Por Jorge Gallego. Cristianismo y ecología

Vivimos en una sociedad tecnificada. La tecnología está presente en muchos ámbitos de nuestra vida y nos facilita la realización de diversas tareas. Nos ayuda a ser más eficaces. La capacidad de producción mundial supera con creces las necesidades del conjunto de la población. La existencia de personas que no tienen cubiertas sus necesidades básicas se debe a la desigual distribución de la riqueza, no a la limitación de ésta.

Estamos rodeados de mensajes cuya finalidad es que absorbamos los excedentes de lo que producimos. Consumimos ya no para satisfacer necesidades, sino para alcanzar el reconocimiento de nuestros congéneres.

En este ambiente, el cuidado ha perdido su valor, pasa desapercibido. No se contabiliza en el producto interior bruto. Cuidamos a nuestros hijos, cuidamos a nuestros mayores, cuidamos a nuestros enfermos. Pero nos quita tiempo para poder trabajar y obtener unos ingresos que garanticen nuestro nivel de vida. O nos resulta un impedimento para poder optar a un puesto de trabajo, al tener “cargas familiares”. La simple expresión ya dice mucho.

Un proverbio africano nos recuerda que: “Vosotros los europeos tenéis los relojes pero nosotros tenemos el tiempo”. Es la carencia de nuestros estilos de vida. Es cierto que el acelerado ritmo de vida nos lleva a centrarnos en aquello que es productivo, en la actividad. Apenas nos queda tiempo libre (otra expresión también bastante significativa) para la contemplación, para la inacción, para las pequeñas cosas.

Sin este vacío, sin esta parada, nuestra mente ajetreada no dejará hueco para vivir la experiencia de encontrarnos con lo que nos rodea, de saborear el regalo de la naturaleza que, aunque relegada de nuestras ciudades, se abre camino entre el hormigón y el asfalto. Cuando descubrimos su belleza, nos nace una actitud de agradecimiento, por un lado, y de cuidado, por otro. La fragilidad de la vida hay que cuidarla. Ya no se trata de la vida de los nuestros. Se trata de la vida con mayúsculas que fluye a pesar de nuestro estilo de vida depredador con el medioambiente e insolidario con las personas que no consideramos de las nuestras.

Dedicarse a cuidar requiere un ritmo distinto, requiere paciencia, requiere descentrarse de uno mismo y poner en el punto de mira lo que está fuera de nosotros y de nuestras preocupaciones.

Yo cultivo un pequeño huerto urbano comunitario. Nos juntamos unos pocos vecinos en un solar rescatado del abandono. Cada uno viene con sus sueños y sus preocupaciones. Hay quien quiere comer sano. Hay quien quiere ocupar su tiempo de ocio. Hay quien quiere educar a los más pequeños. Hay quien quiere aprender agricultura ecológica. Hay quien quiere transformar la sociedad. Hay quien quiere convivir. Seguro que cada uno de nosotros quiere un poquito de cada cosa.

Lo cierto es que todo el que entra se fija en aquello a lo que estuvo dedicando tiempo en la anterior ocasión. Me encanta observar cómo se transforma su cara y muestra la emoción contenida de descubrir que la naturaleza ha seguido su curso durante su ausencia. Como la rosa del Principito, aquella hortaliza es única en el mundo. La ilusión que genera, hace que el tiempo compartido entre labores y conversaciones nos cambie el ánimo y volvamos a nuestros quehaceres con una energía vital renovada. Es el contacto con la naturaleza lo que nos cuida a nosotros por más que intentemos ser nosotros los cuidadores.

Intención del Apostolado de la Oración para el mes de febrero: “Que cuidemos de la creación, recibida como un don que hay que cultivar y proteger para las generaciones futuras”.

Imagen tomada de https://salvemosanimalesenextincion.wordpress.com/galeria/oso-panda-bebe-3/