Se acerca una nueva Edad Media

Yuval Noah Harari escribe en su extraordinario libro de historia llamado “Sapiens” como los avances en el “progreso económico” del ser humano proceden de su capacidad de cooperar en torno a ideas, ya sean reales (como Dios) o imaginarias (como el dinero o una nación).

Tras el impresionante éxito de “Sapiens” escribe otro llamado “Homo Deus”, ya no mirando al pasado, sino intentando predecir el futuro. Para su predicción parte de la siguiente hipótesis, que parece contradecirse con la principal idea del libro anterior: Ni las ideas ni la religión podrán cambiar la tendencia materialista hacia la que avanzamos. Y obviamente eso le lleva a predecir un mundo que, tal y como lo muestra, es la descripción más parecida que se puede hacer del mismísimo infierno. Un mundo en el que el hombre abandona su dignidad, se deja consumir por el materialismo más superficial y pretende ser inmortal esclavizando a sus hermanos.

Estoy en absoluto desacuerdo con la visión del futuro que tiene Harari. Intentaré explicarlo.

Tal y como explica el mismo Harari en “Sapiens”, la espiritualidad y la cultura son la base de toda construcción humana. Pero la espiritualidad y la cultura NO llevan una trayectoria lineal y sin límite siempre en la misma dirección. No es eso lo que nos enseña la historia.

La historia nos muestra como cuando llegamos demasiado lejos en una dirección equivocada surgen personas absolutamente asombrosas que nos vuelven a orientar, abandonando una cultura que nos llevaba al abismo.

Intentemos visualizar los últimos 3000 años, obviamente sin matices, no solo porque esto es un post y no una enciclopedia, sino también para dar la oportunidad a las personas que no quieran ver el bosque, de describir cada árbol del paisaje.

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Grandes trazos de una Historia

Es bonito ver los ideales griegos reflejados en “la Odisea” de Homero, 300 años antes de que llegara Sócrates. Ulises, el gran héroe de la Odisea, cree en la Justicia y continuamente busca un equilibrio consigo mismo, con su pueblo, con la naturaleza y con sus dioses.

Pero el proyecto de Grecia, que comenzó como un proyecto precioso donde prosperaría la ciencia, la filosofía y la democracia, se va poco a poco corrompiendo. Es admirable ver a Sócrates intentando frenar un proceso que va directo hacia la autodestrucción. La política poco a poco va siendo devorada por la demagogia y la justicia queda enterrada en una guerra de intereses.

Sócrates, Platón, Aristóteles, Alejandro Magno son solo grandes hombres intentando frenar un proceso de decadencia moral. Los avances científicos no cesan pero la moral se va perdiendo. Roma es una continuidad de este proceso. La verdad ya no se busca pues se duda de su existencia, la religión da paso a la superstición y la aspiración de justicia y de paz se convierte en mera ansia de poder y dominación. El materialismo insaciable, el relativismo sangrante y el poder del más fuerte han triunfado. Los ideales de Ulises quedan enterrados bajo circos, traiciones y bacanales.

Y cuando la materialidad del proyecto, ahora imperio, parece haber alcanzado su máximo esplendor, ocurre lo impredecible, lo que Harari es incapaz de ver.  Llega Jesucristo. Luz de Luz. Volvemos a Dios y a recuperar nuestra dignidad.

Con la llegada del cristianismo elegimos la quietud, la espiritualidad y la celebración interior frente a la fiesta sin sentido.

Incluso ante el horror de la destrucción de Roma, San Agustín nos dice “tranquilos, no es Roma lo que hay que construir, sino la ciudad de Dios”, lo cual nos lleva a una larga Edad Media en la que intentamos curarnos de los excesos del pasado, algo más de 1000 años en los que el ser humano hace la más preciosa penitencia que jamás se ha podido soñar. Se produce un retroceso en la economía y en el bienestar material, pero se acaban las bacanales. Todo lo que era fiesta, erotismo y dinero va cediendo hacia una nueva cultura. Y llega el románico, el arte más sobrio y precioso jamás inventado.

