El Café Comercial y los terceros lugares

 Han pasado ya dos semanas. O sea, 128 años y dos semanas. El Café Comercial, lugar de encuentros en la Glorieta de Bilbao, era la cafetería más antigua de Madrid, en funcionamiento al menos desde 1887. Anunció su cierre con este mensaje:

“Después de tantos años de actividad del Café Comercial nos dirigimos a vosotros para comunicaros el cierre con fecha del día 27 de julio de 2015. Es una lástima tener que escribir un mensaje como éste, pero ha llegado el día del cierre y, por ello, queremos agradecer de todo corazón la confianza que nos habéis brindado durante estos muchos años llenos de maravillosas experiencias. Esperamos que os quede un buen recuerdo del Café Comercial y quisiéramos agradecer de corazón vuestra confianza durante todo este tiempo que habéis compartido con nosotros”.

Tertulias literarias, un club de ajedrez, la iniciativa solidaria del ‘café pendiente’ y otras mil curiosidades hacían del establecimiento un lugar entrañable. La reacción de la gente ha sido espontánea y emotiva; mensajes en las redes sociales y papelitos en su amplia cristalera, ahora tapada con gris papel continuo. Claro, que hubo también reacciones más realistas o escépticas. Una de las más ácidas y agudas la vemos en el tuit de @SenoritaPuri: “Gente tuiteando desde el Starbucks cuánta pena les da el cierre del Café Comercial”. Y algo de razón tiene.

Debo reconocer que yo soy de los que más bien quedaba en la puerta del Comercial, pero con frecuencia para ir a otro lado. Puesto a entrar en cafés, siempre me gustó más la combinación del Café Lion con el parque del Retiro; o sea, que ya me he quedado huérfano una vez, pues ese local es ahora un pub irlandés. Más señorial es el café Gijón, para mí asociado con el museo del Prado y el paseo por Recoletos. Pero bueno, no son nostalgias lo que quiero compartir ahora, sino alguna reflexión.

Aunque la primera lectura, relativamente fácil, es la de criticar este hecho como fruto de la expansión mercantilista, lo cierto es que en este caso estamos simplemente ante la libre decisión de no continuar el negocio familiar. Otra cosa es que resulte un espacio muy goloso para las grandes cadenas multinacionales. Que sea un símbolo más de la gentrifricación y la comercialización. Y que resulte paradójico que el nombre del local fuese, precisamente, “comercial”.

Claro que es razonable esperar protección pública para un local que expresa muy bien lo que el sociólogo Ray Oldenburg llamó los “terceros lugares”, distintos de la casa y el lugar de trabajo. Son espacios de encuentro, neutrales, humanizadores, igualitarios, accesibles, conversacionales, agradables, constructivos, informales… algo así como “un hogar fuera de casa”. ¡Qué necesarios para una vida urbana humanizadora, para tejer tejido solidario, para facilitar encuentros, suscitar iniciativas…!

El poeta Luis García Montero ha escrito una preciosa y sensata Elegía por un café, en la que recuerda que “es buena la costumbre de encontrar lugares que nos ayuden a identificar la calle como parte de nuestra casa. Me parece el mejor ejemplo del bien común y la vida amable. El bar de la esquina, las tiendas del barrio, el rincón de la plaza y el café de la glorieta son la versión sincera, no burocrática, del carné de identidad. Otorgan una sensación humana de ser y estar, regalan un modesto derecho a la pertenencia mucho más fiable que el ofrecido por las banderas y los patriotismos”. Y, desde ahí, reivindica que debemos “ser audaces para inventar, renovar, abrir caminos, fundar, conquistar, lograr… Pero también hay que ser audaces para decidir lo que no puede perderse, lo que merece la pena ser conservado”.  Más recientemente, Marina Rodríguez Baras de ‘Juventud Sin Futuro’,  reclamaba el derecho a la ciudad, y pidiendo “un espacio urbano ordenado en función de las necesidades de la gente y la sociedad, y que no esté exclusivamente sometido al beneficio empresarial. Cuando en la ciudad quepamos todos, estaremos cambiando el futuro”.

Quizá a alguien le pueda sorprender la sintonía de estas opiniones con las afirmaciones del papa Benedicto XVI: “en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria”. Y es que “la doctrina social de la Iglesia ha sostenido siempre que la justicia afecta a todas las fases de la actividad económica, porque en todo momento tiene que ver con el hombre y con sus derechos” (encíclica Caritas in Veritate , números 36-37). O, más recientemente, el papa Francisco recordaba que “el amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor” (encíclica Laudato Si’, número 237).  Y hablando de la ciudad, decía el papa: “La presencia de Dios acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia. Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad” (exhortación Evangelii Gaudium, números 71 y 73). La cuestión, por tanto, es qué podemos hacer nosotros, más allá de llorar el cierre del Café Comercial, para impulsar, promover y cuidar los “terceros lugares” como fuente de transformación social en la vida urbana.

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