El mercado de los garabullos

En un mercado libre… Pedro y Juan abren una tienda de garabullos en su pueblo. Pedro es experto en garabullos, tiene experiencia en el sector y sabe qué hace falta para que el negocio funcione. A Juan le han dicho que el mercado de garabullos tiene futuro, así que decide meterse en él con alguna ayuda económica de su familia.

Pedro es un vendedor vocacional: adapta su horario a las necesidades de sus clientes, y les atiende con amabilidad y dedicación. Sabe recomendar a cada uno el tipo de garabullo que necesita, mantiene un stock adecuado de cada variedad y realiza sus pedidos al fabricante a tiempo, para asegurarse un suministro adecuado. Los clientes de Pedro están satisfechos y el fabricante de garabullos le considera un distribuidor preferente.

Para Juan, todos los garabullos son iguales: no comprende las preguntas de los clientes, ni sus quejas. Fija un horario cómodo para él y se toma días de descanso cuando lo considera oportuno (a fin de cuentas, todo el mundo tiene derecho a descansar). Hace los pedidos al fabricante cuando se queda sin mercancía, y a menudo confunde las referencias: su almacén está lleno de variedades que no se venden, mientras que siempre hay carestía de los tipos más solicitados.

Poco a poco, los clientes dejan de acudir a la tienda de Juan, y el fabricante deja de atender sus pedidos. Finalmente, Juan se ve forzado a cerrar su tienda, “víctima de los inhumanos mercados”. Conclusión: en el pueblo hay una tienda de garabullos. Los clientes están contentos, el fabricante está contento y Pedro es feliz. Juan tiene que dedicarse a otra cosa.

En un mercado intervenido… La Administración decide que en cada pueblo no puede haber más que una tienda de garabullos: de lo contrario, habría una competencia cruel e inhumana, y los comerciantes se verían abocados a unas condiciones de vida inaceptables. Por supuesto, nadie mejor que la Administración para decidir quién puede abrir una tienda de garabullos, de modo que por ley se establece que los Ayuntamientos concederán las licencias de apertura de este tipo de negocio. Pedro y Juan solicitan licencia en su ayuntamiento para abrir una tienda de garabulllos.

Pedro es experto en garabullos, tiene experiencia en el sector y sabe qué hace falta para que el negocio funcione. Juan es primo de un concejal en ese ayuntamiento. Los trámites burocráticos son complejos, y los requerimientos muy exigentes. Finalmente (¡qué casualidad!) es Juan quien obtiene la licencia. No necesita ayuda económica de su familia, porque el propio ayuntamiento le concede una subvención: hay que ayudar a los jóvenes emprendedores. Juan fija un horario cómodo para él, y lo va reduciendo con el tiempo, porque a fin de cuentas, sus clientes siguen acudiendo. El negocio permanece “cerrado por motivos personales” con cierta frecuencia. Como Juan no entiende la diferencia entre los distintos tipos de garabullos, en su tienda siempre hay exceso de algunos y carencia de otros. Los clientes protestan, pero se llevan lo que haya. Los pedidos de Juan son muy irregulares, y el fabricante no es capaz de planificar correctamente la producción: los garabullos se encarecen, y las carencias de determinadas variedades se hacen endémicas. Algunos clientes empiezan a buscar alternativas a los garabullos. Otros, viajan a pueblos cercanos para comprar las variedades que quieren (una práctica que, para Juan, debería estar prohibida: ¡así no hay manera de que un comerciante se gane la vida honradamente!). Conclusión: en el pueblo hay una tienda de garabullos. El suministro de garabullos es muy deficiente. Los clientes están insatisfechos, el fabricante empieza a tener serios problemas. Juan no es feliz: a fin de cuentas, el negocio de los garabullos no le gusta en absoluto.

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