La historia de las relaciones de los seres humanos con la tecnología está plagada de ejemplos que demuestran los límites de nuestra presciencia y nuestra innata “capacidad” para errar en nuestras predicciones. Una de sus causas ha sido descrita en la historia de la informática y denominada en el argot tecnológico con el nombre de efecto Vannevar. Se adscribe al mismo cualquier predicción que resulta ser falsa porque se realiza extrapolando sin más (“linealmente”, diríamos) el desarrollo técnico existente, sin considerar que en este campo el avance se da por saltos no lineales (“cuánticamente”, por así decir). Pueden hallarse ejemplos en otras esferas del saber, muestra de que no estamos ante un hecho sectorial sino común al pensamiento humano.

El efecto toma su nombre del ingeniero Vannevar Bush, una auténtica leyenda de los orígenes remotos de la revolución digital por sus excelentes aportaciones, pero que un artículo titulado “As we may think” (1945, ver aquí) llegó a afirmar que en el futuro llegarían a existir “cerebros electrónicos” del tamaño del Empire State Building que requerirían para ser refrigerados de sistemas con dimensiones equivalentes a las Cataratas del Niágara. Sus previsiones fueron refutadas por la invención del transistor y el desarrollo posterior de los circuitos integrados, como es sabido.

El problema de las predicciones tecnológicamente “fundadas” no estriba tanto en su acierto/error, porque los hechos corrigen “en general” sin mayores costes las hipótesis fallidas, sino que generan comportamientos asociados a su creencia e inducen esquemas rígidos de aprendizaje/desaprendizaje. Sumergidos en el efecto Vannevar, podemos creer, por ejemplo, que en el desarrollo de los sistemas de información y conocimiento se seguirán las pautas ya conocidas, lo que induce a considerar sus efectos sin el suficiente calado y/o posponer aceptar los cambios hasta que se hayan consolidado, se hayan difundido universalmente y resulten inevitables.

Esto fue lo que sucedió exactamente cuando en el uso de Internet se dio paso a la web 2.0: de un medio cuya utilidad se limitaba grosso modo a la búsqueda de información estática, la comunicación punto a punto y el acceso a lugares especializados, se pasó en muy pocos años a sitios web que facilitan el compartir información, la interoperabilidad, el diseño centrado en el usuario y la colaboración. La diferencia no era cuantitativa, sino cualitativa, e implicaba un salto mental para un usuario que ni esperaba tal salto ni creía duradero o eficaz su posible efecto benéfico. Como consecuencia del mantenimiento en el marco de un paradigma ya superado por los hechos y sus consecuencias, muchos profesionales adultos hemos tenido y continuamos teniendo serias dificultades de adaptación al medio ahora habitual. Si no cambian las cosas, es previsible que las dificultades empeoren con la universalización de web 3.0, ahora en marcha, con el solapamiento de grandes avances (salvo que la paradoja de Hayles lo evite: ver mi próxima entrada).

Es evidente que el aprendizaje de nuevas herramientas exige tiempo y atención. También es verdad que los recursos que se van imponiendo implican cambios en nuestros comportamientos, generar nuevos hábitos y aprender a desenvolvernos con seguridad en un medio diferente al acostumbrado. Pero, cuando se profundiza, la incomodidad de sentir que no está todo dicho lleva a una pregunta inevitable: ¿queremos de verdad subirnos al tren del cambio? O, dicho de otra forma, ¿no teorizamos con una continuidad de lo que conocemos como forma de autodefensa y resistencia al cambio efectivo? Creo que sí: imitar a Vannevar es una forma de estar en la playa donde rompen las olas del cambio tecnológico sin agarrar la tabla para surfearlas, quizá incluso disfrutando del espectáculo ajeno.

El autoaplicado efecto Vannevar es una de las causas de la llamada ley del cuello de botella tecnológico, que afirma que la evolución tecnológica avanza a un ritmo menor que lo que los recursos técnicos permiten porque para que el efecto de las tecnologías de la información llegue a todos los componentes de una sociedad, sector o grupo concreto, es preciso que todas las “capas” que la componen evolucionen con una velocidad similar, cosa que no está sucediendo con la última, con las personas.

En lo que conozco, el sector educativo, de nada sirve contar con una red mejor, aparatos para uso de todos (individuales o compartidos), herramientas de uso sencillo, formación y asesoramiento, control y seguridad, etcétera; de nada vale realizar constantes inversiones; si no existe un adecuado empeño por parte de los docentes, usuarios protagonistas, por adaptarse al entorno cambiante y aceptar que su evolución futura no será seguramente la que pensaríamos o desearíamos. Y para eso no hay recetas, sino práctica, con su consabida dosis de error.

Concluyo. Paradójicamente, el mencionado artículo de Vannevar Bush pronosticó la llegada de algunos tipos de tecnología que fueron inventados mucho después de su publicación, incluyendo el hipertexto, las computadoras personales, Internet y su World Wide Web, el reconocimiento del habla, o la enciclopedia on line tipo Wikipedia. Demostró con ello una vez más que los seres humanos somos capaces de imaginar inventos que creemos podrían ser útiles aunque no acertemos en cómo llegarán ni en el coste de aprendizaje y acomodación mental que nos exigirán. Por este y otros casos, creo probable que no exista ninguna forma científica de estar preparados interiormente para el cambio que anticipamos (y anhelamos en ocasiones); como progenitores de nuestra tecnología, tampoco evolucionamos sin saltos. Lo que sí puede pedírsenos es que evitemos la arrogancia intelectual y estemos convencidos de que el futuro va a seguirnos sorprendiendo y obligándonos a un permanente aggiornamento.

Imagen de cabecera: Máquina MEMEX ideada por Vannevar Bush (fuente: https://www.theatlantic.com/magazine/archive/1945/07/as-we-may-think)