¿El mundo necesita un exorcismo?

Hace poco en México se realizó un magno exorcismo para suplicar a Dios que el mal y la violencia salgan del país. Parece que este exorcismo, el primero en el mundo de estas características, se llevó a cabo a puerta cerrada y en secreto. Ahí concurrieron mitrados y exorcistas, incluso alguno traído desde España. Este sería el primer exorcismo en el mundo enfocado a “expulsar al maligno” de toda una nación y no de una persona en lo particular.

Leyendo esta noticia, no dejaba de recordar a Jorge Manzano (q.e.p.d.), conocido jesuita y conferencista de temas como el “diablo”, “posesiones diabólicas” y “exorcismos”, en Guadalajara, México. Jorge ponía este ejemplo: “Se me descompone el aparato de televisión o se rompe la pata de una mesa. Por más exorcismos que les eche, agua bendita que rocíe, salmos que lea, o trisagios que rece, el televisor seguirá descompuesto, y rota la pata de la mesa. Para arreglar esto, ¡manos a la obra!, que sean mis manos las que intervengan, o sean las del carpintero o del técnico” (extracto del libro ‘el ámbito de lo preternatural’).

El enfermo sabe qué le duele. El médico debe de saber el porqué le duele. México está enfermo por la pobreza, la corrupción y la hiperviolencia desatada por el narcotráfico. El mundo también está roto, en muchas partes hay odio, dolor, miedo y muerte. Este es el mal que le duele al mundo, ahora tenemos el reto de detectar las causas y atinar cuál es el remedio para estas enfermedades.

El problema del mal es antiquísimo, presente en relatos bíblicos como en el libro de Job. El mal es un misterio que no deja de confrontarnos: ¿El mal es algo interno o externo al ser humano? ¿Es una fuerza autónoma y con capacidad de tomar decisiones? ¿O más que demonios externos es nuestra indiferencia, soberbia, codicia y egoísmo lo que nos destruye?

Hace pocas semanas el fenómeno viral del juego de “¿Charlie-Charlie estás ahí?” generó tal susto entre adolecentes que veían cómo ese lápiz en equilibrio sobre otro, en forma de cruz, se movía. Parece que todo formaba parte de una estrategia publicitaria para promocionar la película ‘La Horca’ (The Gallows), y que el lápiz se movía por el vaho y no por fuerza paranormal. En una ocasión me pidieron rociar de agua bendita una casa, decían que algún vecino había jugado a la güija (o ‘ouija’) abriendo una dimensión desconocida y por tal motivo el fantasma de un niño corría por las casas del barrio. En lo personal, no dejaba de preguntarme qué resultaría más espantoso si, en la oscuridad de la noche, encontrarme con una sombra y descubrir que es un fantasmilla travieso o percatarme que es un ladrón, un secuestrador o un sicario.

Sócrates, horas antes de beber cicuta, decía que no le tenía miedo a la muerte, si acaso su temor radicaba en cometer el mal, es decir, en convertirse en malvado produciendo una injusticia. En esta línea, algo que debería atemorizarnos, aparte de un ladrón, es convertirnos en ladrones. Si Thomas Hobbes dice que el hombre es el lobo del hombre, el temor no serían los otros, sino que yo me convierta en lobo y depredador de los demás.

Si hablamos de exorcismos, quizá sea bueno hacer un ejercicio de examen de conciencia diario, en donde analice y detecte esos impulsos que me llevan a autodestruirme, a odiar o a dañar, para atajarlos y detenerlos. Existe en el ser humano un reducto donde cada quien decide si se convierte en maldición para los demás o si opta por el amor, la solidaridad y el perdón. No todos los males del mundo podré exorcizar, pero sí esos demonios internos que son mi responsabilidad interceptar y aminorar.

Por cierto, vaya un saludo y agradecimiento al Papa Francisco por la encíclica LAUDATO SI. Aquí encontraremos un buen diagnóstico y propuestas para sanar a nuestro planeta.

@elmayo

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