Educar para el humanismo solidario: la Santa Sede habla

La semana pasada la Congregación para la Educación Católica de la Santa Sede publicó un documento titulado “Educar para el humanismo solidario” (versión correcta del original italiano; la traducción vaticana al español es ‘perfectible’ en varios puntos, incluyendo el título). Lo que sigue es nuestro comentario a algunas de sus ideas.

El documento es bueno, sobre todo porque no supone que los estudiantes de las escuelas, colegios y universidades católicas, sean católicos a su vez. En muchos casos (pensemos en las instituciones en India y el Extremo Oriente, pero también en buena parte de Europa o los Estados Unidos) los católicos no son mayoría ni de lejos entre los estudiantes, a menudo tampoco entre los profesores; ni siquiera los “católicos sociológicos”.

Una buena pregunta es qué ocurre entonces. La educación católica ofrece ocasión para que distintas expresiones del testimonio de la fe se planteen a todos los estudiantes. Pero en la lógica de ese testimonio se encuentra la libertad del estudiante para aceptarlo o no, incluso para atenderlo o no. El documento es bueno porque se refiere a características generales de la educación católica dirigidas también a nuestros estudiantes de otras religiones, o sin ninguna, que no necesitan un asentimiento de fe. En ello sigue una tradición de las encíclicas sociales, que hace ya más de medio siglo vienen dirigidas también a “todas las personas de buena voluntad”.

Estos lineamientos parten así de tres supuestos correctos:

  1. La interdependencia global de los fenómenos sociales y ambientales (por tanto de los problemas correspondientes), que resultan así muy complejos.
  2. La pluralidad de las convicciones y creencias, de las visiones del mundo y de las opiniones sobre lo bueno y lo malo, que se encuentran no solo en la sociedad en general, sino también adentro de la educación católica (puesto que no seleccionamos a la gente con tests ideológicos).
  3. El hecho de que las formas de pensar influyen las formas de actuar.

El último punto confiere gran sentido a la propuesta del humanismo solidario en la educación católica. Mientras no hay problema, la vida se maneja con las convicciones heredadas, las que sean en cada sociedad. Pero cuando esas convicciones ya no bastan para dar respuesta a la altura de los problemas, entramos en crisis y empezamos a buscar. Precisamente la función transformadora de la educación consiste en proponer direcciones a los estudiantes, darles herramientas para orientar en sus búsquedas.

La educación no se propone, por tanto, solo reproducir en la mente de los muchachos los modos de vida de las generaciones anteriores, sino también indicarles dónde se encuentran los materiales para construir modos de vida nuevos, capaces de responder constructivamente a situaciones distintas a las que sus padres y educadores afrontaron de jóvenes.

Precisamente vivimos una aceleración de los tiempos, que ya no cesará; no alcanzaremos ninguna nueva meseta capaz de durar décadas. La dinámica tecnológica lo va a impedir, con sus repercusiones inmediatas sobre las comunicaciones, la economía y la política. Dejará obsoletos rápidamente muchos elementos que hasta entonces resultaban bien y valía la pena enseñar a los jóvenes.

La propuesta central del documento es la de una especial “gramática” que se aprende desde la escuela. Esa “gramática” no consiste solo en un lenguaje para relacionar palabras sino que incluye también acciones. Desde el principio, la educación católica debe proponer a los estudiantes algunas convicciones básicas que se realizan en el mismo ámbito educativo, para que cuando estén fuera de él tengan la experiencia existencial completa, palabra y práctica, de por dónde buscar salidas a problemas complejos.

El documento propone puntos de anclaje sólidos para la educación católica en contextos plurales. No los vamos a desarrollar aquí porque el texto vaticano mismo, que es corto y diciente, resulta mejor que cualquier resumen de él. Nos limitamos a enumerarlos:

  1. Las estructuras sociales, por tanto la educación para participar en ellas, al servicio primero de las personas. No del poder político, de la tecnología, del capital…
  2. El diálogo como camino, que supone tres aspectos éticos fundamentales: el reconocimiento de todo otro como igual; la libertad para proponer cada cual sus ideas sobre lo que puede ser mejor para todos; y la coherencia existencial entre las ideas propuestas y las prácticas sociales y civiles de cada uno.
  3. La globalización de la esperanza y de la inclusión, de forma que construyamos que nadie quede afuera, que todos tengan buena razón para esperar que podrán desarrollarse como personas en el mundo que venga, según el deseo de Dios.
  4. La densificación de las redes de cooperación desde la educación y la producción de saber mismos.

Como decimos, mucho más se encuentra en el documento mismo. Allí se ve mejor que no se trata de formulaciones inocuas o palabras acostumbradas. Su significado de fondo es claro: la educación católica no teme a la globalización, no se cierra en particularismos, no pretende defender terrenos, no está para promover a “los suyos”, no se asusta de mundos futuros que sin duda no controlará.

Las fuertes convicciones católicas no solo no se sienten amenazadas por la pluralidad cultural y religiosa, sino que son capaces de asumirlas adentro de sí, y desde la educación, proyectarlas a través de sus estudiantes como fuerza para la construcción de un futuro más humano.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here