Por Olga Belmonte García

El pasado 24 de noviembre, Médicos sin fronteras (MSF) celebró en La Casa Encendida (Madrid) una mesa redonda sobre “El impacto no intencionado de la acción humanitaria” en las zonas en conflicto. En ella participaron Axel de Waal (Director ejecutivo de World Peace Foundation), Itziar Ruiz-Giménez (Profesora de Relaciones internacionales – Universidad Autónoma de Madrid), José Antonio Bastos (Doctor y Presidente de MSF España) y Alejandro Pozo (Investigador sobre conflictos armados y acción humanitaria de MSF). A continuación recogemos algunas de las cuestiones que allí se plantearon:

La acción humanitaria es una acción solidaria que se da como respuesta tras la indignación y la compasión que provoca contemplar el sufrimiento humano. La respuesta puede ser estatal o no gubernamental. En el caso de MSF, esta acción es médica y por parte de una ONG, es decir, una iniciativa de la sociedad civil, que decide movilizarse para transformar la realidad sin depender de instituciones públicas y con el deseo de construir una sociedad más justa.

La acción humanitaria es, por definición, una acción bien intencionada, pero la acción debe situarse en un contexto concreto, en el que no bastan las buenas intenciones: es necesario ser un buen profesional, tener recursos, conocer la realidad de aquellos a quienes se quiere ayudar… En las zonas en conflicto hay siempre intereses cruzados. En el terreno bélico no hay inocencia: siempre se utiliza al inocente como arma arrojadiza y los que llevan a cabo acciones humanitarias no son inocentes, aunque traten de mantenerse imparciales.

En los años 90, los actores que llevaban a cabo acciones humanitarias se quitaron el “velo de la inocencia”: comprendieron que nunca se es inocente, que estar en terreno prestando ayuda implica participar del conflicto, tomar parte, aunque sea a través del impacto no intencionado, no deseado, de la propia acción. Entre los efectos indeseados de la acción humanitaria y los dilemas que estos plantean, I. Ruiz-Giménez y J. A. Bastos enumeraron los siguientes:

– La acción humanitaria en zonas en conflicto supone que haya más gente que sobrevive, lo que prolonga el conflicto. ¿Perpetúa el conflicto el hecho de salvar vidas en la zona?

– Hay Estados que ofrecen ayuda a las organizaciones a cambio de información sensible que éstas obtienen por encontrarse en terreno. ¿Qué información puede o debe darse?

– Para realizar las tareas humanitarias hay que contratar servicios (alquilar locales, coches…). Esto favorece económicamente a quienes ya tienen poder en la zona, incluso a una de las partes implicadas en el conflicto. ¿Cómo evitar que la presencia en la zona resulte rentable para quienes provocan o no evitan la situación?

– Las instituciones públicas pueden favorecer a los aliados a través de la acción humanitaria, entorpeciendo una tarea que debería llegar a todos. ¿Deben las organizaciones denunciar estas prácticas? ¿Cuándo es adecuado dar testimonio de la politización de la ayuda humanitaria?

– En ocasiones se transmite la imagen de que occidente salva al resto de países de la barbarie que cometen los “salvajes” de la zona. Esta visión legitima acciones bélicas occidentales y también da argumentos al terrorista, pues refuerza la lógica civilizatoria que viven como una incursión y una amenaza. Esta dinámica invisibiliza aspectos no militares del conflicto, como son los económicos (el lucro con la venta de armas) o políticos (los intereses en términos de política internacional). ¿Cómo evitar la imagen de “salvadores” y el olvido de las cuestiones políticas que están en juego?

– Hay un impacto no deseado en las relaciones de género: se perpetúa la discriminación de la mujer, pues el interlocutor en la zona suele ser un hombre. ¿Cómo preservar los derechos de la mujer, cómo atender a sus necesidades y evitar que la sociedad las rechace o cuestione la labor humanitaria?

– El personal que acude a la zona para realizar las labores humanitarias suele recibir mayor protección y atenciones especiales, porque se exponen al riesgo de secuestro. ¿Cómo evitar que este trato especial abra una brecha entre el reconocimiento de los derechos de los trabajadores de la zona y los de quienes acuden desde otros países?

– Se atiende a la población más desfavorecida, algo que puede generar conflictos con el gobierno local. Además, se ofrecen servicios que debería proveer el gobierno. Éste puede sentirse deslegitimado, pero también puede aprovecharse y eludir la responsabilidad de ofrecer tales servicios. Respecto de los gobiernos, los hay que impiden la entrada de la ayuda, pero hay que distinguir a quienes lo hacen porque tienen otros intereses (Sudán), de quienes lo hacen porque tienen otras formas de dar respuesta a sus necesidades (Etiopía). ¿Hasta qué punto y hasta cuándo hay que cubrir las necesidades que el gobierno no atiende?

A pesar de estas dificultades, que hay que reconocer, visibilizar y denunciar, el personal humanitario puede resistir a las lógicas políticas y económicas a través de acciones cívicas. Hay que fomentar las relaciones de poder locales y aprovecharlas para intervenir de un modo más acorde a las necesidades reales de las zonas en conflicto. Axel de Waal señaló que la acción humanitaria ha pasado por varias fases. En la actualidad, la actitud es más humilde, las organizaciones son conscientes de que en terreno no deben implicarse políticamente, aunque no renuncian a la incidencia política en los países de los que proceden.

Este análisis del impacto no intencionado de la acción humanitaria podría tener a su vez un impacto no intencionado: considerar que, dada la dificultad de la acción, es mejor no llevarla a cabo. Pero discutir lo que no sale bien, reconocer las propias limitaciones, hacer autocrítica, tiene un impacto mucho mejor que no hacerlo. La crítica contribuye a que las organizaciones mejoren el modo de actuar. Cada diagnóstico de un problema permite abrir una agenda nueva que abordar. ¿Qué retos se plantean ahora?

Hoy el humanitarismo denuncia el terrorismo, pero también teme las acciones de los Estados: la guerra contra el terror genera sufrimiento e injusticia en lugares a los que las ONG tienen difícil acceso. EEUU considera un crimen atender a poblaciones que viven bajo el control de grupos terroristas. ¿Quién socorre a las víctimas de esta lucha, cuando sus poblaciones carecen de infraestructuras? Hay que buscar nuevas fórmulas que permitan preservar la ayuda humanitaria en estos escenarios de terror y lucha contra el terror. La solución no es fácil, pero no podemos mirar a otro lado cuando sigue habiendo muertes que, en un mundo menos deshumanizado, serían evitables.