¿Por qué la habilidad más importante que enseñar a tu niño es la política?

Muchos padres se esfuerzan por averiguar qué formación profesional deben dar a sus niños para que se mantengan empleables en el futuro. ¿Deberán hablar y escribir inglés fluidamente? ¿Convendrá que, si son buenos para las matemáticas, aprendan ciencias y técnica (STEM) para gobernar las máquinas de un mundo informatizado? ¿O sobre todo estadística para que sepan qué hacer con el Big Data? Si lo suyo son las personas, ¿deberán sobre todo orientarse al cuidado de ancianos, de los que parece que va a haber muchos? Y si se trata de organizaciones, ¿convendrá que se enfoquen a la gestión estratégica, las finanzas o el marketing?

En cada caso, los padres intentan adivinar en qué áreas habrá más empleo porque sus funciones son más difíciles de sustituir por máquinas provistas de inteligencia artificial, y preparar a sus niños para competir en ellas.

Esta es una visión optimista de las cosas, que no carece de fundamento. Un reciente informe de la consultora McKinsey concluye que habrá un desplazamiento global del tipo de empleos disponibles, pero en un contexto de aumento suficiente del número neto de empleos para cubrir el crecimiento poblacional.

Una visión no tan positiva

El informe de McKinsey calcula con un horizonte de 2030, que es hasta donde razonablemente estima que las posibles disrupciones tecnológicas son conocidas en este momento. Cualquier tecnología que pueda implementarse en escala industrial de aquí a 2030, ya existe y es conocida, así que puede estimarse su impacto sobre las formas de producción e intercambio, por tanto sobre el empleo. Más allá de eso, es difícil saber qué cambios tecnológicos ocurrirán. Una disrupción es precisamente una disrupción: no resulta de prolongar lo que hay sino de la aparición de algo realmente nuevo. Y nos hallamos en un tiempo en que las disrupciones tecnológicas se aceleran, porque unas se producen con las anteriores.

Estamos en 2018. Si nuestro niño tiene 6 añitos ahora, en 2030 contará 18. Probablemente para entonces todavía le falten cuatro o cinco hasta entrar en el mercado de trabajo, siendo optimistas. Para cuando lo haga, en los campos para los que se preparó quizás ya haya ocurrido el desplazamiento de trabajadores humanos por máquinas. Sin problemas emocionales, ni familiares, ni derechos sociales.

A lo mejor empleamos mucho tiempo y dinero en que la criatura aprendiera inglés, pero para entonces ya hay auriculares que hacen la traducción automática tan bien como un cerebro humano, por 200 euros. No digamos si el joven se preparó para ser traductor simultáneo o profesor de idiomas, dos habilidades ‘con mucho futuro’ hasta hace poco. O incluso si se capacitó para acompañar ancianos, pero un robot autónomo hace ahora ese trabajo.

Puede interesarte:  La “cuestión social” en la actualidad

El problema del empleo y la propiedad

El empleo no es más que un campo donde se puede fácilmente plantear un problema más amplio: el de la propiedad privada. El marxismo clásico se construyó sobre la divisoria entre los propietarios de los medios de producción y los trabajadores que usaban esos medios para producir, pero no los poseían ni tenían control sobre ellos. Ahora los trabajadores pueden empezar a sobrar, si los medios de producción son capaces de producir por sí mismos, con muy poca participación humana (lo cual no hay sino comparar  Amazon.es con El Corte Inglés, para notarlo).

Así, un esquema en que la integración social depende del ingreso, y el ingreso de la mayor parte de las personas de su empleo (directamente, o vía pensiones, o vía el ingreso de sus padres), se quiebra si la disrupción tecnológica empuja grandes masas a los márgenes del desempleo o el subempleo permanentes. Para mantener la integración social, se hace entonces necesario desacoplar el ingreso del empleo.

Hay dos maneras lógicas de hacerlo:

  • Cobrar altos impuestos a las empresas privadas que produzcan mucho con muy poco personal, y financiar con esos impuestos una Renta Básica Universal repartida por el sector público a todos por igual.
  • Distribuir la propiedad de las empresas masivamente dentro de la sociedad, de manera que todos sean poseedores de capital y reciban directamente rentas de ello. Si tu ingreso es dividendos + salario, el desplazamiento del empleo para alcanzar mayor productividad del capital con máquinas, bajará (o incluso anulará) el componente ‘salario’ de ese ingreso, pero subirá el componente ‘dividendos’.

El problema ambiental y la competencia

Algo parecido ocurre con los crecientes riesgos ambientales. Una característica de nuestra época, es que esos riesgos ya no son solo locales (los linces de Doñana, digamos) sino globales (la atmósfera, los océanos…).

Si queremos evitar una catástrofe global, debemos cambiar las condiciones de la competencia en la que operan las empresas. Mientras contaminar otorgue ventaja comparativa, las empresas que ganarán la competencia serán (estadísticamente) las más contaminantes dentro de cada sector.

