¿Dónde estamos, adónde vamos?

Desigualdad y competencia

La acumulación de noticias de corrupción, terrorismo, violencia familiar y social, conflictos laborales, desempleo y empleos precarios, desigualdad y pobreza, enfrentamientos políticos y tensiones internacionales, junto a las de elevado crecimiento del PIB y el empleo, procesos contra los corruptos, aumento del consumo interno y de las exportaciones, amplia cobertura social pública y privada, solidaridad familiar y social, entre otras, nos plantea consciente o inconscientemente el interrogante de ¿dónde estamos, adónde vamos?

No es fácil situarse frente a una realidad tan contradictoria y compleja. Sin embargo, como en cualquier otra situación, es necesario encararla y elegir entre dejarse arrastrar por el mal (muerte) o apostar por el bien (vida). Aunque soy economista no creo que sea la economía lo único y principal (“no sólo de pan vive el hombre”). De hecho los problemas económicos no pueden afrontarse al margen de las cuestiones políticas y legales, ni de las referidas al comportamiento ético y los valores compartidos. No obstante, parece conveniente hacerse una composición de lugar de la situación económica, pues es una coordenada esencial e inevitable que condiciona nuestra existencia.   

Puede decirse que hay tantas situaciones económicas y sociales como personas o familias. Más allá del contexto macroeconómico, hay quien tiene empleo y rentas suficientes o sobradas para cubrir sus necesidades y deseos. Mientras otros carecen de trabajo y/o sus recursos no alcanzan para pagar los gastos básicos y mucho menos para poder llevar a cabo proyectos que enriquezcan su personalidad y le permitan llevar una vida digna. Hay empresas con grandes beneficios y salarios elevados, mientras aumenta el número de empresas con escasos beneficios y salarios de miseria. Sin embargo, no podemos llegar a la conclusión de que no hay una relación entre unas situaciones y otras. Eso sería tanto como aceptar que cada uno se las apañe como pueda y que, por tanto, no cabe ninguna actuación común.

La Unión Europea, y España dentro de ella, tiene sistemas políticos democráticos y un nivel de vida medio muy superior, todavía, al de cualquier otra gran área del mundo. Sólo es comparable al de Estados Unidos y Canadá (la América del Norte rica), al de Australia y Nueva Zelanda, o al de Israel y algún país árabe. El problema fundamental en estos países más ricos es que, cuando la desigualdad interna rebasa ciertos límites, se diluye hasta tal punto la identidad colectiva que se pierde el sentido comunitario de pertenencia. Es el signo de decadencia de una civilización. Cualquier civilización se basa en ciertos valores, costumbres y formas de vida compartidas. Ese sustrato común es lo que le da identidad.

Esta constatación nos lleva a tener que desplazar nuestra mirada a escala mundial para tener suficiente perspectiva. La desigualdad interna dentro de las áreas económicas más ricas no puede disociarse de la que existe respecto a las zonas más pobres del planeta. Hay un modelo de crecimiento económico dominante que bajo la apariencia de competencia, entendida como ajuste de precios, oculta la falta de competencia, que se basa en la innovación. La mayor parte de los mercados, incluso algunos pequeños mercados de carácter local, están dominados por unas pocas empresas. Esos oligopolios o monopolios imponen sus condiciones, al tener un control mayoritario de los mercados, no sólo a sus demandantes o consumidores sino a sus propios proveedores.

Esto explica que haya empresas con beneficios desorbitados y remuneraciones de sus trabajadores muy elevadas en términos relativos a los de otros asalariados. Mientras, existen empresas con beneficios muy limitados y salarios que apenas permiten sobrevivir a sus empleados. Esto no excluye que haya algunas empresas que por su capacidad competitiva (innovadora) obtengan beneficios altos y remuneren a sus trabajadores dignamente, aunque nunca sean beneficios ni salarios desmesurados. Tampoco excluye la existencia de empresas que, a pesar de su incompetencia y su reducido tamaño, subsisten por la protección de las autoridades que consienten y alimentan prácticas corruptas.

