Un lugar común para iniciar conversación con alguien a quien apenas se conoce, bien puede ser el fútbol (aparte del clima, claro). Ya habiendo confianza, y en ocasiones cañas de por medio, uno se atreve a preguntar y emitir opiniones sobre política o religión. Es un arte no llegar a los botellazos ante cuestionamientos y discusiones. Gran reto y tarea pendiente tenemos al respecto.

Como sociedad nos hace falta dialogar y escuchar. No es cosa fácil, dice Silvio Rodríguez en su Canción del Elegido que “lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”. Si abrimos el periódico nos encontramos con noticias espantosas: 230 niñas secuestradas en Nigeria, 43 estudiantes son desaparecidos (muy probablemente asesinados brutalmente) por el narcotráfico y la corrupción en México, afrodescendiente muerto en trifulca con la policía en EUA y agentes asesinados en su patrulla por un suicida en Brooklyn como revancha, pleito entre fanáticos del Atlético de Madrid y el Deportivo de la Coruña dejando como saldo víctima mortal. Si nuestros antepasados cavernícolas se sentaban alrededor del fuego para charlar y arreglar el mundo, también en la actualidad es necesario expresar puntos de vista y, especialmente, analizar esos condimentos explosivos que hacen del mundo un lugar violento e invivible. Hay que buscar alternativas y desactivar aquello que lleva a que el hombre se convierta en el lobo del hombre, diría Hobbes.

En lo personal no quiero vivir viendo en el otro a un enemigo en potencia, al contrario. Decían los griegos que la palabra es lo que nos hace diferentes de los animales. El diálogo, el escuchar y el exponer argumentos, puede ayudarnos a tocar lo intocable con cordialidad y respeto. Cuenta Leonardo Boff que, en el receso de un coloquio, abordó al Dalai Lama con esta pregunta: “¿Cuál es la mejor religión?“. La respuesta que encontró fue: “La mejor religión es la que te hace mejor”. Pidiendo más claridad y elementos sobre cómo saber si se va en el camino de ser mejor persona, el Dalai señaló: “Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético… La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión“. Esta pauta me ilumina para no enfrascarme en monólogos iracundos. También, suponiendo que en la conversación iniciada con aquel desconocido, llegando al momento del in vino veritas, pueda animarme a preguntar: “¿Cómo te ayuda (o te reta) tu religión (o cultura) a ser un buen ser humano?”. Esta respuesta quiero escucharla con reverencia y atención pues deseo aprender de ella.

Ir por la vía del diálogo será un proceso lento. Derribar las torres gemelas llevó poco tiempo, igual quemar herejes. En Barcelona la construcción de la Sagrada Familia ha llevado años, ha sido labor de generaciones, y sigue edificándose. Intuyo que dialogar entre fronteras será algo similar. Quizá Gaudí, como en la canción del Elegido, recomendaría que realizar lo hermoso requiere mucho tiempo y trabajo. Lo que vale la pena, nos lleva toda la vida, incluso más. Esto aplica para levantar una catedral o bien, para erigir una cultura de diálogo y respeto en la diversidad.

Después del atentado en París, creo que es importante no caer en fobias. Ya será motivo de otros paréntesis hablar del fanatismo, censura, prudencia, multiculturalidad, etc. Por ahora me quedo con que a la persona hay que respetarla, como bien dice Fernando Savater en un texto reciente en El País. Toda idea es motivo de discusión, opinión, a veces de broma, ya sea en sobremesas, o en revistas irrelevantes o irreverentes. Por más que algún comentario nos remueva la víscera, creo que hay que apostar por el diálogo, la palabra y los argumentos como respuesta.

@elmayo