Puede interesarte:  La Felicidad está de Moda

Esto no es un asunto de buena o mala voluntad. Tu empresa puede ser maravillosamente ‘verde’, pero si eso le hace perder en la competencia de los mercados globales, saldrá de circulación y solo quedarán las que no lo eran. La única forma de abordar los problemas medioambientales es que cambien las reglas para todas las empresas a la vez, de forma que ninguna obtenga ventaja de contaminar (igual que ahora está eficazmente prohibido el asesinato de los directivos de la competencia para ganar mercado. No importa cuán ventajoso fuera, no se hace, al menos fuera de las mafias).

La política como necesidad

Cambiar la propiedad del capital, vía redistribución por impuestos o vía capitalismo popular, y cambiar las reglas de la competencia empresarial, son precisamente dos asuntos políticos de gran envergadura. En el pasado se han hecho revoluciones para ello. Así pueden entenderse mejor la Revolución Americana, la Francesa, la Rusa o la China.

Ahora no tiene gran sentido pensar en términos de ‘revolución’, porque no tenemos un Estado de extensión comparable al mercado global. Cuando lo había, tomar el poder de ese Estado parecía una buena manera de cambiar la propiedad y la competencia. Pero ya no lo hay.

Lo que sigue teniendo todo sentido es que los cambios necesarios son políticos. No sobre todo nacionales, sino sobre todo globales; pero políticos. Tocar estructuralmente la propiedad y la competencia no puede hacerse de otra manera.

Por eso, el futuro las siguientes generaciones -¡tus niños!- depende mucho de que esas generaciones sepan hacer política, y la hagan, en la arena global. No hay salvación para ellos en que sean los mejores de su generación y consigan los pocos empleos bien pagados (o muy bien pagados) que queden. Por la vía del éxito económico individual no hay escape de la radical insostenibilidad social y ambiental que se anuncia muy creíblemente. Si el edificio arde, el magnífico penthouse de lujo, con espléndidas vistas, se quema igual que los demás apartamentos.

La política como habilidad

En las instituciones educativas, estamos viendo una proliferación de actividades de debate, fuera y dentro de las clases. La habilidad para discutir razonadamente que se cultiva en esas actividades, es buena, qué duda cabe.

Pero esa habilidad está más relacionada con el liderazgo que con la política. Un líder debe saber hablar y argumentar. Pero para convertirse en un líder político válido, además ha de entender y sentir lo colectivo, lo social. Eso no va incluido en los programas de debate, aunque los temas propuestos sean políticos. Esos programas igualmente pueden servir para producir líderes empresariales, o de algún otro tipo.

Puede interesarte:  El Siguiente Paso Posible

De hecho, enseñar la política como habilidad universal no implica preparar a todos para el liderazgo (“mucho cacique y poco indio”, dice el refrán venezolano). Quienes no serán líderes de ningún movimiento político, pueden desarrollar sin embargo considerable fuerza política si saben cómo seleccionar sus líderes y sus programas, y cómo apoyarlos.

Las habilidades precisas para actuar eficazmente en política desde la dirección y los cuadros de empresa, desde el empleo y desde el desempleo… como seguidor y no necesariamente como líder, son ampliamente descuidadas en nuestra educación. Lo más que encontramos es la célebre ‘educación para la ciudadanía’, que en el mismo nombre lleva la condenación: se tiene la ciudadanía de un país, se educa para una Constitución Nacional. Pero la política necesaria es global: ha de tocar precisamente aquello en que las actuales naciones compiten entre sí, lo que no está solo en sus Constituciones sino en los supuestos de ellas, empezando por la soberanía nacional.

Resumiendo, la educación para una política capaz de cambiar las formas en que manejamos la propiedad y la competencia, requiere tres elementos básicos:

  • Entender el sistema-mundo: su economía, sus corrientes culturales, sus disrupciones tecnoógicas, su integración en la Naturaleza, y su política.
  • Sentir lo colectivo hasta la escala global, dando igual valor a todas y cada una de las personas, sus oportunidades y su futuro. No más valor a mí y a los míos, a los que son como yo. No hay viabilidad ya para soluciones individuales o más o menos tribales.
  • Hacer lo eficaz en política global, no siempre ni necesariamente como líder político dedicado (para lo cual no todo el mundo tiene aptitudes ni vocación) sino desde donde cada uno esté en la sociedad.

Esa combinación entender-sentir-hacer, comprendida como saber de fondo igual que leer o calcular, resulta imprescindible para los cambios políticos necesarios en la propiedad del capital y las reglas de la competencia. Y esos cambios constituyen a su vez la condición de posibilidad del éxito de nuestros hijos como personas, incluso de su éxito individual.

No imagino qué cosa más importante podrían aprender en la escuela, el instituto, la universidad.


Imagen: portal.andina.pe

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here