Este post es una invitación a la mirada sobre uno mismo y el uso o abuso de las cosas. Cada generación se ha invitado a sí misma, a su manera y con sus circunstancias, a mirar con hondura y atender a lo importante. Esto supone entre otras cosas recordarse que en la vida no hay que distraerse, hay que combatir la distracción. Hoy, a principios del siglo XXI, quizá esta pregunta se concreta también en las redes sociales.

No diré que las redes sociales ayuden a la distracción. Tampoco lo contrario. Su ambivalencia se impone. Pero sí creo que hay que tomarse en serio las voces que hablan de la pérdida de atención y las continuas interrupciones que provocan las redes en la vida corriente, siendo especialmente preocupante para mí mi propia vida y la de mis alumnos. También aquellas que nos muestran su inmensa capacidad para cosas excelentes. La pregunta sería, ¿para qué se usan, por qué estamos en ellas? Quizá alguien después de leer el artículo se borrará de alguna o de todas, y otros se darán de alta. ¡Quién sabe!

Adelanto que sería una tragedia para nuestra época la huida de las redes sociales de aquellas personas que cabe llamar justas, buenas, sabias, que han vivido, que se han esforzado por vivir intensamente y no de cualquier manera. Conozco a más de una que ni está, ni quiere estar, a quien le parece no sólo absurdo sino una verdadera pérdida de tiempo. Otras se lo están planteando, cada vez más. ¿No convertiría esto el continente digital en un nido repleto de víboras, de lobos contra lobos sin sensatez ni juicio, en una masa opinante sin rumbo? ¿O será acicate para replantear el entorno digital?

¿Qué es esta distracción? No sólo la falta de atención, pues algunos dirán que para pasar horas delante de una pantalla se requiere mucha concentración en lo que se hace. Distracción aquí se refiere más bien a la capacidad para ir a lo importante, discriminar por tanto lo sustancial de aquello que sea simplemente anécdota, y continuar en ese camino con o sin cansancio. Es decir, es una forma de no-atención a lo fundamental y de entretenimiento continuo, por el motivo que sea. ¿Qué lugar ocupan las redes sociales, de este modo, en la vida? ¿Dónde están situadas?

Si las redes sociales sólo sirvieran como forma de distracción, un moderno “pan y circo” en el que las personas creen que están haciendo algo, pero realmente no es así, ¿qué debería hacerse? Por el contrario, si no fuera así, y en las redes sociales aconteciera algo auténticamente valioso para la vida y el mundo, ¿en qué se notaría?

  1. Nos ayudarían a pensar. Que no es lo mismo que tener mucha información a nuestra disposición. Algo que tampoco puede confundirse con la libertad para manifestar mis opiniones. Más bien, diría que es un ejercicio paciente que se enfrenta con la realidad, que busca aprehenderla preocupado por lo que sucede, que se encamina hacia la verdad. Sin lugar a dudas, las redes sociales pueden ser, si no lo son de hecho, un espacio para un primer diálogo, que dé lugar a otros diálogos, a más búsquedas y estudios. Cualquier cosa menos conformarse.
  2. Nos ayudarían a pensar en lo importante. Las redes sociales no servirían, por tanto, de cortina de humo que aleja el pensamiento de lo auténticamente crucial y de aquello que verdaderamente preocupa a las personas. Pero mucho me temo que no pocas veces los temas de los que se habla y se habla sólo son distracciones auténticas, en las que el pensamiento está entretenido, y encadenado. ¿Se tocan los asuntos cruciales de la existencia en las redes sociales? ¿Ayudan las redes sociales a descubrirlos, a trabajarlos con la seriedad que se merecen? ¿Pueden ser abordados en la simplicidad de  un tweet, pueden 140 caracteres despertar, esto es iluminar alguno de ellos?
  3. Mejorarían nuestras relaciones. Es decir, facilitarían el encuentro en el que yo soy capaz de mostrarme a mí mismo abiertamente y de acoger al otro en su distancia y diferencia. Crearían lazos sólidos en tiempos líquidos o volátiles, permitirían una mayor proximidad, e incluso entrega al otro. Sería espacio, en este sentido, para la amistad y la ciudadanía, y los valores democráticos estarían al alza. En este sentido hay quien piensa que no hay lugar ni para la amistad, cuanto menos para la ciudadanía. Es más, no son pocos quienes opinan que destruye relaciones y las sustituye por pseudoencuentros en los que no hay, siquiera, lugar para el conocimiento mutuo. Ven la red como un entramado de apariencias, donde en lugar de mostrarse las personas se ocultan (no se refugian) en aquello que no son. La experiencia de otros, sin embargo, a tenor de sus palabras parece más noble y sincera.
  4. Cultivarían nuestra libertad. No la pueden generar, pero sí cultivarla. Y muchas voces se alzan en contra de esta simple idea. Es más, considerar que son casi pura esclavitud, las cadenas mismas de las que habla Platón en el mito de la caverna. Una condena vivida, según ellos, de forma voluntaria en la que las personas se ven obligadas, contra su voluntad pero sin saberlo, a mirar una pantalla continuamente, a estar pendientes de lo que pueda estar sucediendo quién sabe dónde y a quién sabe qué. Por el contrario, hay quien ve en lo digital un nuevo espacio, no conocido antes en la historia de la humanidad, para el empoderamiento y la socialización. Una riqueza, por tanto, nunca antes vista ni experimentada que democratiza y libera, en el que todos pueden expresarse, dando por supuesto que antes han pensado y que lo que dicen tiene algún valor.

Las experiencias parecen múltiples y diversas. De verdad que encuentro personas que viven con pasión su presencia en las redes sociales y les sirve para bien. También percibo, lo contrario, excesiva distracción y olvido de lo fundamental, un cierto tedio incluso por las preguntas radicales. Al margen de las redes sociales, para ser sinceros, estas dos actitudes ante la vida se han dado siempre. Quizá las redes sociales no ahorrarán la responsabilidad de cada cual, por muchas palabras que se digan y se escriban.