Dinámicas de guerra civil

¿Basta con causas estructurales serias para que se encienda una guerra civil? Radicalmente no. Todos los estudios de la guerra civil muestran que son necesarios además otros dos elementos:

  • Dinámicas que conviertan las causas estructurales en movimiento político armado.
  • Disparadores que realicen la ignición final de la violencia en forma de guerra civil.

En el post anterior notamos que la guerra yihadista en que estamos sumergidos es una guerra civil, y tratamos de las causas estructurales que hay detrás de ellas. Esas causas pueden resumirse en una: el fracaso de amplias poblaciones musulmanas (pero no todas, ni mucho menos) en la modernización. Hablemos ahora un poco de las dinámicas.

Politizar el sufrimiento, y armarlo

Para que haya guerra civil es preciso primero que el sufrimiento estructural de una determinada población se convierta en movimiento político.

Un movimiento político supone una articulación de los esfuerzos de sus militantes con el objetivo de tomar el poder, con la promesa de deshacer desde él el entuerto de base. Para que haya guerra civil, el dicho movimiento político debe además plantearse armado, utilizando la violencia dentro de su estrategia. En un post anterior describimos los elementos básicos el planteamiento político terrorista, pero también cabe la estrategia de guerra civil convencional por territorios (como la del ISIS en Siria-Iraq, los taliban en Afganistán, o Boko Haram en Nigeria), o cualquier combinación de ambas.

La violencia política no es el único resultado posible del malestar estructural extremo. También puede dar lugar a movimientos políticos no violentos, a violencia no política (aumento de la criminalidad, organizada o no), y a migraciones donde las personas atrapadas en las causas estructurales del conflicto piensan que pueden escapar de él y tener éxito individualmente.

En el caso del terrorismo yihadista, la agrupación entre los militantes puede ser muy laxa. Para ser más precisos, es rígidamente paramilitar dentro de cada grupo armado, donde no se andan con tonterías ni aceptan debilidades internas frente al enemigo. Pero es una articulación laxa entre los diferentes grupos, y también con los militantes sueltos (lobos solitarios) y grupos de ellos a los que se piden acciones terroristas. Internet ofrece un buen medio para construir estos vínculos light, que sin embargo han demostrado ser eficaces tanto para el reclutamiento paramilitar como para la ‘activación’ de terroristas.

La importancia de los vínculos débiles tiene que ver con los objetivos del terrorismo yihadista. Son unos objetivos curiosos, teológicamente inspirados: construir una suerte de Califato global. En otros términos, puesto que nosotros hemos fracasado en la modernización, se trata de que el mundo entero renuncie a ella: las mujeres de vuelta a su casa; la igualdad política y fiscal entre fieles de las diversas religiones de vuelta a su casa también; los negocios como siempre se han hecho; los homosexuales despeñados o colgados en las alturas; y ciencia, tecnología y comunicaciones según sean compatibles con los dictámenes de los teólogos correspondientes, lo que puede incluir bombas atómicas pero no música ligera y bailongos.

De momento, como el yihadismo está tan atrás en la consecución de esos objetivos, toda contribución sirve a la estrategia política para alcanzarlos. De ahí la utilidad de los ‘espontáneos’. Ello no implica que tan pronto como avanzan un poco en ellos, aparece la guerra territorial entre los mismos grupos armados islamistas: ya lo hemos visto en Siria (entre el Frente Al-Nusra y el ISIS por ejemplo) y en Afganistán (entre Al-Quaeda y el ISIS por las cuevas de Tora-Bora). Más sutilmente, porque no son grupos terroristas sino Estados, hay un profundo conflicto de fondo entre las dos grandes teocracias del Medio Oriente: Arabia Saudita e Irán, que está dando lugar justo ahora a la guerra de Yemen o al bloqueo a Qatar.

