Tenemos en nuestras manos el arma más poderosa para derribar el Muro de Trump: los abrazos. Frente a los muros habrá que fortalecer los abrazos. ¿Qué abrazos nos falta dar?

El problema del Muro de Trump no es que existan vallas y alambradas sino que se usen como arma de miedo y odio. Por eso el Muro de Trump se ha convertido ya antes de construirse en un símbolo de nuestra época.

Nuestra época asiste atónita a cómo conviven logros muy felizmente positivos (educación, ciencia, comunicación o paz) y otros extremadamente negativos. Vivimos en una Sociedad Volátil que extrema todas las tendencias. Es el modelo de Sociedad de Riesgo y del que sólo se puede salir por un cambio en el estilo y valores de vida.

El Muro de Trump es enorme. No sólo empareda a los mexicanos a lo largo de 5.000 kilómetros. Es más largo. Es un muro que se prolonga por el interior de Norteamérica y se quiere extender como una Hidra por el planeta. El Muro se levanta para encerrar a periodistas, intelectuales, artistas, inmigrantes, a los que no sean blancos WHASP, a disidentes, personas sin hogar, pobres en general, etc. El Muro de Trump no encierra sólo a México sino que quiere separar a Estados Unidos de la Verdad y la decencia.

Se entiende la indignación que enciende este Muro. Y es justo que se exprese la ira. Trump va a estar en nuestras bocas cada día en los próximos años. A fin de cuentas él sabe muy bien de qué va este nuevo negocio de la política populista: no se trata de gustar o no sino de que tengas encendida la televisión viéndole. Trump no busca tu bendición sino tu atención.

Quizás tenemos que dejar de darle tantas vueltas a Trump y fijar nuestra atención en el problema de verdad, que es el votante de Trump. Le hemos reprochado y recriminado, pero ¿le hemos entendido? No nos engañemos, los trumpistas están también en nuestros entornos aunque aquí no tengan un Trump al que votar (por ahora) y estén callados por vergüenza. Se está abriendo un socavón bajo el edificio de la democracia liberal.

La verdadera lucha contra la epidemia del Trumpismo pasa por la conversión de sus votantes a los valores y verdades de la democracia y la justicia. Y eso parece que no se va a conseguir apelando a esquemas anteriores que sienten lejanos e insignificantes. Necesitamos nuevos modos para enrolar a toda esa masa al proyecto de la democracia. Necesitamos un nuevo contrato social que ofrecerles y un nuevo modelo de comunidad política. Quizás la Sociedad de los Cuidados.

Mientras, el modo de resistir a los muros es dar abrazos, tender puentes, escavar túneles. ¿Cuáles son los abrazos que faltan? Si el trumpista común ha dado crédito a las políticas de odio es porque le falta una experiencia de contacto real con el rostro de los otros. Frente al Muro de Trump, los Puentes de Lévinas.

Dicho esto, es cierto que ya buena parte de la frontera está ya vallada. Que el muro sólo será eficaz si hay una continua vigilancia aduanera y que ahí está el gasto brutal e insostenible. Los presuntos costes de la inmigración ilegal son siempre mucho menores que cualquier escenario de gasto en bloquear toda la frontera. Además, el principal problema para el tráfico transfronterizo de personas no son los inmigrantes sino las mafias –los coyotes- y en su desarticulación es donde estaría el esfuerzo más eficaz. Pero Trump no va de razones sino de televisores.

Cada abrazo que hoy demos a alguien con quien estábamos separado por la desigualdad, la ideología, la religión, los territorios, la nacionalidad o los estilos de vida, hará un poco más bajo el Muro de Trump. Veamos a la Persona Sin Hogar que está sin techo en la calle. Él tiene en sus manos el arma más poderosa para derribar el Muro de Trump: un abrazo.