Por Dorothy Day. Publicado en septiembre de 1945

Mister Truman estaba jubiloso. El Presidente Truman. True-man, “hombre verdadero”; qué nombre tan extraño, ahora que caigo en la cuenta. Nos referimos a Jesucristo como verdadero Dios y verdadero Hombre. Truman es un verdadero hombre de su tiempo, y por eso estaba jubiloso. Él no es hijo de Dios, hermano de Cristo, hermano de los japoneses, tan jubiloso como estaba. Según dijeron los periódicos, iba de mesa en mesa en el crucero que le traía a casa después de la conferencia de los ‘Tres grandes’. Iba jubiloso. Jubilate Deo. Hemos matado a 318.000 japoneses.

O sea, esperamos haberlos matado, dice Associated Press en el titular de la primera página del Herald Tribune. El efecto de muerte se espera, aún no se conoce. Se espera que nuestros hermanos japoneses se hayan evaporado, dispersos, hombres, mujeres y niños, a los cuatro vientos, por los siete mares. Tal vez respiraremos su polvo en nuestras fosas nasales, tal vez los sintamos en la niebla de Nueva York sobre nuestras caras, o los sintamos en la lluvia sobre las colinas de Eton.

Jubilate Deo. El presidente Truman estaba jubiloso. Hemos creado. Hemos creado la destrucción. Hemos creado un nuevo elemento, llamado Plutón. La naturaleza no tenía nada que ver con eso.

“Una cueva debajo de Columbia fue la cuna de la bomba”, nacida no para que los hombres pudieran vivir, sino para que los hombres puedan ser asesinados. Fue creada en una cueva, y luego se probó en un lugar desierto, en medio de la tempestad y los rayos, y luego probada otra vez en la víspera de la Fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo, en una isla lejana del hemisferio oriental; así se intentó de nuevo, esta “nueva arma que posiblemente podría acabar con la humanidad, y tal vez todo el planeta”.

“Lanzada sobre una ciudad, una bomba sería equivalente a un terremoto y podría destruir todo el lugar. Un equipo de inteligencia científico ha resuelto el problema de cómo confinar y liberar una energía casi ilimitada. Aún es imposible medir sus efectos”.

“Hemos gastado dos mil millones de dólares en la mayor apuesta científica de la historia y hemos ganado,” dijo el presidente Truman, jubiloso.

Los periódicos enumeran los nombres de los científicos (los asesinos) a los que da crédito por haber perfeccionado esta nueva arma. Científicos, oficiales del ejército, grandes universidades y magnates de la industria… todos reciben reconocimiento en la prensa por su trabajo de preparación de la bomba. Y otras bombas, asegura el Presidente, están actualmente en fase de  producción.

Todo el mundo dice: “Me pregunto qué piensa el Papa de la bomba”. ¡Cómo es que todo el mundo se vuelve al Vaticano para buscar un juicio, cuando parece que no quieren escuchar su voz! Pero Nuestro Señor Jesús ya ha pronunciado su juicio sobre la bomba atómica. Cuando Santiago y Juan querían hacer descender fuego del cielo a sus enemigos, Jesús les dijo: “No sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del Hombre no ha venido para destruir almas, sino para salvarlas” (Lc 9, 55-56). Y dijo también: “Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).