Hace ya tiempo que el mundo rico viene enfrentándose al espectro de una hidra con tres cabezas y muchos tentáculos: una bicha capaz de meterle el miedo en el cuerpo al sujeto pasivo más animoso y templado.

Desde luego, no se trata ya de aquel fantasma de cuando entonces. ¡Sí, hombre! Ya tú sabes: aquel que recorría Europa mientras Marx y Engels estampaban el Manifiesto Comunista. ¡Quia! Este de ahora infunde mayor admiración y respeto; inspira temor y temblor aún más acongojantes: es, en el más pleno sentido del término, verdaderamente formidable. Y ello, por tres razones.

Para empezar, porque su alcance ya no se circunscribe a nuestra parcelita europeo-occidental, sino que apunta al mundo entero. Para seguir, porque está dejando –si es que deja alguno– muy escasos resquicios a la utopía. De hecho, vamos asumiendo cómo el futuro se nos pinta cada vez más negro –sobre todo para los más jóvenes: esos que ahora din que chámanse millennials. Y para rematar la suerte, porque – claro es– no hay caldo de cultivo mejor que este enfado y descorazonamiento generalizado, para que a su querencia medren demagogos, arribistas y toda laya de iluminados, más o menos peligrosos –pero siempre, ¡vaya por Dios, también es casualidad!, anti demócratas de pedigrí y enemigos entusiastas de la sociedad abierta, convencidos como están de encarnar al salvapatrias populista de turno.

Por ello, cuando, como es el caso, pintan bastos, la tentación de abdicar en un figura de tal pelaje, que diga ser capaz, como Domingo Ortega, de parar, templar y mandar… –sobre todo de mandar–… se convierte en ritornello de infausta memoria… que vuelve a sonar –eso sí– ahora con mucho más bombo y mayor fanfarria.

No me detendré a ejemplificar. Al lector avisado no le resultará trabajoso tirar la línea que enlaza asuntos –sólo a una primera mirada superficial inconexos– tales como el del compañero del Arauca vibrador, el Brexit en Albión –sin más, sin más… sin perfidias–; Podemos en España –esa efebocracia, mi paisano de pación, el camarada Llamazares, dixit, tildándola de soberbia y sin sentido–; doña Marina en la douce France; el republicanismo extremado de Donald Trump –que quiere repartir mandobles a moros y cristianos- y la deriva no menos chocante –contra troyanos y tirios– del senador demócrata don Bernardo Sanders en la cabeza del imperio…

Todos esos movimientos, encarnados a veces –aunque no siempre- o en monigotes esperpénticos o en Peterpanes bisoños, responden a la misma desazón: A que hace más de 30 años que unos pocos ganan y la mayoría pagamos el pato. A que hace más de 30 años que demasiados políticos ejercen de mamporreros de los intereses del capital… Y a que hace más de 30 años que el mercado no funciona de manera libre y competitiva. Mientras nos vienen con la linda milonga de la globalización y sus dulzuras… -que también las tiene, ¡ojo!- como condición de posibilidad del tinglado de esta nueva farsa oligopolística.

¿No habrán querido ir algunos demasiado lejos y muy deprisa? Da la impresión de que –como les estorbábamos– nos han ido dejando por el camino… Ellos verán… Si llegan, llegarán solos. Y eso no es sostenible. De modo que más les valdría cambiar de paso. De todas formas, por si les da pistas, les regalo el consejo de mi señor padre, que en paz descanse: “Antes de echar a correr, mira a ver si pues andar”…