Economía Circular: de la cuna a la cuna

Cuando se aproxima el final del curso académico suelo pedir a mis alumnos que realicen una presentación grupal en la que valoren la contribución a la Sostenibilidad que hacen las empresas actualmente. Han sido ya varios los grupos que en este sentido vienen hablando de un fenómeno bastante novedoso y atractivo. Se trata de la Economía Circular.

La Comisión Europea está queriendo impulsar políticas comunitarias que lleven a las empresas a replantear sus modelos productivos. De la tradicional producción lineal se sugiere el paso a un sistema circular. ¿Qué significa eso? Pues que se piense no sólo en la fabricación y uso de los productos, sino en lo que sucede con ellos antes y después de su vida útil. Y que, además, se revise la totalidad del proceso productivo para minimizar impactos negativos. Nos movemos así de un ciclo que va “de la cuna a la muerte” a otro más completo que va “de la cuna a la cuna”, buscando cerrar un ciclo de vida con cero impacto ecológico.

En una primer momento las aplicaciones de la Economía Circular vinieron centrado mayoritariamente en el reciclaje. La preocupación por lo que sucede con todos los desechos que se generan cuando ya el producto deja de ser usado han arrojado interesantes iniciativas. Por ejemplo, aprovechar neumáticos para diseñar bolsos o calzado; reutilizar prendas de ropa para insonorizar locales; o usar las pieles de las naranjas para elaborar etanol -encima, de manera más ecológica que con el almidón de maíz, como hasta ahora.

Otros ejemplos incluyen encontrar usos para productos que pasan mucho tiempo inutilizados. Habitaciones deshabitadas, plazas de parking temporalmente desocupadas durante las horas diurnas, asientos vacíos en el vehículo o maquinaria industrial parada durante unas horas, encuentran una segunda -o tercera- vida a través de negocios que ofrecen maximizar la usabilidad.

Esta “internalización de externalidades” es desde siempre un objetivo para la mejora de la eficiencia de procesos. Sin embargo, no habíamos conseguido todavía dar con la piedra de toque que forzara a las empresas a preocuparse por los impactos medioambientales. ¿Cómo lo hemos conseguido?

Para bien o para mal, la clave para convencer está en el bolsillo. Si antes pensábamos que penalizando con multas a quienes contaminasen conseguiríamos cambiar sus hábitos, nada ha resultado tan eficaz como tocar ambos lados de la cuenta de pérdidas y ganancias. Replanteando el proceso productivo en su conjunto, pensando en cómo minimizar el impacto medioambiental, conseguimos, entre otras cosas:

  • Ahorro de costes (ecoeficiencia) por:
    • reducción de sanciones
    • simplificar los materiales utilizados
    • optimización en el proceso de extracción
    • eficiencia energética
    • reducción de fallidos mediante mejora de calidad
    • disminuir el volumen de empaquetado
    • optimización en la logística de distribución y almacenamiento
  • Aumento de ingresos al:
    • vender productos más caros, con una vida útil más larga
    • rentabilizar los tiempos muertos (economía compartida)
    • reconvertir el residuo en nueva materia prima o nuevo producto (el desecho como recurso; o sea, “upcycling”)
    • hallar nuevos usos del producto, de los materiales o de los agentes participantes en el proceso productivo

Para quienes siempre buscan la optimización continua, la Economía Circular resulta tremendamente inspiradora. Supone estar continuamente mejorando procesos para ver qué mejor uso se puede sacar del mismo. Invita a identificar ineficiencias para encontrar alternativas innovadoras que eliminen o, al menos, reduzcan fallos del sistema.

A quienes hayan leído la encíclica Laudato Sí’, todo lo aquí expresado les sonará muy familiar. Hablamos de comprometernos a no consumir, sino a utilizar con responsabilidad. A no castigar el planeta sin necesidad. A garantizar que el desarrollo de la humanidad sea equilibrado y no se haga a costa de futuras generaciones. En definitiva, es una utopía sobre cómo conseguir pasar por esta vida sin dejar “mala huella”.  Un ejercicio de reflexión continua sobre nuestro modo de producir pero, sobre todo, de vivir.

Imagen: http://www.ecointeligencia.com

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