La falta de competencia en los mercados de bienes y servicios convierte de hecho en activos especulativos las emisiones de capital de las empresas que basan su rentabilidad no tanto en una mayor calidad y eficacia como en el control monopolista u oligopolista de los mercados. Se acentúa así el carácter rentista del capitalismo (especulación) en contra de lo que Keynes esperaba, de modo que los mercados financieros cobran cada vez mayor importancia. (Este párrafo y los siguientes están extraídos de mi artículo “Crecimiento y modelo productivo: competencia versus ajuste de precios”, de próxima publicación en la revista Gaceta Sindical nº 28 (junio 2017)

Son necesarios cambios que fomenten la competencia para lograr una menor desigualdad y que crezca la demanda de trabajo y la calidad del empleo. Las políticas de ingresos y gastos públicos no pueden conseguir por sí solas la corrección de la desigualdad y el aumento del empleo. La progresividad impositiva y la expansión del gasto público pueden moderar las desigualdades cuando la competencia evita que éstas sean gigantescas. De lo contrario la desigualdad  en la distribución primaria  de la renta resulta imposible corregirla sin caer en déficits públicos incontrolados y en discriminaciones que desalientan el crecimiento y terminan empobreciendo a todos.

No son las políticas macroeconómicas instrumentadas por el Estado las únicas medidas para avanzar hacia un modelo productivo distinto, ni siquiera pueden ser las primeras. No es posible un cambio instantáneo y desde arriba. La transformación debe venir de la acumulación de iniciativas que introduzcan competencia en los mercados, priorizando la calidad frente el precio, la innovación frente a la simple adaptación pasiva. La principal función del Estado es reforzar esas experiencias dándoles cobertura legal y estableciendo medidas que las incentiven.

Las alternativas que teóricamente pretenden cambios inmediatos y absolutos sólo conducen a la frustración y la melancolía, alentando el autoritarismo y la pasividad de una mayoría de la población. El fracaso de las alternativas al actual modelo de crecimiento es la consecuencia de pretender sustituir un funcionamiento de la economía, que es fruto de multitud de decisiones y acciones dispersas inherentes a la existencia de los mercados, por decisiones burocráticas vinculadas al control centralizado del Estado. No existe un modelo productivo que se pueda diseñar a priori de forma completa y omnicomprensiva por el Estado. Lo que se requiere son mercados más competitivos que se basen en estimular la innovación para que las empresas y los que trabajan en ellas sean más competentes.

Estos planteamientos implican partir desde abajo, lo que siempre es más difícil pero más justo y efectivo a medio y largo plazo. El cambio de modelo de crecimiento y estructura productiva no puede ser el resultado de la hegemonía de las empresas con mayor poder de mercado y la excelencia de los triunfadores.  Por el contrario, es necesario ir creando marcos regulatorios que posibiliten la mejora de la base productiva, compuesta fundamentalmente por el tejido de pequeñas y medianas empresas, y establecer un sistema educativo que eleve el nivel de competencias de los menos dotados y con mayores dificultades sociales.

Mandeville en su Fábula de las abejas critica con razón a los puritanos que exaltan las virtudes hasta el punto de caer en la hipocresía y el voluntarismo individualista. Al afirmar que los vicios privados producen virtudes públicas estaba postulando que es lógico que exista un ámbito de intercambio mercantil (mercados), en el que se confrontan y equilibran intereses individuales contrapuestos. Con ello no estaba propugnando el egoísmo desenfrenado y la competencia en precios que conduce a la concentración de los mercados y la riqueza. Tampoco estaba negando el papel del Estado como regulador y garante de los intereses colectivos, ni la importancia de los bienes y espacios comunitarios que comparten valores y comportamientos éticos.

Se necesita un Estado proactivo que apoye y estimule proyectos e iniciativas innovadoras que mejoran la competencia en los mercados, en vez de limitarse a una acción reactiva e intervencionista. La innovación competitiva requiere entornos que la valoren y fortalezcan, desde el de la educación y la investigación, al de la opinión pública, pasando por el financiero y el de las administraciones públicas. En la medida que haya interacciones entre ellos se irán encadenado experiencias que nos acerquen a un crecimiento más equilibrado y sostenible.

Estamos de nuevo creciendo, pero no se ha modificado nada sustancial. El modelo de crecimiento sigue siendo el mismo en lo esencial. Vamos, por tanto, por el mismo  camino. Un camino que no conduce a ningún sitio, o si se prefiere que nos lleva a la muerte como sociedad y como personas. Lo bueno es que resulta ya tan evidente la falta de sentido y de sostenibilidad, que empieza a reaccionarse y van cuajando iniciativas que suponen un cierto cambio de rumbo.

Viñetas de El Roto, Diario El País

 

1 Comentario

  1. Juan: Yo no vislumbro esas perspectivas que apuntas al final. En cuanto a la alternativa que propones no veo como se puede hacer sin desalojar al PP, Trump, etc. del poder del Estado (y con ello a los monopolios que los dirigen desde atrás cuando no asumen directamente el poder político). Yo soy pesimista de inteligencia y de voluntad.
    Luis

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