Por Emilio Sáenz-Francés. Profesor de Historia y Relaciones Internacionales (Universidad Pontificia Comillas)

Quizás en un primer análisis, se nos escapa que el apellido del protagonista de “El Hijo de Saúl” significa, precisamente, alien. Saúl es un extranjero de sí mismo y de lo que le rodea. No sabemos nada de su pasado, ni de sus sueños o esperanzas previos a la catástrofe que describe la película. No sabemos si era una buena persona o si su vida huyó de los caminos de la justicia. La película de László Nemes, en efecto, amplifica el drama ético del holocausto al acercarnos a él con frialdad quirúrgica, a través de un personaje con el que es difícil empatizar, según avanza el metraje. Nos niega los caminos, las escapadas morales a través de la empatía a las que recurrió Spielberg. No nos queda más que ser testigos de un horror sin límites. Uno que no nos podemos permitir olvidar.

Movido por una febril convicción –de la que dudamos con una fuerza creciente según avanza la película– el protagonista parecerá dispuesto a sacrificarlo todo, incluso a sí mismo, por el enterramiento sacralizado del hijo. Una paternidad que se diluye con el paso del tiempo y que siembra sombras con respecto a un personaje que –como afirma el rabino del campo– está dispuesto a anteponer a los muertos a los vivos. Saúl es una víctima extrema de un desgarro compatible con la total aniquilación de la psique humana. “El Hijo de Saúl” es, en definitiva, una película de personajes alienados por las circunstancias. La diferencia es que, quizás sin saberlo, Saúl ya ha perdido la batalla y sólo libra una lucha pírrica por mantenerse en pie, a través de los engaños de la mente.

“El Hijo de Saúl” aborda el holocausto desde la perspectiva del drama particular de los Sonderkomanndo. Aquellos en los campos de concentración convertidos en forzosos esbirros de las fábricas de destrucción. Una tragedia dentro de la tragedia. Antes de ser arrastrados a las cámaras de gas, les correspondió la tarea demoníaca de empujar a ellas a miles de sus compañeros de martirio. La película nos sitúa en Polonia, en el tramo final de la guerra, que anuncia una engañosa liberación a los míseros habitantes del campo. Apenas lo podemos intuir por un tempo que se desarrolla en susurros, y en el que el ambiente opresor del campo y de su negra empresa domina y se impone a los personas y a sus circunstancias.

El tópico sería afirmar que es una película conmovedora. No lo es, en el sentido convencional de la palabra. Es un largometraje efectivo, sobre un tema que siempre es y será necesario retomar. No hay lugar a lecciones morales, sólo el gélido páramo de los límites que puede alcanzar la perversión humana, y el nihilismo que esta puede desencadenar. El resultado: la perspectiva de “El Hijo de Saúl” es novedosa y pertinente. Y no podemos olvidar que responde a la acción de una cinematografía, la húngara, que refleja la vida de un país joven en democracia que aún tiene que ajustar cuentas con su historia y los conflictos de su pasado.

Están los que se pregunten si era necesaria otra película sobre el Holocausto, o si “El Hijo de Saúl”, supera a sus antecesoras fundamentalmente “solo” por el carácter desgarrador y explícito de algunas escenas. Es un debate legítimo. Mi perspectiva es que cualquier rememoración de los horrores del siglo XX -donde el holocausto judío ocupa un lugar señero pero que no es único- resultará siempre necesaria. Siempre que se acompase una configuración medida del mensaje y de las imágenes; que estas no busquen sólo un pasajero gesto de desagrado sino una reflexión profunda. “El Hijo de Saúl” embebe la mente del espectador de preguntas, de esas que no se olvidan. Y ese es el mejor antídoto contra el olvido.

Fotograma de la película “El hijo de Saúl” (director de fotografía: Mátyás Erdély)