Distingamos lo sagrado y lo santo

El cristianismo no quedó descrito en mi anterior contribución más que parcial y someramente. Él, como el judaísmo, se encuentra, en el terreno de las religiones, en el lado de lo santo, mejor que en la banda de lo sagrado.

Esta distinción dista mucho de ser clásica. De hecho, como diferenciación conceptual es recientísima y la debemos sobre todo a la pluma inquieta e inquietante, aguda y muchas veces adrede hiperbólica, de Emmanuel Levinas. Aunque, por otra parte, es muy cierto que el qadósh bíblico (en la fórmula del trisagio de Isaías) seguramente distaba del sacrum latino tanto como, respectivamente, distan ahora para nosotros lo santo y lo sagrado (y queda oscilando entre ambos sentidos el del hosion griego, sobre todo cuando atendemos a cómo lo analiza Platón-Sócrates en Eutifrón).

Una breve incursión por la filología señala que sacrum, sanctum y el griego hagion están en íntima relación. Y sancire quiere decir apartar algo haciéndolo en adelante inviolable (por ejemplo, porque quede destinado al sacrificio ritual); pero es que también exponen así los hebraístas el sentido básico de la raíz qdsh.

En cambio, cuando entramos en la más conocida (y generalmente aceptada) descripción de lo numinoso como núcleo de lo sagrado (heilig), –la de Rudolf Otto–, con lo que nos encontramos es con el misterio tremendo y fascinante; en otras palabras: con lo casi absolutamente Otro, que inspira un pavor peculiar, único, hondísimo; pero que, al mismo tiempo, causa una fascinación que cuesta ímprobo esfuerzo contener. Ajenidad o alteridad radicalmente temible y atrayente, que se dice en lenguaje más conceptual Transcendencia. Solo que en el reconocimiento del numen (de lo sagrado) por parte del sujeto humano entra esencialmente la capacidad de participación –incluso de índole colectiva, y no solo limitada al individuo-: la absorción mística en la potencia transcendente del Misterio.

Photo Credit: FotoGrazio via Compfight cc
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Estos afectos tan graves (tremor y fascinatio) dejan abierta la puerta, en la intención explícita de Otto (que era a la vez teólogo protestante e indólogo), a que los sujetos religiosos se limiten a vivirlos (e incluso a veces truncados, o sea, quedándose apenas en el primero) o pasen a esquematizarlos” racionalmente. Por ejemplo, la teología judeo-cristiana (en general, la teología de las religiones del Libro) esquematiza lo numinoso como transcendencia absoluta, infinitamente justa e infinitamente graciosa o misericordiosa. Y si bien todas las religiones maduras y creadoras de cultura proceden a tal género de relativa racionalización del numen, es suficientemente claro que se distinguen grandemente en los resultados conceptuales y existenciales en que termina ese paso por la razón (ese dar que pensar a la razón).

Yo me atrevería a decir que lo meramente sagrado es accesible en la participación colectiva del entusiasmo, o sea, de la embriaguez irracional con la que el ser humano puede entregarse a lo otro que aterroriza y, al tiempo, satisface. Pero que lo santo parte necesariamente de la fórmula que acabo de emplear: transcendencia absoluta, infinitamente justa e infinitamente graciosa o misericordiosa. Lo santo solo puede ser avistado o, mejor, vivido por la razón como cima de la complejísima trama que es el ser humano.

Y aquí enlazamos con lo dicho el mes pasado: la bondad infinita, el amor absoluto, la libertad, el perdón… Y llega el momento de entrar –otro mes- en la encarnación y la fabulosa riqueza de misterios que guarda tanto para el sentir y la emoción como para la razón. Terreno en que Dios debe guardarnos tanto de enfrentar entre ellos a los hombres sinceramente religiosos, como de rebajar las exigencias de la verdad y la realidad.


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