El delito de la lluvia

Desde niña celebro el inicio del año en septiembre, quizá por eso siento el de principio de enero como una ficción a veces, como otra verdad otras. Pero siempre como un indicio de nuestra necesidad de ficciones y de marcar el tiempo. Los comienzos varían, pero todos ellos aportan una oportunidad para la reflexión. En estos días me han preguntado sobre los libros del año y, uno debe responder con los publicados en el año, olvidando aquellos descubrimientos íntimos y personales. Por eso aquí prefiero señalar el libro que he descubierto este año, pero que fue publicado en el 2014: El delito de la lluvia de Paloma González Rubio, en la Editorial La Discreta.

Es un libro que se lee como respirando la bruma que uno imagina en la tierra el primer día. Su narrador es una nube baja que permite intuir las siluetas de alrededor, envolviendo al lector hasta hacerle perder el horizonte para conectarle directamente con la tierra.

La narración comienza con dos personajes en un lugar apartado. Una escritora de novela policíaca y su marido policía (protagonista de las obras de su mujer). Tras años de éxito literario la escritora deja que sea su marido quien se encargue de las promociones. El retratado encuentra en su imagen un lugar más confortable que el yo, desea ser su imagen. Desde allí se relaciona con su mujer y su entorno. Cuando va a la ciudad para hablar de las novelas conducido por una mujer que admira la obra -confundiéndole de algún modo con el personaje- el viaje en coche, de repente, se convierte en el último viaje.

De la tierra emana un fuego destructor.

Es la tierra quien habla.

Y nada de la superficie tendrá posibilidades de sobrevivir.

De repente, al mismo tiempo que los personajes, el lector descubre de dónde viene ese fuego. La niebla de la voz del narrador nos saca de la ensoñación rompiendo la concentración en los personajes para enfrentarnos a la catástrofe. La tierra se convierte entonces en protagonista de la trama que por la organización de los tiempos, la ruptura narrativa, la teatralización de la acción, recuerda a la depuración barroca de Lars von Trier. Mientras Melancolía trata de la llegada de un asteroide que va a destruir la tierra y de su efecto en una familia que debe enfrentarse al desastre, en la obra de la escritora Paloma González Rubio, sobreviene de repente. No es algo de afuera, imprevisible, sino que la rebelión está dentro. Así El delito de la lluvia trata del camino hacia la trasgresión, del límite entre lo ético y lo que está afuera del juicio. Uno de los protagonistas, el policía, se plantea que dado que se enfrenta al final de todos, ¿por qué no cometer un delito? Si no habrá juicio -no habrá quien le pueda juzgar-, ¿es delito el delito? Frente a esa cuestión esencial, aparece cómo quienes viven pegados al lado correcto de la ética pueden quebrarse, el delinquir como opción. Aquí no se trata del acontecimiento que sobreviene como una pasión inmediata, sino de la libre elección del mal, pero: ¿qué es exactamente ese mal si no hay juicio final?

Además, hay algo que va más allá de los personajes y es con lo que quiero terminar, en este principio de año, que yo empecé en septiembre, pensar es nuestro delito con la Tierra. Tras un pacto internacional que en realidad no consigue nada sobre las emisiones y demás atentados contra la tierra, este libro que no es una tesis sobre la necesidad del reciclaje y otras cuestiones relacionadas, pareciera que deja espacio para escuchar el crujir de los árboles, la voz ronca de las capas terrestres para ponernos delante un dolor del que no nos hacemos cargo. Escrito con gran talento, mi descubrimiento de este año habla de las ficciones, de los tiempos y las imágenes, como si fuéramos incapaces de atender a nuestra verdad, verdad convertida aquí en una lluvia de fuego que llega desde el núcleo de la tierra.

Compartir

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here