Reproducir el sufrimiento y dirigirse a sufrimientos adicionales

Como todo movimiento político, los yihadistas son aparatos de poder que persiguen el poder. Su base fundamental para construirse como tales es el fracaso en la modernización que hemos descrito. Pero ello no significa que desprecien otras motivaciones más locales, si ayudan a reclutar en determinado sitio. Normalmente se trata de un sentimiento de derrota que se interpreta como injusticia (con más o menos razón, a veces bastante), y así tiene la capacidad de movilizar para la guerra. Los chechenos derrotados y oprimidos por los rusos, los talibanes expulsados del poder por los americanos, los suníes desplazados por un gobierno chií en Iraq, los jóvenes musulmanes criados en Occidente que se sienten descolocados aquí y en la tierra de origen… Como en el viejo chiste: ‘Todo es bueno para el convento, decía el fraile proveedor, y llevaba una puta al hombro’.

Esto cabría esperarse. Más sutil es un segundo problema: si mi fuerza política deriva del fracaso de unas ciertas poblaciones, el camino político para agrandar esa fuerza consiste en hacer mayor el fracaso. Solo se promete resolverlo de una manera u otra cuando yo tome el poder. Mientras tanto, conviene (me conviene) que crezca lo más posible. En la célebre frase de todos los marxismos que en el mundo han sido, no se trata de resolver la contradicción entre trabajo y capital, sino de agudizarla.

Curiosamente entonces el movimiento político armado que quiere convertir un cierto sufrimiento en guerra, debe acrecentar ese sufrimiento. Si se trata del fracaso en la modernización, no solo hará sentir subjetivamente ese fracaso como injusticia, sino que lo agrandará, evitando a toda costa que se abran caminos pacíficos de éxito para las poblaciones donde piensa reclutar.

A ello contribuye mucho la violencia misma, puesto que despierta reacciones violentas de la otra parte, las cuales necesariamente caen no solo sobre los combatientes sino también sobre las poblaciones donde se asientan. Opresión estructural – movimiento armado de los oprimidos – violencia represiva – más opresión estructural – más movimiento armado… miel sobre hojuelas para la estrategia política de la guerra, aunque constituya un desastre para las poblaciones empeñadas en salir del fracaso, no en enterrarse en él.

La política de las identidades y los agravios

Se trata sin duda de una lógica política perversa, que ataca directamente a la razón. Lo preciso para un cierto éxito en la modernización es conocido y puede perseguirse sistemáticamente. La lista de países que se han modernizado en los últimos setenta años así lo muestra. España puede ir de primero en esa lista, pero también Portugal, Corea del Sur, Taiwan, Chile… Eran países del pleno Tercer Mundo (así se llamaba entonces) en 1950, con todas las características económicas y sociales típicas, y ya no lo son.

Otros muchos países, entre ellos China, India, Turquía… han experimentado procesos parciales pero exitosos de transformación modernizadora, que todavía tienen que ‘acabar bien’ (en el sentido de incorporar a sus poblaciones completas a las oportunidades básicas de la modernización, incluyendo la participación política) pero que no puede decirse que se encaminen a un fracaso cantado. Más bien al revés.

El éxito en la modernización no implica la felicidad social, el fin de la historia, o alguna otra utopía semejante. La sociedad moderna plantea muchos problemas con los que no sabemos bien qué hacer. Pero, esto es lo esencial, se trata de otro nivel de problemas, muy distintos a los que solíamos tener hace unas décadas. No he escuchado a ningún español decir que deberíamos volver a 1950, ni creo que los chinos quieran tampoco. La presencia de inmigrantes del Sur en España, muestra que ellos también prefieren sufrir los problemas de esta sociedad (más los añadidos de ser inmigrantes en ella) a los de sus lugares de origen.

Esencial para la dinámica de la guerra civil que el movimiento armado persigue como su herramienta de poder, consiste en evitar que la sociedad tome algún camino racional de modernización. Y ello se consigue fomentando políticas de identidad -tribal, nacional, religiosa…- sobre las cuales detectar agravios en que el culpable es siempre otro contra el cual hay que luchar.

