Por Almudena Egea Zerolo. Jefa de formación del colegio Nra. Sra. del Recuerdo

Misericordia (misere, cordis, ia): necesidad, corazón, ir hacia.
Educación (educare): guiar, conducir.
Autoridad (augere): sacar de, aumentar, promover, hacer progresar.

Si alguien me preguntara a qué he dedicado mi vida profesional estos últimos años, contestaría que a intentar encarnar estas tres palabras. Siempre he deseado que así fuese este trabajo hecho vocación: ser capaz de descubrir la necesidad de un alumno para poder guiar el proceso que le permita sacar de dentro lo mejor de sí mismo.
Recuerdo un curso de formación en el que, al presentarnos, una compañera que trabajaba en la universidad me dijo en un susurro tras mi intervención: “yo soy profesora, tú eres educadora”. Es cierto, desde hace ya casi veinte años me dedico a educar, no sólo a enseñar. Una vida docente que ha transcurrido por partes iguales entre un centro diocesano y un colegio de la Compañía de Jesús.
Me siento educadora, no sólo profesora. Parte de un proceso integral mucho más amplio, más pleno, que la mera transmisión de conocimientos.
El lema de este año para los colegios de la Compañía es “Elegir para soñar”. Y en un momento determinado de mi vida tuve que elegir entre ser parte del proceso de construcción de edificios o ser parte del proceso de construcción de las personas. Y ahora soy consciente de haber soñado en grande, soñé con algo precioso e hice de ello mi vocación.
Pero elegir es optar. Y la educación no es una profesión con mucho prestigio social en este país. Este año comenzaba el claustro de profesores recordando unas palabras de santa Teresa de Jesús: “que nuestro triunfo esté en pelear”. El valor que se dé a nuestro trabajo no podemos esperar que nos venga desde fuera. Nuestro triunfo va a ser la satisfacción interna por haber mantenido una lucha muy concreta: procurar encarnar la misericordia de Dios en nuestras aulas. Una pelea por conservar el corazón sensible para poder leer lo que hay detrás de las palabras y ser capaces de entender la expresión de los rostros, los gestos, las miradas… de esas niñas y niños a los que hemos decidido dedicar nuestra vida.
Un año pregunté a los alumnos de bachillerato qué es lo que más valoraban de un profesor. Sin dudar contestaron: “notar que le importamos”. Todos cuentan y cuenta cada uno. Porque todos son diferentes y su necesidad es bien distinta: uno con dificultad de aprendizaje y otro con altas capacidades; uno con su prepotencia, otro con su inseguridad; uno con una familia hiperprotectora, otro con una familia que apenas le atiende… Todos diferentes, pero todos a Tu imagen y semejanza.
El buen docente no se mide con los alumnos a los que todo les ha sonreído en la vida, sino con aquellos que tienen más dificultad. La vulnerabilidad también la sienten los niños, da igual que tengan tres o dieciocho años. Ser sensibles a esa fragilidad, es la primera misión de un educador.
“Señor inspírame la palabra precisa y el gesto oportuno ante el hermano solo y desamparado”. Estas palabras repetidas en la eucaristía cobran ahora para mí un sentido diferente, más profundo. Unas palabras que se tornan ruego en el día a día de esta vocación.
Durante ocho años desarrollé en el colegio un programa de servicio social con alumnos de bachillerato. Una actividad que pretende poner en contacto el corazón de los alumnos con una realidad distinta, con un mundo sufriente. Aquella actividad me regaló tocar el Evangelio. Dios habla a través del excluido. No se necesitan palabras. La realidad transforma porque en esas personas está el mismo Jesús. Recuerdo una vez que en uno de los hospitales nos preguntaron si no podíamos ir más días en semana, “es que la tarde en la que vienen vuestros chicos, se reparten la mitad de analgésicos que otros días”. Cuando me reuní con los alumnos les comenté: “¿Se puede decir algo más bonito de vosotros? Sois la medicina que es capaz de aliviar el dolor de los que sufren”.
La tarde en la que dejaba de encargarme del Servicio Social y pasaba a una función más de gestión en el colegio, sentía una enorme tristeza. Visitaba una residencia de ancianos en la que acababa de llegar una nueva superiora. Al preguntarle si estaba contenta en su nueva misión me contestó: “pero hija, cómo no voy a estar contenta si allí donde voy siempre encuentro un sagrario, una comunidad y unos ancianos que es a lo que yo he dedicado mi vida”. Quise sentirme así en mi nuevo puesto, mi nueva misión. Supe que allá donde estuviera siempre encontraría una comunidad (de profesores, padres, hijos), unos alumnos a los que dedicaba mi vida, y sagrarios. Comencé a contar las capillas del colegio: uno, dos… cinco sagrarios. Entonces me di cuenta. En el colegio había muchos más sagrarios: unos de tres años, otros de diez, de dieciocho… ¡Dos mil seiscientos sagrarios! Dos mil seiscientos alumnos que guardan trocitos del corazón misericordioso de Dios.