Dos lecturas recomendadas con motivo del Día de Europa

Belén Becerril Atienza. Profesora de Derecho Europeo de la Universidad CEU San Pablo

El nueve de mayo de 1950, en sala del reloj del Quay d´Orsay en París, el Ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schuman, leía su histórica declaración en la que proponía la creación de una primera Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Probablemente, el propio Schuman quedaría hoy sorprendido por el camino recorrido desde entonces. A pesar de que la mencionada declaración ya adelantaba la ambición del proyecto al mencionar que la puesta en común del carbón y el acero franco-alemán sería sólo la “primera etapa de la federación europea”, se trababa entonces – como diría el propio Schuman – de un salto a lo desconocido. Éste es precisamente el título del libro de Victoria Martín de la Torre recientemente publicado (Ediciones Encuentro, 2015), en el que relata el nacimiento de las Comunidades Europeas de la mano de sus protagonistas: Monnet, Schuman, Adenauer, de Gasperi, Spaak… una lectura ideal para recordar las ideas de los padres fundadores en el Día de Europa.

A menudo se dice que la integración europea fue en su origen un proyecto liderado por las élites, en el que la participación de los ciudadanos fue limitada. No obstante, no es menos cierto que la idea de la integración europea no era nueva, habiendo cobrado fuerza entre la sociedad civil tras la guerra, y también, que el proyecto contó desde su origen con un amplio apoyo ciudadano. El profesor Joseph Weiler diría al respecto que la integración europea era entonces lo que un buen europeo debía hacer, ya que de algún modo, el proyecto se basaba en unos ideales y valores compartidos, más allá de los meros intereses estatales (Europa fin de Siglo, Centro de Estudios Constitucionales, 1995).

La integración europea, decía Weiler, representaba entonces un ideal: la paz, y como todo ideal, constituía más que un mero deseo, pues contenía también una dimensión altruista: recién finalizada la guerra, la paz era una invitación a la reconciliación; con el proyecto de construcción europea, Francia ofrecía a Alemania la rehabilitación y la integración, en pie de igualdad, con los países de Europa occidental.

El segundo objetivo inmediato de la construcción europea era la reconstrucción, la conquista, conjunta y solidaria, de la prosperidad. Ello había de lograrse a través de unas reglas comunes para la producción del carbón y acero, que habían sido en el pasado las industrias de la guerra, y después, a través de un mercado común en el que personas, bienes, servicios y capitales habrían de circular libremente, sin discriminación alguna por razón de la nacionalidad.

Por eso, si bien la Comunidad se desarrolló como un proceso impulsado desde las élites políticas, se puede afirmar que para los europeos, y para los partidos políticos mayoritarios que los representaban, la construcción europea era una empresa común asociada a unos valores superiores – la reconciliación y la solidaridad – y a unos principios comunes – la defensa de la libertad y los derechos fundamentales – en torno a los que convergieron los europeos después de la Segunda Guerra.

En nuestros días, sin embargo, y en gran medida debido a su consecución y a su propio éxito, esos ideales fundacionales han dejado de movilizar a los europeos. La utopía fundacional, soñada por la generación de Robert Schuman, se ha agotado y es preciso plantear una segunda utopía, un nuevo europeísmo para el siglo XXI. A ello se dedica José María de Areilza en el segundo libro que hoy recomendamos, Poder y Derecho en la Unión Europea (Civitas, 2014). Un ensayo sobre el proceso de integración desde la política y desde el Derecho, con el fin de plantear una nueva narrativa, una segunda utopía europea.

Fotografía: Robert Schuman, Jacques de Bourbon-Busset y Alexandre Parodi. (c) Gjon Mili

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