Aunque el elemento de opresión e injusticia puede desempeñar un papel importante, el camino racional hacia la modernización se plantea las preguntas en otro orden: primero, qué debo cambiar yo para tener éxito dadas mis circunstancias, qué y cómo debo hacer de más o de diferente. Qué debe cambiar el otro es solo la segunda pregunta, mientras voy llevando a cabo en la práctica lo que concluí de la primera. Corea del Sur semiocupada militarmente por USA y amenazada por 15.000 cañones norcoreanos a menos de un minuto de su capital, tendría razones para quejarse. Y se queja, pero no ha paralizado en absoluto la modernización, como sabe cualquier usuario de productos Samsung, Hyundai, Kia, LG o Daewoo.

Paralizarse en responder con nuestra propia creación para concentrarnos en los agravios detectados, es típico de las políticas de identidad que, cuando son dirigidas para ello, llevan a la guerra. Se trata de una postura irracional que se alimenta a sí misma, fracaso que agudiza el fracaso. La correspondiente clave de lectura de la historia es siempre teológica: una teología de la religión en el caso del yihadismo, pero también puede ser de la nación, de la tribu, de la clase, de la raza…

La identidad ha de ser de alguna forma ‘divina’. Así se puede matar y morir por ella, y por tanto montar un movimiento político armado sobre ella. También así carece de matices, se hace inmune a la exploración racional de qué aspectos podrán ser mejores o peores para el éxito de las poblaciones en la modernización. Lo sagrado no se evalúa por lo funcional que resulte.

Respuestas políticas y militares

En el primer nivel de las causas estructurales de la guerra civil, habíamos notado que de los tres factores fundamentales solo uno está realmente al alcance de la acción desde afuera (pero ese es muy importante llevarlo a cabo, así que tenemos una gran responsabilidad).

Cuando se trata de las dinámicas que a la vez sustentan los grupos políticos armados y son alimentadas por ellos, la cosa es todavía más difícil:

  • Por una parte, es claro que esos grupos armados deben ser combatidos en tantos frentes como sea posible, con el fin de desarticular su organización y eliminar su capacidad de ejercer violencia armada.
  • Por otra parte, la población que se ve reflejada en su discurso de agravios, debe encontrar caminos creíbles para resolver su fracaso en la modernización, lo que nos devuelve a la dimensión estructural del problema.

Con mucha frecuencia, el primer punto es contradictorio en la práctica con el segundo. La lucha militar contra un grupo armado destruye a menudo las bases materiales y morales sobre la cual podría progresar la modernización de la sociedad. Si se trata de actores militares externos hay además un problema de credibilidad: los americanos se irán, los talibanes se quedan.

Otro asunto lo plantean los propagadores de ideas que, dado el contexto político, pueden resultar en violencia. Claramente perseguibles resultan los autores y organizadores de violencia, y los que justifican explícitamente la violencia en sus mensajes, aunque no la ejerzan ellos mismos. Una base esencial de la convivencia consiste precisamente en navegar los desacuerdos entre particulares sin violencia.

Pero, ¿y quiénes predican lo que sirve de apoyo ideológico a los grupos armados, si no llaman a la violencia? ¿Deben ser también perseguidos ellos, porque ayudan de hecho al ‘otro bando’ en la guerra? Es fácil notar que no. Cualquier identidad puede ser ‘divinizada’, cualquier historia puede ser releída para encontrar agravios, casi cualquier sufrimiento colectivo puede ser capitalizado por una política violenta.

Por ello, las opiniones u ideas que no serían delito si no hubiera violencia en curso, tampoco deben serlo porque la haya. Una cosa es censurar la justificación o la exaltación de la violencia como método político; otra cosa es censurar la expresión cualquier identidad que tenga potencial para la acción violenta. ¡Incluso ser del Atlético de Madrid puede usarse para ello!

También en el nivel de las dinámicas, la guerra yihadista resulta un hueso duro de roer. Por eso debemos pensarnos en ella a largo plazo.


Imagen: paradoxacentrodemedioslibres.files.wordpress.com

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