En la Chapelle Royale del palacio de Versalles, el Espíritu Santo resplandece justo en la vertical del lugar donde se situaba a diario el Rey Sol, Luis XIV, para seguir la misa. (Era un católico muy devoto). Y es que, por si el amable lector lo dudaba, «todo poder viene de Dios» (Rm 13, 1), con los jugosos detalles que pueden leerse directamente en la epístola. Aunque sería interesante averiguar qué quiere decir eso (y si por ejemplo Franco era “caudillo por la G. de Dios”, como indicaban no hace tanto las monedas), vamos a limitarnos aquí a la breve genealogía histórica de la cual la Chapelle Royale es testimonio.

Las diversas formas políticas aparecen por razones funcionales, pero siempre han pretendido sacralizarse para afianzar la legitimidad política de sus gobernantes. El Estado nacional en Europa es un caso patente. Nació para eliminar la violencia feudal y para facilitar una defensa centralizada más eficaz contra vikingos y sarracenos. Fue útil luego para suprimir las barreras locales al comercio y la industria, unificando monedas, normas, tribunales e impuestos. (En España eso se hizo a través de los decretos de Nueva Planta de Felipe V, 1707, que acabaron con las infinitas trabas internas a la circulación). En una tercera fase, el Estado nacional fue también útil para establecer sistemas universales de educacion, sanidad, previsión social, etc., que permitieron por un tiempo una razonable compatibilidad entre democracia y capitalismo.

Así puede seguir analizándose para qué sirve un Estado nacional, cuáles son sus funcionalidades. Pero además hay que ver para qué no sirve. Desde hace un siglo más o menos, en Europa nos venimos encontrando con límites crecientes suyos. En primer lugar, los Estados no son tan buenos para eliminar la violencia. De la primera Guerra Mundial al desastre actual en Siria e Irak (pasando, no hace tanto, por los Balcanes y hoy mismo por Ucrania), el Estado nacional ha mostrado capacidad para generar una violencia muy mortifera. Seguramente menos violencia que la medieval en proporción, pero ciertamente con más muertos y desplazados en términos absolutos, porque ahora hay mucha más gente y armas más mortíferas. Ninguna organización humana ha matado tantas personas como el Estado nacional. Matado directamente, sin metáforas ni oscuras relaciones indirectas: por órdenes explícitas de sus líderes y ejecutadas las matanzas por sus operarios, cumpliendo esas órdenes.

El Estado nacional ha demostrado también sus limitaciones en la esfera económica (esta misma semana acaba de mostrarse la impotencia del Estado chino, totalitario y todo, frente a las bolsas), en la esfera social (con el desmontaje progresivo del Estado del bienestar), en la política (de lo cual el caso griego es un claro ejemplo: votamos “oxi” hoy y mañana el mismísimo Tsipras hace lo contrario), en la demográfica (con su incapacidad para manejar tanto la baja natalidad local como las crecientes migraciones internacionales, forzadas o no) y en la ecológica (con los diversos desastres que se cocinan delante de nuestros ojos, que exceden al Estado nacional a poco que vayan más allá de los linces de Doñana).

Precisamente por esas limitaciones, la hora objetiva de los Estados nacionales está pasando. No son el instrumento adecuado para abordar los desafíos de la humanidad en el momento presente, no suponen un progreso en resolver problemas sino que su “soberanía nacional” constituye un severo obstáculo para esa resolución. El progreso se encuentra en moverse hacia Estados al menos continentales, capaces de hacer frente a las empresas transnacionales; y de ahí tan rápido como sea posible hacia un solo Estado global, con la fuerza de establecer reglas comunes y redistribuciones globales que detengan el curso obvio hacia la catástrofe.

Pero, claro, un inconveniente mayor para ello se ve en la Chapelle Royale: el Monarca Soberano declara que su poder viene directamente del Espíritu Santo. Es por tanto sagrado en un preciso sentido: debe ser reconocido y adorado como el representante de Dios para los asuntos terrenales, el pueblo debe darle culto con emoción religiosa, hay que estar dispuesto tanto a ofrecer la vida como a quitar la vida por él. Cuando la Revolución corte la cabeza al Rey, el Soberano pasará a ser la nación, el pueblo cuya voluntad general se expresa en las elecciones. Pero sigue siendo sagrado: todo por la Patria.

Ese carácter sagrado se propaga sobre todo por la educación de los niños en las escuelas. Hay que mover las emociones para que el Estado nacional constituya una religión en el corazón de la gente, no meramente una serie de funcionalidades. Se corean cancioncillas nacionalistas en las excursiones escolares, se cuelgan esteladas en los campanarios, entra el Caudillo bajo palio.

La Omnipotencia de Dios se traduce en la soberanía del Estado: no recibir órdenes de nadie, independencia plena. Si el Estado debe ser tan sagrado que uno esté dispuesto a dar la vida por él, cuánto más la prosperidad económica o cualquier otro valor práctico. Y si  uno debe estar dispuesto a matar por él, también debe estarlo a discriminar por nacionalidad, a establecer barreras y fronteras, a que entre en la bolsa de los ricos más oro del que sale.

El Estado nacional se vuelve así un ídolo religioso en cuya hoguera se queman, precisamente, aquellas funciones prácticas, humanas, para las cuales sí puede ser útil. No hay ingenuidad ninguna en los líderes patrios: todo se hace para cimentar el poder de los fabricantes de ídolos. Europa ha sido rica, lo es hasta el siglo XXI, en Estados vueltos dioses de religiones nacionalistas, capaces de mover el corazón de los pueblos para finalmente sembrar la desolación en millones.

Los burócratas de la Unión Europea son aburridos y lejanos. Se ocupan de algo tan trivial como gestionar la vida, mejor o peor, más o menos democráticamente. Se les va el día en producir directivas y reglamentos. Todo era más ameno cuando el Continente se lo peleaban Churchill, Hitler y Stalin: entonces sí corría la adrenalina por las venas, la sangre por la tierra.

Cuando se trata del Estado nacional, función y emoción fácilmente van en sentido contrario.