza como el odio cieguen a la persona y lo lleven a sacar la peor versión de sí mismo, convirtiéndose no tanto  en víctima, sino en verdugo. 

Es parte de la condición humana lidiar con miedos, traumas, inseguridades, frustraciones, corajes y desdichas, trabajar en esto es tarea personal impostergable. Es responsabilidad de cada quien entrar en los fueros internos y enfrentarse con sus respectivos monstruitos. De no hacerlo, estos problemas rebotan o revientan en conductas autodestructivas y desquitándonos con los demás. Prueba de ello es el odio que vemos manifestado día a día en redes sociales a través de trolles, que se ha convertido en un modo –viral- de vida.

Hace poco vi una charla que da Monica Lewinsky en el portal de TED Talks, ahí comenta el error de juventud que la hizo tristemente famosa. Dando la cara, exponiéndose al público, hablando de cómo vivió su propio drama y cómo fue presa de lo que hoy se denomina como cyber-bullying, ese linchamiento mediático y masivo por internet; ahora cuestiona sobre si es válido humillar haciendo gala del anonimato y utilizando las facilidades de las nuevas tecnologías. Dicho sea de paso, en algún programa de noticias esperando saber más sobre el avión accidentado, los comentaristas hablaban de mensajes en twitter llenos de odio dirigidos a las víctimas de procedencia catalana y turca. Vivimos en una sociedad transtornada, al borde de un ataque de nervios, nervios y odios que se convierten en ataques verbales, ofensas que de las palabras pasan a los golpes, al dolo y a pegar donde más duele.

¿Y qué podemos hacer?

Quizá, de entrada, ser conscientes de que somos verdugos en potencia. Un ogro nos habita y si lo dejamos crecer estaría dispuesto a llevarnos a la perdición. Somos tigres que tenemos que estar limándonos las garras con la misma frecuencia con que vamos al peluquero. Somos dragones que tenemos que estar haciendo gárgaras con sustancias que eviten el comentario hiriente. Tenemos también que aprender a no regresar la patada. Entender que hay otros más heridos y  frustrados que nosotros mismos, y que no se dan cuenta, o no quieren darse cuenta de que sus espirales de violencia interna los llevan a su propia destrucción y, como Nerón, serían capaces de volver a incendiar Roma y todo lo que esté a su alrededor.

Por último, si bien cunden los deseos de salir corriendo ante tanta locura, quizá esta Semana Santa pueda ayudarnos recordar que, hace 2000 años, un hombre en Jerusalén nos mostró una alternativa a la violencia. Jesús pudo huir del fanatismo religioso y político que amenazaba con aniquilarlo. Pudo irse, pero decidió quedarse. Para salvar el pellejo, pudo moderar su discurso y hablar de esa divinidad lejana, indiferente, legalista y castigadora al modo fariseo. Se quedó y habló del Padre Bueno y Misericordioso que quiere que nos tratemos como hermanos, que practiquemos la compasión y compartamos el pan. Prefirió el camino de la cruz a empuñar un arma. Prefirió padecer el dolor antes que provocarlo. Y lo mataron. Pero no ganó el odio, ni la muerte tuvo la última palabra.

Quizá la Pascua nos rete y nos pase la estafeta para mostrar, con nuestra vida y testimonio, otros modos y otras vías más fraternas y humanas. Es tarea de cada uno decidir y asumir tanto el esquivar lo desquiciado, como trabajar por la versión más sana y equilibrada de uno mismo. Que en esto invirtamos la vida del día a día.

Mi solidaridad con los familiares del vuelo A320 de Germanwing.

twitter: @elmayo

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