Necesitamos no sólo una Sociedad de la Información sino la Democracia del Saber. Hay acuerdo en que el progreso de la democracia pasa por ser deliberativa, participativa, colaborativa y otros adjetivos similares. Y cada vez somos más conscientes de su urgencia por las últimas grandes victorias del populismo, la impunidad de las post-verdades y la capacidad de la ultraderecha para posicionar el odio y el escepticismo en la agenda pública. Junto con el clientelismo, el mayor problema de la cultura pública es la baja calidad de la racionalidad que se emplea para decidir.

El problema de la Democracia es espiritual

Las raíces de los actuales problemas de la democracia son espirituales. Entendamos por espiritual lo interior, el corazón, el alma, las “formaciones cognitivas integradas” de fondo. Esos problemas –como el populismo–  se producen en las formas de pensar, sentir y valorar que operan en el interior de la cultura, de los grupos, familias y personas. Es la Razón Pública la que está en crisis y lo está porque se ha desvinculado de sus raíces en el espíritu; ha cedido a convertirse sólo en un procedimiento o técnica. Nadie se enamora de una regla.

Europa tiene alma pero mira embobada a las pantallas. El riesgo no es que a Europa la rapte un Dios sino que Europa se convierta en una tronista de telebasura. En un mundo complejo y reflexivo, la democracia sólo será sostenible en la medida en que se haga más profunda y extensa la Cultura de Discernimiento Público.

La Democracia deliberativa necesita Cultura de Discernimiento

Las llamadas para que se desarrolle el discernimiento proceden de varios lugares. Por un lado, en la política vemos la urgencia de desplegar una democracia deliberativa y su correspondiente cultura del discernimiento. Es parte de lo que en el paradigma de la Sociedad de los Cuidados se denomina la Democracia del Saber. La democracia deliberativa entiende que hay tales áreas de incertidumbre en la sociedad que se necesita crear una red de costumbres y cuerpos intermedios que reflexionen mucho más las decisiones públicas.

Se propone crear consejos en aquellos puntos estratégicos en los que se juegan cosas importantes de la sociedad. Y a su vez fomenta la organización de espacios de deliberación en las comunidades locales de vecinos, trabajadores, ciudadanos, etc. Se convocan en las ciudades reuniones cívicas para decidir sobre el urbanismo, las inversiones, la sostenibilidad o la integración social…

Pero esa democracia deliberativa no se basa sólo en juntar gente a reflexionar sino que entiende que es necesario cualificar las formas de deliberar. Por eso habla de una Cultura de Discernimiento. ¿En qué consiste? En crear hábitos que permiten que se profundice, un modo de sentir que conduce a la razón y todo un conjunto de disposiciones y reglas que ayuden a pensar mejor. No es un asunto secundario porque se teme que la democracia sin  discernimiento público es más vulnerable al populismo, la insolidaridad y el autoritarismo. Sólo hay democracia si existe un discernimiento público de calidad.

Curadores de la Cultura

Por otra parte, otra petición de una sociedad con más discernimiento se escucha en el mundo de la cultura. Hay una producción cultural tan creciente que es imposible hacerse una idea comprensiva de lo que existe. Es tal la aceleración exponencial de creación científica, literaria, artística, televisiva y en todos los órdenes de la cultura, que se necesita un mucho mayor cuerpo de críticos y curadores, de discernidores.

Un curador es una variación de la palabra latina curator. En su acepción inglesa, un curador artístico se refiere a la persona que hace una selección de obras o autores en virtud de su calidad o una temática concreta. Los críticos y curadores son personas que se dedican exhaustivamente al mundo de la producción cultural y seleccionan. Necesitamos curadores que cuiden y sanen el imaginario social. No tienen una misión fácil porque junto con el aumento de auténticos creadores hay una burbuja de fabricantes de cultura superficial o de fraudes artísticos con la única intención de hacer negocio.

Así pues, cada vez más se requiere gente capaz de tener criterios profundos para distinguir lo auténtico de lo falsario, lo elevado de lo vacío y la calidad estética de lo que sólo llama la atención por el poder que lo promueve –generalmente el poder de los museos, los medios o la industria cultural–. Eso se llama discernimiento cultural. Sin el discernimiento de los críticos culturales estamos perdidos y cedemos a las imposiciones del poder.

Discernimiento ∞.0

En la raíz y al final de las tecnologías 2.0, 3.0 o 99.0, es necesario el Discernimiento infinito.0, ∞.0 La tecnología es otro campo donde el discernimiento está ganando cada vez mayor protagonismo como una capacidad central. Efectivamente, una de las más importantes competencias de la cultura digital es el discernimiento de los sujetos para cribar los contenidos. Es una discusión muy frecuente en el ámbito educativo. Los niños acceden a imágenes inadecuadas a su edad e informaciones de todo tipo. Cada vez es más difícil impedirlo y los padres sienten una creciente impotencia ante el poder de las pantallas. En parte porque los medios lo permiten pero también porque la habilidad tecnológica de los hijos es muchas veces muy superior a la de los padres. Además, el acceso a Internet es omnipresente y los padres y educadores no controlan toda la actividad de los hijos en los dispositivos. Además de tratar de proteger a los hijos de contenidos inapropiados, urge que los hijos desarrollen criterios sólidos y capacidad de discernimiento ante las distintas fuentes y contenidos.

¿Pensamos cómo aumentar el discernimiento público?

Distintas ideologías, preocupaciones, sensibilidades y creencias coinciden al diagnosticar que en un mundo de alta reflexividad es necesario y urgente desarrollar las capacidades de discernimiento personal, familiar y colectivo. La Iglesia católica también ha enfatizado la centralidad del discernimiento en la vida de las culturas, la política, la cultura, la Iglesia o las familias. El papa Francisco en La alegría del amor llama a una pastoral del discernimiento.

Pero eso exige una gran estrategia para avanzar hacia esa Democracia del Saber. Queda pendiente pensar pasos prácticos. Por ahora, lleguemos al acuerdo de que en el siglo XXI, más que nunca antes en la Historia, es urgente que la sociedad acreciente su capacidad de discernimiento público, grupal y personal. La tradición de Ignacio de Loyola puede hacer una aportación decisiva a la Democracia deliberativa.