Economía de verano: empleo y consumo

En el verano el empleo se incrementa significativamente. Los contratos de trabajo tienen, sin embargo, mayor carácter temporal que de costumbre. La intensificación del turismo y las vacaciones de los empleados estables acentúan la necesidad de nueva mano de obra.

Es una época en que aumenta el consumo. Algunos se pueden preguntar cómo puede aumentar el consumo si el empleo es temporal, buena parte de los salarios apenas alcanzan para vivir y persiste un elevado nivel de endeudamiento de las familias.

Hay que tener en cuenta que el empleo fijo, aunque va disminuyendo, representa aún aproximadamente dos tercios del total. El carácter temporal se refiere a los nuevos contratos. De éstos algo más del 92% son contratos temporales. De los contratos fijos algo menos del 60% son a tiempo completo y el resto a tiempo parcial.

Los salarios bajos afectan a una proporción creciente de trabajadores, pero sigue habiendo salarios elevados. Los datos más recientes sobre porcentaje de asalariados según niveles de ganancia indican que casi la mitad de los asalariados perciben menos del doble del salario mínimo, un 40% entre el doble y el cuádruple del salario mínimo, y el 15% más del cuádruple (Encuesta de Estructura Salarial 2015, INE). Para ese mismo periodo los datos salariales según fuentes fiscales muestran mayor desigualdad aún. Alrededor del 60% perciben menos del doble del salario mínimo, un 28% entre el doble y el cuádruple del salario mínimo, y el 12% más del cuádruple.

En cuanto a la deuda de las familias, aunque sigue disminuyendo se mantiene en niveles muy elevados. El último dato de mayo de 2017 la sitúa en más de 700.000 millones de euros. La Encuesta Financiera de Familias de 2014, publicada recientemente, indica que casi la mitad de las familias tiene algún tipo de deuda y que la deuda supone alrededor del 150% de la renta familiar. En conjunto la deuda privada aumenta, ya que el endeudamiento de las empresas tiende a crecer de nuevo.

Dicho de otro modo, lo que esto demuestra es que una parte significativa de la población vive holgadamente, por encima del nivel de subsistencia, mientras otra no alcanza ese nivel mínimo. Eso no quiere decir que se mueran de hambre, pero sí que tienen carencias importantes.

También se suele intensificar con el verano la llegada, o al menos el intento de llegar, de emigrantes. ¿Nos hemos preguntado en que emplean su tiempo? ¿Cómo subsisten? ¿Consumen o se consumen? ¿Están endeudados o estamos nosotros en deuda con ellos?

Ante estas situaciones de necesidad, los que las padecen encuentran paliativos en algunos casos en apoyos familiares y en otros en organizaciones asistenciales. Sin embargo, raramente encuentran un entorno de acogida personal. Son tratados como parientes pobres a los que se desprecia o como objetos de caridad. La mayoría bien pensante se limita a señalar que el Estado debía cubrir esas necesidades redistribuyendo la renta mediante ayudas monetarias y otras prestaciones sociales.

Se echa de menos la existencia de comunidades que den testimonio de que se puede vivir de otro modo. Esa fue de hecho una de las principales consecuencias de la muerte y resurrección de Jesús. La aparición de comunidades de creyentes que eran signo visible de la acción del Espíritu: “Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían entre todos, según las necesidades de cada uno. Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse” (Hechos de los Apóstoles 2, 44 a 47).

No se trata pues de una estructura rígidamente organizada y en la que la comunidad de bienes sea un sistema de administración económica colectiva en que se ha eliminado la propiedad privada. Tampoco es algo querido y buscado por la comunidad para su propio bienestar, sino la consecuencia de la llamada de Jesús que se hace visible en la disposición a aportar lo que cada uno pueda a las necesidades de cada momento, empezando lógicamente por los más cercanos. Mal testimonio sería ayudar a otros sin atender a los que tienen necesidad estando cerca. Por eso ese gesto es indesligable de la oración en común, la eucaristía o fracción del pan, la enseñanza de la Palabra y la realización de signos que se veía como prodigios por los no creyentes.

Al fallar el sentido comunitario falta la levadura que va transformando la sociedad. En vez de una luz que ilumina a todos, la creencia se percibe como algo ajeno a la vida. Los no creyentes no lo ven como una alternativa de vida sino como un ritual de los que mantienen una determinada ideología del mundo y de Dios. El templo (parroquia) debía ser el espacio que comparten las comunidades y que está abierto a todos, creyentes y no creyentes. Parece como si las exigencias evangélicas fueran una obligación legal y no el fruto de la acción del Espíritu. Más aún, con frecuencia se presentan como algo que sólo el clero debe cumplir en plenitud. La pobreza y las demás bienaventuranzas (bondades de vida) se considera que no son algo que cualquier creyente asume.

La economía de verano nos pilla de “vacaciones” comunitarias. La precariedad del empleo, los salarios escasos, el endeudamiento por necesidad en unos y por consumismo y despilfarro en otros, sigue y se acentúa en estos meses. Aprovechemos al menos para tratar bien a los que nos sirven a pesar de sus precarias condiciones de trabajo y seamos bienaventurados (desprendidos, austeros, sensibles a los demás, ansiosos de justicia, fraternales, pacientes, luchadores por la paz).

En el verano (“tiempo ordinario litúrgico) siguen resonando las palabras de Jesús: “Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se pone sosa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve más que para tirarla a la calle y que la pisotee la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una lámpara para esconderla, sino para ponerla en el candelero y que brille para todos los de la casa. Empiece así a brillar vuestra luz ante los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo” (Mateo 5, 13-16)

Imagen principal tomada de Encuesta de Estructura Salarial 2015, INE: http://www.ine.es/jaxi/Datos.htm?path=/t22/p133/cno11/serie/l0/&file=01001.px

Viñeta de El Roto, diario El País, 4 de julio de 2017:  https://elpais.com/elpais/2017/07/04/opinion/1499166284_970280.html

1 Comentario

  1. Quedo sin palabras ante el bello mensaje que encierra este artículo: un llamado a una vida de convivencia en comunidad con un renovado sentido espiritual q nos anime desde nuestras familias y que se expanda naturalmente hacia a los otros. Ese sería un verdadero milagro que imperiosamente hace falta en estos días cada vez más complejos y que comprobamos triste e irremediablemente nos separa a unos de los otros de una u otra manera.

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