Economía, política y ciudadanía

Xavier Pifarré.

El Papa dedica varios párrafos de su encíclica Laudato Si a analizar y criticar las actuales conexiones entre política y economía. Francisco se muestra escéptico con la relación de poderes entre ámbitos que deberían ser más independientes y en los que la primera (política) debería ser reguladora de la segunda (economía), pero no al revés.

Desde una perspectiva democrática, el poder político es el poder de la ciudadanía y, en buena lógica, debería velar por los intereses generales; esos que Francisco también nombra en muchos rincones de su encíclica como “el Bien Común”. Sin embargo el Papa es consciente de que la realidad es otra:

El siglo XXI […], es escenario de un debilitamiento de poder de los Estados nacionales, sobre todo porque la dimensión económico-financiera, de características transnacionales, tiende a predominar sobre la política (L.S., 175).

Es verdad que hoy algunos sectores económicos ejercen más poder que los mismos Estados (LS 196)

Y es que esta economía, en manos de sí misma, sin un control ciudadano ejercido a través de los gobiernos y autoridades, se muestra inhumana y sin escrúpulos. Las consecuencias están a la vista, y Francisco lo advierte alto y claro cuando habla de la “lógica” del modelo económico actual:

La lógica que no permite prever una preocupación sincera por el ambiente es la misma que vuelve imprevisible una preocupación por integrar a los más frágiles, porque «en el vigente modelo “exitista” y “privatista” no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida» (LS 196).

Este modelo se vuelve profundamente injusto y dramático y se traduce en una situación de desigualdad creciente, como nos explica el informe de INTERMON-OXFAM “Una economía para el 99%”:

“En 2015, el 30% de la población española más pobre perdió el 33,4% de su riqueza”, a la vez que “el número de ricos con patrimonios declarados por encima de los 30 millones de euros se ha multiplicado por más de dos durante la crisis económica” (1)

La mala conciencia de esta realidad, si es que alguien la tiene, deberán repartírsela, a partes iguales, quienes manejan los hilos de la economía y quienes gobiernan nuestras instituciones y son incapaces de…. (o no tienen interés en…) revertir tal situación.

Ahora bien, en esta historia corremos el riesgo de pensar que una, la economía, es la mala de la película; tan mala que ha conseguido llevarse a la otra, la política, que es la buena, al lado oscuro. Pero el maniqueísmo siempre ha sido un mal modelo, y las cosas no son tan simples. No hay que perder de vista que hablamos de NUESTRO actual modelo económico neoliberal y de NUESTRA política de aquí y de ahora, cortoplacista y, a menudo, corrompida. Y, sin embargo, hay muchas otras maneras de hacer economía y muchas otras formas de hacer política. Y en ambos escenarios, los ciudadanos/as tenemos TODO que decir. Como usuarios/as y consumidores/as, colocando nuestro dinero allí donde más nos convenga. Como vecinos/as de un país democrático, situando nuestro voto donde creamos más justo. No perdamos nunca la conciencia de que las cosas serán como queramos que sean.

En el campo económico, consumamos menos y hagamos que quienes se beneficien de nuestro consumo sean los pequeños negocios, cercanos, cooperativos o de subsistencia; neguémonos a seguir alimentando a esos grandes agujeros negros de la economía que son las multinacionales y grandes corporaciones de los lobbies financiero, farmacéutico, alimentario, energético… Elijamos el pequeño comercio, la hostelería familiar, la cooperativa de electricidad verde, el comercio justo, la banca ética y social, las marcas artesanas y de cercanía… Un paseo por entornos como los Mercados Sociales (http://mercadosocial.konsumoresponsable.coop/) nos puede ayudar a entender esta red de economía alternativa, mucho más sostenible y equitativa.

En el campo político, votemos con conciencia, informémonos, leamos programas y, sobre todo, participemos. Francisco nos anima a ello, en una de las citas, para mí, más transgresoras de la Laudato Si, llamándonos a controlar al poder político:

La sociedad, a través de organismos no gubernamentales y asociaciones intermedias, debe obligar a los gobiernos a desarrollar normativas, procedimientos y controles más rigurosos. Si los ciudadanos no controlan al poder político –nacional, regional y municipal–, tampoco es posible un control de los daños ambientales (LS 179).

Por lo tanto, caminemos hacia una sociedad adulta, en la que política no esté instrumentalizada por oscuros poderes económicos, en la que los procesos productivos y comerciales estén al servicio del hombre y de la mujer, en la que la política sea una herramienta que regule y ordene esta nueva economía solidaria y en la que todas y todos nos sintamos corresponsables de una sociedad construida por y para las personas.

Imagen principal tomada de https://ichef-1.bbci.co.uk/news/1024/media/images/80525000/jpg/_80525007_signsaying%27rich%27and%27poor%27.jpg.
Imagen secundaria, elaboración propia a partir de titulares de prensa

2 Comentarios

  1. No tengo yo la sensación de que sólo quede rezar, más bien, con Xavier, creo que se pueden hacer muchas cosas. Tampoco tengo claro que haciéndolas vaya a cambiar el mundo, pero si me quedo en la inacción, seguro que no. Así que, abierto a la incertidumbre, hagamos camino al andar.
    Miguel Ángel

  2. “Yo no puedo cambiar el mundo. Mi sensación de impotencia encuentra cierto alivio en la posibilidad de rezar para que el mundo cambie. Rezar, ¿no es lo único que cabe hacer cuando no es posible hacer nada? Es poca cosa pero nunca se sabe. Al fin y al cabo, Dios lo puede todo”. La religión de la impotencia, que se expresaría en éstos o parecidos términos, ha sido, en todo tiempo, esclava silenciosa de los poderes hegemónicos. El poder necesita de ella para consolidarse. También hoy el poder de los gigantes financieros que despliegan sus tentáculos a la sombra de gobiernos y partidos democráticos. También hoy la tarea principal de los grandes intereses consiste en convencernos de su interés por nosotros, por los pliegues y repliegues de nuestra vida cotidiana, ávida siempre de lo más elemental.
    Por eso el modesto negocio familiar, la tienda de toda la vida, donde se conversaba por placer mientras se compraba por necesidad, ha cedido su puesto a las grandes superficies, donde se compra por placer mientras se calla por necesidad, entre desconocidos. La tienda de toda la vida tenía de todo. La gran superficie, en cambio, tiene mucho más: lo necesario y todo lo demás. Por eso ha triunfado. El placer de comprar en una gran tienda se ha revelado superior al placer de coincidir en una tienda pequeña los vecinos del barrio. La religión de la impotencia es ya esclava rendida del poder absoluto. Si el gran comercio me trae a casa la compra de la semana, ¿para qué perder el tiempo en la búsqueda del producto saludable y a la venta en condiciones justas para su productor? El pequeño comercio, la banca ética o el comercio alternativo no van a cambiar el mundo. Y, sin embargo, ¿es verdad que solo nos queda rezar?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here