Reiteradamente aparecen noticias sobre las limitaciones del sistema educativo español visto desde la perspectiva de sus resultados (informe PISA, Education at a Glance, datos de Eurostat sobre educación). A pesar de ello, no se entra a fondo en examinar sus causas. Tras aparecer unos días en los medios de comunicación, se olvida el tema y si acaso reaparece es para señalar lo cuestionable que son los informes y rankings internacionales en los que se compara la situación española con la de otros países. Sin duda, los criterios utilizados en dichas publicaciones podrían ser sustituidos por otros que darían diferentes resultados.

Sin embargo, hay algunos datos que son incuestionables. El problema no es sólo que haya un mayor abandono temprano de la educación, sino que eso va además acompañado de una polarización en el otro extremo, los titulados superiores, en detrimento de los niveles intermedios de formación. En mis anteriores aportaciones, he señalado que en España se crea menos empleo porque la demanda de trabajo es más reducida y/o de peor calidad porque existe menor competencia en numerosos mercados. A esto se une que la oferta de trabajo, condicionada fundamentalmente por el sistema educativo, no se ajusta a la demanda, lo que explica en gran medida que la tasa de desempleo sea normalmente la más alta de la Unión Europea y de toda la OCDE.

Ciertamente, la función del sistema educativo trasciende a la inserción en el mundo laboral. Su principal misión es formar personas, ciudadanos capaces de integrarse en la vida social, política y económica. Un sistema democrático sólo puede mantenerse y robustecerse si el conjunto de la población adquiere una formación que le permita tener criterio propio y participar responsablemente en los diversos planos que conforman una sociedad. Esta formación básica es lo que comúnmente se ha denominado cultura general. La mayor complejidad que introducen los avances científicos y técnicos parece elevar el nivel necesario de conocimientos. Eso no significa, sin embargo,  que deban impartirse más materias y menos aún que en la enseñanza secundaria se den conocimientos especializados. Más que nunca es necesario sentar unas bases generales sólidas en las que poder asentar posteriormente conocimientos especializados. Como señala Ortega y Gasset: “La técnica es, consustancialmente, ciencia, y la ciencia no existe si no interesa en su pureza y por ella misma, y no puede interesar si las gentes no continúan entusiasmadas con los principios generales de la cultura”.

Precisamente, la falta de una cultura general es lo que impide que avance la ciencia y que el individuo se sienta responsable de sus actos y pueda en consecuencia especializarse y participar activamente en la vida pública. Cuando se afirma que el sistema educativo no tiene como finalidad adaptarse a los requerimientos del sistema productivo, se dice una verdad a medias. La formación especializada que demandan las distintas tareas productivas requiere una formación general previa. Cuando la educación humanística y social se concibe como ajena o incluso opuesta a la científico-técnica es que algo grave falla. Así lo  destaca Ortega y Gasset al afirmar: “Buena parte del azoramiento actual proviene de la incongruencia entre la perfección de nuestras ideas sobre los fenómenos físicos y el retraso escandaloso de las ciencias morales.”

La tendencia que se ha impuesto en el sistema educativo ha sido la parcelación de conocimientos. Se han multiplicado las materias por la mayor división en las modalidades de bachillerato y la diferenciación entre materias comunes, propias y optativas. Con frecuencia las clases se pierden en pormenores, sin que el alumno tenga capacidad para relacionarlos con otros conocimientos. A ello contribuye también que en muchos casos la bibliografía utilizada, especialmente en el bachillerato, coincida con los manuales que se emplean en los primeros cursos de la universidad. Se transmiten conocimientos especializados que resultan imposibles de asimilar para buena parte de los alumnos que carecen de un marco general donde situarlos.

De este modo el sistema educativo acentúa, en vez de corregir, la saturación de información y la dispersión de la mente que el actual entorno social favorece. Quizá eso explique que haya graves deficiencias en las materias que constituyen la base de todo el conocimiento y la comunicación como son la lengua y las matemáticas. No es posible seguir el curso de un razonamiento, el desarrollo de una idea o una argumentación sin controlar la divagación fragmentaria de la mente y aprender a estar y dialogar con uno mismo. Leer y escribir requiere una disciplina mental, una cierta capacidad de concentración. Esto es más difícil en entornos sociales y familiares desestructurados, con frecuencia asociados a situaciones de pobreza material e intelectual, pero esto es precisamente algo que el sistema educativo debía ayudar a contrarrestar.

Aunque favorecer la inserción en la vida laboral no sea la única ni principal misión del sistema educativo, no cabe duda que una mala formación contribuye a que ciertas situaciones de desempleo y marginación social se hagan crónicas. Es muy significativo que más de la mitad de los parados lo sean de larga duración (hace más de un año que han perdido el empleo) y que el desempleo afecte fundamentalmente a los jóvenes, muchos de los cuáles no han logrado ni siquiera encontrar su primer trabajo. Además, la moderada recuperación del empleo en el último año a quien menos ha afectado es a los parados de muy larga duración (dos años o más), que siguen representando más del 40% del total de desempleados.