Por Araceli Recio.

Andamos en este mes de mayo con las primeras comuniones, que es lo suyo. Me introduzco en este mundo de la mano de mi hijo mayor, que este año ha comenzado la preparación (le queda todavía un curso más). Mi hijo cantará en el coro que acompañe a sus compañeros de 4º de Primaria, que hacen la primera comunión los próximos fines de semana, lo que será un placer. Me llega un email de dos madres que se encargan voluntariamente desde hace años de ayudar con la logística. Piden “voluntariAs”para echar una mano en la preparación y desarrollo de las ceremonias. El único grado es haber puesto túnicas en años anteriores, lo que lleva a un cierto “expertise” en la tarea. Me hace gracia esa “A” de voluntarias, y voy a comentarles con mucho cariño que igual están desalentando a algún padre que esté animado este año a adentrarse en el mundo de las túnicas. Espero que no me digan que es que nosotras lo hacemos “mejor”, porque total “lo hemos hecho siempre”, “ya sabes, es tradición…” Porque confieso mi optimismo incorregible en el potencial infinito de los varones.

He visto a mi marido progresar más que satisfactoriamente en un montón de tareas “tradicionalmente” femeninas. Ha cambiado pañales, hecho coletas y trenzas, y hasta calzado leotardos. Con mucho arte. Al principio, cierta prevención. Parecía que yo tenía “capacidad natural”, porque me lanzaba a ello como una loca. Pero él se animó al ver que aquello no era inalcanzable y que me haría descansar y estar de mejor humor si nos turnábamos. Hay que decir que lo hace a su manera, un estilo “muy masculino”. Pero es que no se puede decir que mi estilo “femenino” sea el bueno, y el suyo, malo. Es que quizás el femenino ha sido el que hemos visto siempre, y nos choca que se pueda hacer de otra manera. Sin embargo, el hecho es que los pañales no tienen fugas, las coletas aguantan el trajín de la escuela, y los leotardos están en su sitio. Misión cumplida. Y más: he aprendido de él nuevas combinaciones de colores y mejoras en la técnica.

Como ando sensible con el tema, no puedo dejar de pensar que en la Iglesia es igual y que todo se andará. Espero que algún día, además de poner túnicas, colocar a los niños en la fila, ser catequistas y demás, a las mujeres se nos permita desplegar todo nuestro potencial: no sólo nuestra capacidad de cuidar, sino otras también. En estos días de primeras comuniones voy a echar mucho de menos ver a mujeres en el altar.

Parece que nada va a cambiar nunca en serio. Pero estas cuestiones siempre me recuerdan al evangelio de la sirofenicia (Mc 7, 24-30). Jesús debate con una mujer sirofenicia que, postrada en tierra, le suplica que cure a su hija. Jesús no parece muy dispuesto (se le ve hasta un poco “estirado” e “inamovible”) ya que él se ve dirigido al pueblo judío. Pero la inteligencia en la argumentación y la pasión de la mujer provocan un giro inesperado en la situación: una ampliación de la perspectiva y nuevas posibilidades. Jesús, el Maestro, cura a su hija, “por eso que has dicho” (Mc 7, 29).