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Y en efecto, llega la “ciudad de Dios”, o al menos nuestro primer intento de construirla. El mundo entero parece ahora girar en torno a Dios y a su Iglesia. Pero algo falla. La humildad y austeridad del que debía gobernar la ciudad de Dios han sido sacrificadas en favor de cuestiones más “pragmáticas” al servicio de la Fe. Se conserva el poder pero el precio a pagar es letal.

Y cuando parecía que todo iba hacia una huida sin límite del mundo material que nos rodea y hacia un extraño orgullo en el mundo religioso, de repente y de nuevo de forma inesperada, llega un nuevo Homero. Llega San Francisco de Asís. El ser humano se siente perdonado por los excesos del pasado Greco-Romano, puede volver a creer en sí mismo, puede volver a vivir en equilibrio con la naturaleza. Vuelve la ciencia. Vuelve la alegría. No es la fiesta superficial de Roma, sino la alegría profunda del que se enamora del “hermano lobo” o de la “hermana luna” y por supuesto del “hermano hombre” y de Dios.

Y con esta humildad renovada no solo se salva la Iglesia, sino que comenzamos a creer de nuevo en nosotros mismos, y llega el Renacimiento.

Y como ocurrió en Grecia, la persona vuelve a ser protagonista de su historia, y vuelve a tener opinión, tanto es así que llega a tener interlocución directa con su Dios, lo cual llega a poner en duda la utilidad de la propia institución eclesial. Será San Ignacio de Loyola quien defienda la interlocución directa del hombre con Dios, pero dentro de su Iglesia, salvando así de nuevo el proyecto de la ciudad de Dios.

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Pero el proceso continúa. Tras el renacimiento la fe en el ser humano desencadena una nueva era de ciencia y avances tecnológicos idéntica a la que vivió Grecia. Dios va quedando en segundo plano, la espiritualidad se va perdiendo, la justicia palidece. Y llega el colonialismo y el relativismo y finalmente la ola más destructiva; de nuevo el materialismo consumista. Y el hombre vuelve a esclavizar al hombre y a la naturaleza.

Pero NO, querido Harari, esto no es lineal. Estamos tocando techo y comenzaremos una nueva senda en la que buscaremos sedientos la espiritualidad y los valores que nos dan la verdadera alegría, la alegría con sentido. En una especie de “nueva edad media” abandonaremos la fiesta materialista y nos iremos a nuestro cuarto a oscuras, aunque tengamos que estar mil años ahí. Entonces volveremos a descubrir que la vida es más que el alimento y el cuerpo es más que el vestido. Y tras un necesario tiempo de desintoxicación, volveremos a un nuevo intento de construir la ciudad de Dios.

Ya se oyen voces que nos piden volver a cambiar. ¿No las oyes Harari?

2 Comentarios

  1. Muchísimas gracias Pablo por tu comentario.

    La verdad es que me ha influido tanto leer tu comentario, que no he podido hacer otra cosa que cambiar mi POST.
    Presento ahora a San Francisco de Asis como el que “repara a su Iglesia”. Menciono también “implícitamente” a Lutero y “explícitamente” a San Ignacio de Loyola. Protagonistas indiscutibles de esta historia que quedaron fuera de la primera versión de mi POST por falta de espacio.

    GRACIAS DE NUEVO¡
    Jorge Serrano Paradinas

  2. Mmm qué interesante. Solo que a mí me queda una duda, porque muchas veces se le ha llamado a San Francisco el otro Cristo, y en realidad muchas de las cosas que la acción del santo provocaron era frente a la corrupción en la Iglesia y el mantener las apariencias en la sociedad.

    También me parece que el mismo Lutero tiene una importancia clave en este ciclo.

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